Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños de mi amiga
La música latía fuerte, el ambiente caluroso, sudoroso, con olor a alcohol barato y perfume caro. Yo estaba apoyado contra la barra del fondo, con dos cervezas vacías frente a mí, viendo cómo se movía ella entre la gente. Ana. Mi amiga desde la universidad, con esa sonrisa que siempre me hacía sentir que tenía permiso para quererla aunque nunca me atreviera a decírselo. Tenía treinta y tantos, pelo castaño oscuro recogido en una coleta deshecha, blusa ajustada que dejaba ver la curva de sus senos y la entrada de su camiseta negra, entreabierta. Y esa mirada que me hacía cosquilleos en la entrepierna cada vez que se detenía a tomarse un trago.
—¿Te gusta lo que ves? —me preguntó de repente, acercándose con una copa de vino tinto en la mano. Su aliento olía a frambuesas y ginebra.
—Claro que sí —respondí sin disimulo—. Si desde hace años me encanta ver cómo te mueves.
Se rió, esa risa que me hacía sentir joven y peligroso, y me tendió la copa. Tomé un trago largo, sentí el calor bajar por mi garganta, y sus ojos no se apartaron de mí mientras me la devoraba con la vista. Ella también me estaba mirando con esa chispa que ya no era solo amistad. Había algo más, algo que se había ido tejiendo en silencio durante los últimos meses, entre mensajes a altas horas, besos fugaces en despedidas y ese silencio incómodo cada vez que uno de nosotros se acercaba demasiado.
—Vamos a mi cuarto —susurró, agarrándome del puño.
La seguí sin dudarlo, subiendo las escaleras de madera que crujían bajo nuestros pasos. El pasillo estaba a oscuras, solo iluminado por la luz del vestíbulo que se colaba por la ventana. Ana se giró frente a mí, me atrajo hacia ella con una fuerza inesperada y me besó. Fue como encender un fósforo en la oscuridad: una descarga instantánea, intensa, con sabor a vino y boca húmeda. Su lengua se metió en mi boca con autoridad, y yo sentí cómo mi pene se endurecía de inmediato contra el pantalón.
—Tú sabes que quiero hacer contigo desde hace mucho —me dijo al despegarse, con la frente apoyada en la mía.
—Yo también —respondí, sin esperanza de ocultar lo que quería—. Pero no me jodas si no vas a hacerlo bien.
Me miró con una sonrisa perversa, abrió la puerta y me hizo pasar. El cuarto era oscuro, con luces tenues de velas y una cama grande cubierta con una colcha roja. No había tiempo para cortesías. Me desabrochó la camisa en dos segundos, tiró de mis pantalones y shorts, y me sacó el pene ya completamente tieso, goteando un poco de líquido preseminal.
—Dios… —exhaló, frotando su pulgar en la cabeza, bajando lentamente hasta la base—. Tan grande. Tan caliente.
Yo la tomé de la cintura y la empujé hacia la cama. Se dejó caer con una risita, y yo la seguí, colocándome sobre ella. Sus pechos salieron volando al abrirse la blusa. Los tomé con las manos, apreté los pezones entre pulgar e índice, y sentí cómo ella arqueaba la espalda, pidiendo más. Le bajé el sujetador, y supe que iba a hacerlo bien esta vez, porque no quería fallarle después de tanto tiempo.
—¿Quieres que te lamber antes? —le pregunté, mientras mis labios rozaban su cuello.
—No. Quiero que me jodas. Ahora. Por el culo.
Me detuve. La miré fijo. Ella no dudó ni un segundo. Me atrajo hacia ella, me besó de nuevo y me susurró al oído:
—Sé que lo has hecho antes. Sé que te gusta. Y yo también. Lo he estado pensando. Lo he buscado. Quiero sentirte dentro, profundo, rompiéndome.
No era la primera vez que lo hacía, pero sí la primera con alguien que lo pedía con tanta claridad. Me levanté, fui al cajón de la mesita y saqué un condón y un frasco de lubrificante. Me puse el condón, vacié buena parte del líquido en la palma y lo distribuí con cuidado en su ano, rozando con la punta de los dedos, estirando con suavidad. Ella jadeaba, movía las caderas, me pedía que le tocara más, que le metiera otro dedo, que la estirara todo lo que pudiera.
—Estoy lista, Marco —dijo, con la voz rota.
Me coloqué detrás de ella, agarré mis testículos con una mano y ajusté el pene en su entrada. Respiró hondo, se relajó, y yo empecé a empujar. Al principio, fue difícil. Su cuerpo se tensó, y yo me detuve, esperando. Le acaricié la espalda, le besé el hombro, le dije palabras dulces mientras lo hacía. Poco a poco, su músculo se abrió, y sentí cómo mi cabeza entraba, lenta, sin forzar, hasta que la base encontró su cuerpo.
—Sí… sí… —gimió, con las uñas clavadas en la sábana.
Empecé a moverme. Lento al principio, con pequeños empujes, estirando su cuerpo, llenándola por completo. Cada vez que salía, sentía la presión de su cuerpo deseando más. Entonces aceleré. Le agarre las caderas con fuerza, le clavé las uñas, y empecé a joderla como si no hubiera un mañana. El sonido de su piel contra la mía, el roce del lubrificante, el crujido de la cama… todo se volvía más intenso.
—Mierda, Ana… Estás tan apretada… —respiré, mientras mis caderas golpeaban contra su cuerpo.
Ella se giró un poco, me besó la nuca, y me pidió que le metiera la lengua en la boca mientras le fustigaba el culo con cada embestida. Sentí cómo su cuerpo se tensaba, cómo su respiración se volvía jadeante, y entonces, sin que yo lo esperara, gritó mi nombre y se le escapó un gemido agudo, como si todo su cuerpo se hubiera abierto de golpe.
—¡Ahora! —gritó—. ¡Me lo quiero correr dentro!
Yo no necesitaba más invitación. Me incliné sobre ella, la agarré por la cintura y le metí el pene hasta la base, con una fuerza que hizo temblar la cama. Sentí cómo mi coraza se abría, cómo el semen caliente salía en oleadas, llenando su recto, su cuerpo, su alma. Me derramé todo, con los ojos cerrados, con su nombre en mis labios, con la sensación de que jamás volvería a sentir algo igual.
Me desplomé sobre ella, sudado, temblando, sin fuerzas. Ella se giró, me abrazó, y me besó la frente.
—Gracias —susurró.
—De nada —respondí, besándole el cuello—. Siempre que quieras.
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