Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños de la tía

Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños de la tía

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 4.4 (7) · 44 lecturas · 7 min de lectura

La casa de la tía Graciela olía a albahaca frita, a vino tinto viejo y a esa mezcla de perfumes caros que se quedan pegados al polvo del aire. Era una noche de principios de junio, fría pero con un calor interno que nadie sabía bien de dónde venía: si del fuego en la chimenea del comedor, o de la tensión que se respiraba desde que llegó Lucía.

Ella era la sobrina favorita, o eso decía todo el mundo: delgada, de piel morena clara que se ponía dorada con cualquier sol, cabello castaño oscuro recogido en un moño torcido que se deshacía con el menor movimiento. Tenía treinta y dos años, los mismos que yo, pero mientras yo llevaba años de vida de ciudad y oficina, ella había crecido en la costa, con el sol pegándole en los hombros y el viento salado acariciándole las mejillas. Nos veíamos poco, pero cuando nos veíamos, había algo… un silencio que se alargaba, una mirada que se detenía un segundo más de la cuenta.

Hacía dos horas que estábamos ahí, en esa fiesta de cumpleaños que se alargaba como un suspiro. Los tíos charlaban, los primos se reían cerca de la cocina, la música de fondo era suave, un jazz viejo que nadie escuchaba de verdad. Yo me había servido otro vino. Ella me lo había mirado hacer. No dijo nada, pero se acercó cuando los otros se movieron hacia el patio.

—¿Te cansaste ya de esperar? —preguntó, con esa voz que siempre me hacía sentir algo en la base del estómago.

—No sé de qué me hablás —respondí, sin quitarle los ojos de encima.

—Del vino. Del porqué de tanto silencio. De cómo vos me mirás siempre como si quisieras decir algo.

La miré bien. Sus ojos tenían ese brillo que solo tienen cuando alguien está a punto de hacer algo que no esperaba hacer. Su blusa blanca estaba un poco abierta en el cuello, y veía la curva suave de sus clavículas, la sombra que formaba el borde de un sostén negro. Me di cuenta de que tenía el cuello algo sudado, y no era por el calor de la casa.

—Vení —dije, y la tomé de la muñeca sin pensarlo.

Ella no se resistió. Me siguió hasta el fondo del pasillo, donde quedaba el baño de visitas, un espacio pequeño, con paredes de cerámica blanca y una ventana entreabierta que dejaba pasar el aire fresco de la noche. Cerré la puerta detrás de nosotros. El sonido del cerrojo fue fuerte, casi exagerado, como un disparo en medio del silencio del pasillo.

Ella se apoyó en la pared, con las manos detrás de la cabeza, y me miró. No sonreía. Tenía los labios ligeramente entreabiertos, como si estuviera a punto de decir algo, o de pedir algo. Me acerqué despacio. Lo suficiente para sentir su aliento, para ver cómo se le erizaban los pequeños pelos de los brazos.

—Sos un hijo de puta —dijo, pero su voz era un susurro, casi un gemido contenido.

—¿Por qué?

—Porque me tenés loca desde que volviste. Porque cada vez que me decís “bonita”, me pongo roja hasta en las orejas. Porque… —se mordió el labio inferior—… porque me gusta que me mires así.

No dije nada. La tomé de la barbilla y le levanté la cara. Sus ojos estaban humedecidos, pero no de tristeza: de algo más intenso. Le pasé el pulgar por el labio, y ella lo chupó, rápido, como si no pudiera más.

—Decime que también querés —dije.

—Sí —susurró—. Sí, quiero. Pero… ¿y si nos escuchan?

—Aquí no nos escucha nadie.

—Y si alguien entra…

—Nos vamos —dije, y la besé.

Fue un beso lento, pero intenso. Ella abrió la boca, y yo entré con la lengua, despacio, como si temiera romper algo. Su sabor era dulce, a vino y a algo más, a algo que solo ella tenía. Me agarró del cuello y me tiró hacia ella, y yo sentí cómo su pecho subía y bajaba rápido contra mi costado. Me deshice del moño que tenía en la cabeza, y el cabello le cayó en cascada sobre los hombros. Le pasé las manos por la espalda, bajo la blusa, hasta sentir la curva de su culo, apretado, firme.

