Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños de mi amiga

@natalia_fuego ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 4 min de lectura

La fiesta estaba cargada de música baja, humo de cigarro y miradas que se deslizaban por encima de los hombros como lenguas. Yo ya había bebido dos copas de vino cuando ella entró: Lucía, mi amiga de la universidad, más alta que la mayoría, con caderas anchas y una sonrisa que prometía problemas. Llevaba un vestido negro ajustado, abierto por la espalda hasta la cintura, y un par de tacones que le marcaban los tendones del tobillo. Me miró desde el otro lado de la sala, me sonrió, y me di cuenta de que ya me estaba mirando así desde que llegué.

—¿Viste a Santiago? —me preguntó mientras se acercaba, el olor a jazmín y sudor salado colándose entre los olores de la habitación.

—No —mentí—. ¿Está aquí?

—Sí. En el baño, supongo. Con alguien.

Lucía se detuvo a mi lado, sus caderas rozando mi brazo. No retiré el brazo. No me aparté. Sentí cómo se me erizaban los brazos, cómo el vino en el estómago se volvía más fuerte, más agrio, más deseable. Me incliné hacia ella, casi en un susurro:

—¿Por qué me lo dices?

Ella se encogió de hombros, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Se llevó un dedo a los labios y se lo pasó despacio, lento, como si me estuviera besando. Entonces, con la mano still en el aire, me indicó con un movimiento sutil que la siguiera.

La seguí por el pasillo oscuro, hacia el baño al fondo. La puerta estaba entreabierta. Escuchamos risas, el sonido de la ducha encendida, voces ahogadas. Lucía se detuvo, me empujó suavemente hacia adelante, y yo me encontré cara a cara con Santiago. Vestía pantalones de algodón suelto y una camiseta blanca mojada, el pecho húmedo, el cabello alborotado. Me miró, sorprendido, y luego miró a Lucía, que estaba ya a su espalda, con una mano en su cintura.

—Te la estoy prestando —dijo Lucía, con una voz que era mi peor tentación—. Un rato. No le digas que te la presté. Ella lo hará por ti.

Santiago tragó saliva. Yo no pude evitarlo: miré su cuello, el movimiento de la nuez, el leve sudor que le brillaba en la frente. Me giré y me encontré con los ojos de Lucía, que me observaban observarlo. Me palmeó la nalga izquierda, con fuerza, con intención. Me di vuelta, y ella ya estaba besándome. No fue un beso tímido. Fue un beso que ya había estado guardado durante años: húmedo, profundo, con lengua y dientes y un sabor a vino y a promesa rota. Me agarró del pelo, tiró suavemente, y me obligó a inclinar la cabeza. Entonces, mientras seguía besándome, me empujó contra la pared, y su rodilla se coló entre mis piernas.

—Dime qué quieres —me susurró—. Dímelo ahora.

Le respondí con la mano abierta sobre su pecho, desabrochando lentamente la camisa que llevaba puesta por encima de la camiseta. Le deslizé la mano por la cintura, sentí el calor de su piel, y luego bajé más, hasta el borde del cinturón. Ella no me detuvo. Santiago, aún aturdido, me miraba con los ojos brillantes. Me acerqué a él, le desabrochó los pantalones, y lo sacué con una mano segura. Estaba duro, pesado, húmedo en la punta. Lo sostuve con cuidado, lo acaricié de abajo hacia arriba, y lo sentí crecer en mi mano. Lucía me besó de nuevo, esta vez en el cuello, mordiéndome suavemente, y yo sentí cómo mi propia excitación se volvía insostenible.

—Dile que quieres que te lometa —me susurró ella, aún con su boca cerca de mi oreja.

Le miré los ojos. Él asintió, con una sonrisa torcida, con miedo y con ganas. Me volví hacia él, lo tomé de la barbilla, y le dije:

—Quiero que me lames.

Y entonces él se arrodilló, y Lucía me ayudó a quitarme los pantalones. Me puso las manos en las caderas, me dio un beso en la nuca, y me susurró al oído:

—Dile que me quiere ver.

—Quiero verte a ti mientras él me lamía —le dije, mirándola a los ojos.

Lucia se acercó, se arrodilló frente a mí, y empezó a besar mis muslos, mientras Santiago me lamía con una fuerza que me hizo temblar. Me agarré de los hombros de Lucía, y cuando sentí que llegaba, la tomé de la nuca y la besé con todo lo que me quedaba. Me corrió dentro de la boca, y yo lo tragué, sin dejar de mirarla a ella. Me soltó, me acarició la mejilla, y me dijo:

—Te quiero así. Tan sucia. Tan mía.

Y en ese momento, supe que no era solo una noche. Era algo que ya había estado ahí, esperando. Solo necesitaba que alguien me empujara.

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