Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños de Laura

Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños de Laura

@el_anonimo ·5 de junio de 2026 · ★ 4.4 (15) · 164 lecturas · 3 min de lectura

Recuerdo el calor del verano entrando por las ventanas abiertas del departamento de Laura, ese olor a sudor, perfbarba y humedad que se pegaba a la piel. Eran las once y media de la noche, los invitados ya se habían ido uno por uno, dejando vasos vacíos, servilletas arrugadas y el eco de risas en el aire. Yo estaba recostado en el sofá, con la camiseta empapada y la lengua seca, viendo cómo Laura recogía copas en la cocina. La música seguía sonando, baja, apenas un susurro de bass y sintetizador en la habitación contigua.

—¿Otra cerveza? —preguntó ella, sin voltear, secándose las manos en una toalla.

—No, gracias —respondí, y me senté con más decisión de la que pretendía. Mis ojos no pudieron evitar fijarse en sus tobillos, en la curva de su espalda cuando se inclinó para tomar una copa caída al suelo. Llevaba un vestido negro que se ajustaba a sus caderas, con una abertura lateral que dejaba ver un trozo de muslo moreno. No era la primera vez que la miraba así, pero esa noche algo estaba distinto. Quizá fue el vino que compartimos después del tercer brindis, o el hecho de que ahora estábamos solos, con la puerta del balcón entreabierta y el zumbido de los lejanos coches en la avenida.

—¿Te gusta el afterwork? —me preguntó al acercarse, con una sonrisa que no llegó a sus ojos, pero sí a su voz.

—No suelo hacerlo —dije, y me di cuenta de que mentía. Pero no quería arruinarlo con excusas.

Ella se sentó a mi lado, tan cerca que pude sentir el calor de su brazo contra el mío. No me miró. Se puso a jugar con la hebilla de su pulsera, un gesto nervioso que me hizo pensar que, tal vez, ella también estaba en terreno desconocido.

—¿Y si no hacemos nada? —susurró, casi como una pregunta interna.

No respondí. En su lugar, levanté la mano y le acaricié la nuca con la palma abierta, lenta. Su piel era suave, cálida, con un aroma a jazmín y algo más, algo que no podía nombrar. Ella cerró los ojos por un segundo, y en ese instante supe que no iba a detenerme.

Me incliné, y mis labios rozaron los suyos, apenas un roce, como una duda resuelta. Ella no retrocedió. Al contrario, sus dedos se enredaron en mi camiseta, tirando con suavidad para acercarme más. Cuando volví a besarla, esta vez fue más hondo, más urgente. Su boca tenía sabor a vino tinto y miel, y su respiración se entrecortó cuando mis manos subieron por su cintura, deslizándose bajo el tejido del vestido.

No dijimos nada mientras subíamos las escaleras. Ella tomó mi mano, apretó sus dedos, y en la habitación, bajo la luz tenue del velador, nos quitamos lo demás con lentitud consciente. Cada pieza de ropa quedó en el suelo como una ofrenda. Ella se sentó en la cama, con las piernas ligeramente separadas, y me miró mientras me desabrochaba el cinturón. No hubo prisa, solo una espera compartida.

Lo que vino después no fue frenético, sino profundo, casi sagrado en su naturalidad. Sus manos me guiaron, sus suspiros me pedían más, y yo le devolví cada uno con besos en el cuello, con dedos que encontraron su clítoris hinchado, con el cuerpo que se abrió sin resistencia cuando me deslizé dentro de ella. Se estremeció, apretó las piernas alrededor de mi cintura, y murmuró mi nombre como si fuera un mantra.

Fue la primera vez que sentí su órgano contra el mío, la primera vez que la vi llegar al clímax sin fingir, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, como si el mundo se hubiera detenido solo para permitirle ese instante. Cuando yo llegué, ella me sostuvo la cara con ambas manos y me besó mientras me vaciaba dentro, como si quiso guardarme, como si me perteneciera ya.

Al final, nos quedamos abrazados, sudorosos y silenciosos, escuchando el aire entrar por la ventana y las risas lejanas de alguien en la calle. No dijimos nada sobre lo que eso significaba. No hicimos planes. Solo existimos, allí, entre sábanas húmedas y latidos acelerados.

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