—Despegáme —dijo, entre besos—. Quiero verte.

Me aparté un poco. La luz del baño era tenue, pero suficiente para verla bien: sus ojos brillantes, sus labios hinchados, el pecho subiendo con fuerza. Me desabroché la cremallera del pantalón, sin perderla de vista. Ella me miraba, sin separar los ojos de mis manos.

—¿Ves? —le dije—. Estoy duro por vos.

Ella me sonrió, y por primera vez, esa sonrisa fue totalmente suya, sin máscara, sin cuidado. Se acercó, se arrodilló frente a mí, y me tomó con las dos manos, suaves, cuidadosas. Me deslizó la ropa interior hacia abajo, y cuando me sacó el pene, lo besó en la punta, lento. Me estremecí.

—Sos grande… —murmuró.

—Solo para vos.

Se lo metí en la boca, y ella me lo chupó con una facilidad que me hizo perder el aliento. Me tomé de sus cabellos, no para ordenar, sino para guiarla. Ella hizo un sonido gutural, ahogado, cuando le entré más hondo, y yo la sentí con los homblos, con la garganta, con todo.

—Pará —dije, sacándome de a poco—. No quiero terminar así.

Me puse de pie. Ella se levantó también, y la tomé de la cintura, la levanté un poco, y la senté en el borde de la pileta de cerámica. Le desabroché el sujetador con un solo movimiento, y los pechos le saltaron hacia adelante, redondos, firmes, con pezones duros y oscuros. Le pasé las manos por encima, los dedos rozando los bordes, y ella se arqueó, gimiendo.

—Quiero estar adentro —dije.

Ella se apartó un poco, y con una mano se abrió la entrepierna del pantalón. Me mostró el brillo de su concha, ya mojada, los labios internos rosados, hinchados. Le separé con los dedos, y vi el pequeño orificio, brillante, palpitante. Le besé el cuello, el hombro, el pecho, y cuando me volví, me lo metí.

Ella soltó un grito ahogado. Me agarró de los hombros con fuerza, y yo empecé a moverme, despacio, porque no quería romper el momento, porque quería sentirla bien, toda, cada centímetro. Ella gemía, entre dientes, y sus piernas se cerraban alrededor de mi cintura, empujándome más adentro. El sonido de nuestra respiración se mezclaba con el goteo del grifo, con el rumor de la fiesta que seguía allá afuera, como si perteneciera a otro mundo.

—Sí, así —susurró—. Más fuerte.

Lo hice. Le cogí con fuerza, con la boca pegada a su cuello, mordiéndole suavemente la piel, sintiendo cómo su cuerpo temblaba, cómo se le contraía la concha alrededor de mi pene, cómo su aliento se volvía cortado, descontrolado.

—Estoy… —dijo, y se le rompió la voz.

—Yo también —murmuré, y le dije, en voz baja, en voz baja y con el acento ríoplatense que siempre nos unió—: Vos me garchaste, pija.

Ella soltó una risita, entre jadeos, y me atrajo hacia sí, y nos besamos de nuevo, con hambre, con desesperación, con algo más que solo deseo: algo que no teníamos nombre, pero que ahí, en ese baño pequeño y oscuro, no importaba.

Se deshizo de mí, y yo la bajé con cuidado. Se limpió con una servilleta que encontramos en el cajón del baño, y se arregló la ropa. Me miró, con una sonrisa torcida, y me dio una palmada en el pecho.

—Te espero en el auto —dijo.

—¿Y si alguien pregunta?

—Que pregunten —dijo ella, y abrió la puerta—. Que pregunten todo lo que quieran.

Y se fue, con la cadera un poco más movida, con la seguridad de quien acabó de robarse algo que no se iba a devolver.

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