Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños de la vecina

Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños de la vecina

@emilio_santos ·1 de julio de 2026 · 🔥 3.9 (3) · 27 lecturas · 4 min de lectura

Yo nunca supe si fue casualidad o destino. Pero sí recuerdo cada segundo, cada respiración, cada centímetro de piel que se atrevió a rozar la mía aquella noche.

Era la fiesta de cumpleaños de la señora Rosa, esa señora amable que siempre nos deja galletas en la puerta cuando hace frío. En su casa, entre los cipreses y el jardín de flores silvestres, nos reunimos un puñado de vecinos: algunos conocidos, otros apenas conocidos. Entre ellos, estaba ella. Yolanda. Alto, morena, con el pelo rizado atado en una coleta desordenada, y una sonrisa que parecía saber más de lo que decía. Llevaba un vestido verde esmeralda, ajustado pero sin exagerar, que dejaba entrever la curva de sus caderas y el leve movimiento de sus pechos al respirar. Yo ya la había visto antes —en el supermercado, en el parque—, pero nunca había tenido el valor de acercarme. Aquella noche, con el tequila barato de la jarra y la música de ranchos modernos sonando en el patio, me dije: *hoy sí*.

—¿Te gusta la música, Emilio? —me preguntó, acercándose con su vaso medio lleno—. Oye, que hasta el perro de la señora Rosa mueve el rabo.

Me reí, nervioso. Le dije que sí, que me gustaba todo, menos el mariachi en vivo. Ella se rió, un sonido suave, casi juguetón. Entonces me tocó el brazo, con la yema de los dedos, como para subrayar algo que no dijo. Fue suficiente para que me latiera el corazón con fuerza, como si me hubiera dado un puñetazo en el pecho.

La noche se fue entre chistes, botellitas de sidra y una partida de cartas que perdimos los dos por distracción. Cuando el grupo se disolvió en grupos más pequeños, ella y yo nos quedamos solos en la escalinata de atrás, con la vista al campo. El aire estaba húmedo, cargado de oler a tierra mojada y a jazmín. Me volteé hacia ella, y en sus ojos vi lo mismo que yo sentía: una llama que ya no se quería apagar.

—¿Tienes miedo? —me preguntó, baja, casi un susurro.

—¿De qué? —respondí, acercándome más.

—De quererme. Porque yo ya lo quería.

Y entonces, sin más, me besó. No fue un beso de prueba, ni de curiosidad. Fue un beso con sabor a tequila y a promesa, con lengua dulce y cálida, que me abrió las puertas de algo que aún no tenía nombre. Sentí su pecho contra el mío, su piel suave en la nuca cuando le pasé las manos por atrás, sus nalgas redondas bajo el vestido, el calor de su cuerpo como un imán que no quería soltarse.

La llevé adentro, por la escalera de madera que crujía como un suspiro. En su cuarto, con la luz tenue y el olor a lavanda, me quitó la camisa con lentitud, como si cada botón fuera un desafío. Yo le deslicé las tiras del vestido por los hombros, dejando al descubierto sus pechos pequeños pero firmes, con pezones oscuros y duros. Me incliné a lamer uno, y ella gimió —un sonido bajo, gutural—, como si le hubiera encendido un fósforo en el alma.

—Tú eres muy rico, ¿sabías? —me dijo, mientras yo le chupaba el otro—. Pero no por dinero… por cómo me miras.

Le quité el vestido por completo y me arrodillé frente a ella. Bajé mis manos por sus muslos, sintiendo su humedad ya antes de tocarla. Con la lengua, la toqué suave, primero con cuidado, luego con más ansia. Ella se agarró de mis cabellos, moviendo las caderas al ritmo de mi boca. Me pidió que la cogiera, que ya no aguantaba más. Y cuando me levanté, con la verga dura y húmeda de su jugo, ella me guió hasta su entrance, abierta, caliente, hirviendo.

El primer empuje fue lento, profundo, como entrar en un templo sagrado. Ella gimió, cerró los ojos y me pidió que la chingara de verdad. Y así lo hice. Con movimientos largos, firmes, sentiendo cómo su cuerpo me absorbía, cómo sus nalgas se pegaban a mí, cómo su respiración se volvía entrecortada. Me llamó *cariño*, *mi vida*, *dime qué sientes*, y yo le dije que sentía que era la primera vez, aunque sabíamos que no lo era. Porque eso es lo que nos hace humanos: mentir con amor para que el momento dure más.

Cuando llegamos juntos, ella se estremeció, me aferró las nalgas y me pidió que me quedara dentro un rato. Y yo, sin decir palabra, la abracé fuerte, sintiendo su sudor, su olor, su corazón latiendo contra mi pecho.

Nunca volvimos a hablar de aquella noche. Pero cada vez que la veo, me sonríe, y yo sé que ella también recuerda.

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@emilio_santos

Creo en el erotismo de la buena prosa. Romance, elegancia y esa pasión clásica que no necesita ser vulgar para encender.

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