Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños de mi jefe

@nocturna ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

La primera vez que te vi, pensaste que era una de esas típicas reuniones aburridas de oficina: traje gris, vino barato, risas forzadas. Pero vos —con esa mirada que no mira, sino que escudriña— ya sabés lo que viene antes de que la música se ponga lenta. Yo no lo sabía. O mejor dicho, no lo quería saber… hasta que vos me miraste a los ojos cuando el jefe apagó las luces y encendió las velas de la mesa del fondo.

Me llamaste al margen, cuando todos estaban jugando al Trivial en el sofá. No pediste permiso, no sonreíste, solo te paraste con esa calma que tienen los que saben que el mundo se detiene cuando vos dices algo. —Veni acá —me dijiste, con la voz tan baja que apenas se oía por encima del *Café con leche* de Soda Stereo. Y yo, idiota, fui.

Era junio. Hacía frío, pero no ese frío seco de invierno, sino ese húmedo, que se mete por las costillas y te obliga a acurrucarte en la ropa. Yo tenía puesto un vestido negro cortito, de esos que dicen “estoy cómoda”, pero que en realidad te dejan los hombros al aire y la espalda expuesta como una promesa. Vos te paraste frente a mí, cerca de la chimenea falsa, esa que huele a gas pero hace creer que hay fuego.

—¿Te gusta la tensión? —me preguntaste, sin mirarme los labios ni los ojos. Solo fijaste la vista en mi cuello, donde late más fuerte cuando me pongo nerviosa.

No respondí. Me dijiste que no tenés por qué.

—Vos tenés una forma de mover los hombros cuando te ponés tenso. Como si quisieras esconderte… pero no podés.

Y ahí, entre el humo del cigarro que no encendiste y el vapor del vino tinto que se evaporaba en mi copa, sentí algo que no era ansiedad. No era miedo. Era eso que se llama *anticipación*, pero que en realidad es solo deseo con un nombre más elegante.

Me agarraste por la muñeca. No con fuerza, pero con certeza. Tuve ganas de tirar la copa. Tuve ganas de escapar. Pero tus dedos, fríos pero seguros, me retenían como una advertencia silenciosa: *acá no te salvás*.

—¿Querés que pare? —me preguntaste, y yo no dije nada, porque ya sabías que la respuesta no venía de la boca.

—No, no me lo creés —murmuraste, y me acercaste más hasta que sentí el calor de tu pecho contra mi frente. —Vos querés que siga. Vos querés que te diga qué hacer.

Me soltaste la muñeca. Pero no me soltaste. Me pasé los dedos por el cuello, lentamente, como si estuviera midiendo la pulso. Después, con el pulgar, me rozaste la comisura de los labios. No me besaste. Solo me susurraste:

—Cuando te miro, veo lo que querés callar.

El resto de la fiesta se volvió distante. Ruidos lejanos. Voces que decían cosas sin sentido. Todo lo que existía era tu aliento, tibio en mi oreja, y el modo en que tu mano se posó en mi cintura cuando caminamos hacia el baño.

El baño estaba vacío. La luz era tenue, de esas amarillas que te hacen ver todo más suave, más indulgente. Me giraste hacia el espejo. Me pediste que te mirara.

—No me mires la cara —me dijiste. —Mirá mis manos. Mirá lo que van a hacer con vos.

Y vos las moviste. Lentas. Como si estuvieras escribiendo algo en el aire. Tu mano izquierda se posó en mi cadera, firme. La derecha subió, rozó la curva de mi espalda, se detuvo en la base del cuello.

—Vos tenés una concha hermosa —me dijiste, y esas palabras, en voz baja, con ese acento porteño que te pone los pelos de punta, me hicieron temblar. —Pero hoy no la vamos a usar. Hoy vos solo vas a respirar, a sentir, y a obedecer.

Me quitaste el vestido con una sola mano, deslizándolo por los hombros sin romper el contacto visual. Yo no me moví. No quería. Quería que vos decidieras cuándo y cómo. Quería que fuera vos quien me tocase, quien me dijera cuándo abrir las piernas, cuándo cerrarlas, cuándo contener la respiración.

Me sentaste en el borde de la pileta, fría contra mis muslos. Me pediste que me abriera. No me lo dijiste con un imperativo. Me lo pediste como un favor, como si fuera vos quien estuviera pidiéndome una oportunidad.

—Abrí las piernas… así. Bien abiertas. Yo te miro. Yo decido.

Y vos te arrodillaste. No con reverencia. Con autoridad.

Me pasaste la lengua por la costura del culo, lenta, pausada. Me sentí gigante y diminuta al mismo tiempo. Me sentí vista. Real. Y cuando me metiste un dedo, no fue para sacar provecho. Fue para enseñarme. Para mostrarme que vos ya sabías dónde estaba cada nervio, cada pulsación, cada lugar que reaccionaba antes de que yo lo notara.

—Garcháme bien, vos —me dijiste, y tu voz cambió, se volvió más oscura, más ronca. —Quiero escucharte. Quiero que me digas lo que sentís.

No lo hacía al principio. Solo me mordía el labio, cerraba los ojos, dejaba que vos controlaras el ritmo. Pero después, cuando me pasaste la lengua en círculos sobre el clítoris, cuando me apretaste el culo con ambas manos y me sostuviste como si fuera liviana, rompí.

—¡Maldita! —dije, y vos te ríes, una risa corta, seca, de quien sabe que ganaste.

—No maldigas, vos —me corregiste. —Solo decí lo que querés.

—Quiero que me jodas —dije, sin vergüenza, como si eso fuera lo único que importaba en ese momento.

—No —me dijiste, y me sacaste el dedo con lentitud, me limpiaste la cara con el dorso de la mano. —No hoy. Hoy solo querés sentirme dentro de vos. Sin más.

Me levantaste. Me giraste de nuevo hacia el espejo. Me pediste que me apoyara en la pileta, con las manos, y te miré: vos te sacaste la camisa, mostraste ese pecho que no es musculoso, pero que es firme, seguro. Me acercaste la mano.

—Cogéme. Pero no me toques la cara. No me mires a los ojos. Solo sentíme.

Y vos te metiste dentro de mí con una sola embestida. No fue brusco. Fue necesario. Como si el cuerpo supiera lo que el alma había esperado. Te sentí profundamente, como si por fin hubiera encontrado un lugar donde encajar.

No dijiste nada mientras te movías. Solo tus respiraciones, cortas, y el sonido de tu pecho contra mi espalda. Yo cerraba los ojos y dejaba que vos me llevases, que me llevases a un lugar donde no había oficina, ni jefe, ni cumpleaños. Solo vos. Solo yo. Solo este cuerpo que te pertenece mientras vos me lo permitís.

Después, cuando todo terminó, me giraste la cara con suavidad y me besaste. No fue un beso de despedida. Fue un beso de agradecimiento. Como si yo te hubiera dado algo, y vos lo hubieras guardado.

—Volvé a la fiesta —me dijiste, me pasaste el vestido. —Y no le digas nada a nadie.

Y vos te lavaste las manos, te puse la camisa, y vos te fuiste primero, dejándome ahí, con el eco de tu voz en los oídos, y la certeza de que, si vos volvés a decir *vení*, yo iré.

Porque vos sabés cómo se siente tener poder. Y yo… yo aprendí cómo se siente entregárselo.

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