Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños de la Tere
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El sol ya se había metido tras las sierras de Cuernavaca cuando las luces de las velas parpadeaban entre los palomares del jardín de la Tere. Había mariachis de baja volumen, tequila reposado en cubos de hielo, y el aire cargado con el olor a hojas de platano quemadas, a humo de copal y a sudor suave de piel cansada pero feliz. Y ahí estaba ella: Doña Rosa, la vecina de enfrente, sentada en una silla plegable bajo el poyete del aljibe, con los pies descalzos sobre el mosaico frío, las uñas de los dedos pintadas de azul cobalto, y el cabello suelto, canoso pero brillante, recogido en un nudo deshecho al lado de la oreja.
La Tere le había servido ya su tercer vasito de pulque, ese que se sirve con una cucharita de canela y un trocito de naranja asada. Rosa no bebía mucho, pero esa noche se dejaba llevar. Tenía cincuenta y tres años, los huesos más suaves desde que se retiró de la escuela, y una mirada que ya no se disculpaba por lo que quería.
—¿Te cansaste de tanto bailar? —le preguntó la Tere, sentándose a su lado con su propio vaso.
Rosa sonrió, pero no con la sonrisa de siempre, esa que era educación y cortesía. Esta fue más lenta, más húmeda, como si le costara salirle de la garganta y, al mismo tiempo, le gustara mucho que saliera.
—Me cansé de que me miraran como si me iba a romper —dijo, y se llevó el vaso a los labios. El pulque le dejó una espuma en el borde del labio superior. La Tere, sin pensarlo, se lo limpió con el pulgar.
Rosa no retiró la cara.
—A veces me olvido de que ya no tengo que ser madura —dijo, y se le escapó una risita corta, casi un suspiro—. Me olvido de que ya no me tienen que pedir permiso.
La Tere la miró fijo. En ese instante, el mariachi se calló por un momento, y se escuchó el murmullo de las abejitas alrededor de las flores de naranjo, y el crujido de las hojas bajo los pies de alguien que se acercaba.
—¿Y qué te gustaría hacer si no tuvieras que ser madura? —preguntó la Tere, bajando la voz como si compartiera un secreto.
Rosa se encogió un poco de hombros. No era timidez. Era como si estuviera escogiendo las palabras con cuidado, como si cada una pesara.
—Me gustaría que me tocaran sin pedir permiso. Me gustaría que me dijeran que soy linda aunque me tiemble la voz al hablar. Me gustaría que me cogieran sin que tenga que explicar cómo me gusta.
La Tere tragó saliva. Notó cómo el pulso le latía más fuerte en la muñeca. Se levantó, extendió la mano.
—Vamos —dijo, sin más.
Rosa no se movió de inmediato. Miró su propia mano, luego la de la Tere, y por un segundo pareció dudar. Pero entonces asintió, y se levantó con lentitud, como si se estirara después de una siesta larga, como si despertara de un sueño que no sabía si era real o solo deseo.
Camino a la casa, el camino de piedras se sintió más corto. Las luces del interior estaban apagadas, salvo por una lamparita de papel en la cocina, que proyectaba sombras largas en el piso de cemento. La Tere encendió una vela de cera de abeja y la puso sobre la mesa del comedor. El fuego tembló, pero no se apagó.
—Si te arrepientes, dilo —dijo la Tere, ya con la camisa abierta hasta el ombligo, los brazos cruzados sobre el pecho como si se abrazara a sí misma.
Rosa no respondió con palabras. Se acercó, desabrochó uno por uno los botones que le faltaban, y puso las palmas abiertas sobre el pecho de la otra mujer. Sintió el latido, rápido pero estable, como el corazón de un pájaro que sabe que el vuelo ya comenzó.
—No me arrepiento —dijo, y se inclinó a besarle el cuello, no con urgencia, sino con curiosidad, como si estuviera descubriendo un mapa nuevo, como si cada centímetro fuera una calle desconocida.
La Tere gimió, bajito, apenas un suspiro roto. Rosa lo escuchó como si fuera una orden. Metió los dedos bajo la camiseta de la otra, deslizó las uñas con cuidado por la espalda, y sintió cómo la piel se erizaba, como si los poros se abrieran de golpe para respirar.
—Tócame —le pidió la Tere, y Rosa le quitó la camiseta con lentitud, como si cada hilo fuera un recuerdo que no quería romper.
Había una cicatriz en la clavícula, de una cirugía años atrás. Rosa la tocó con la punta de la lengua, y la Tere se estremeció, cerró los ojos, y se dejó caer sobre la cama, que crujía bajo su peso como si también se rindiera.
—¿Te acuerdas de cómo era antes? —le preguntó Rosa, ya sentada sobre el muslo de la otra, con la falda subida hasta la cintura, las piernas abiertas a propósito.
—Sí —dijo la Tere—. Pero hoy me gusta más cómo soy ahora.
Rosa le bajó la bragas con la punta de los dedos, sin deshacer el nudo del sostén. Le separó los labios del sexo con cuidado, y se inclinó para olfatear, para saborear el aire que salía de allí, para escuchar cómo se le aceleraba la respiración.
—Estás bien humedecida —susurró Rosa.
—Por ti —dijo la Tere, y se llevó una mano al pecho, a apretarse suavemente—. Tú me haces esto.
Rosa sonrió, y metió un dedo, lento, como si estuviera abriendo una puerta que no sabía si estaba cerrada o solo esperando. La Tere jadeó, arqueó la espalda, y Rosa le mordió suavemente el hombro para que no gritara.
—No tienes que callarte —le dijo, pero la Tere ya le tiraba de la blusa, quería más.
Así que Rosa se quitó la blusa, el sujetador, y se subió a la cama a horcajadas, con las nalgas apoyadas en el borde de la colchoneta, y le dijo:
—Cógeme. Ahora.
La Tere no se hizo de rogar. Se puso de rodillas, le abrió las piernas con las manos, y metió la verga entera con un solo empuje, lento, como si estuviera entrando en un templo, como si supiera que cada movimiento debía ser sagrado.
Rosa gritó. No por dolor, sino por sorpresa. Por placer. Por el peso de la verga que le temblaba dentro, por el calor que le quemaba desde adentro.
—Tú eres la que me hace esto —murmuró la Tere, empujando de nuevo, más profundo, más lento—. Tú eres la que me hace sentir que aún puedo.
Rosa le agarró las nalgas, se frotó contra ella, y se dejó llevar. Las caderas de la Tere se movían ya con su propio ritmo, con el ritmo del deseo que ya no necesita disculparse. El sudor les goteaba por las sienes, el olor a sal y a naranjo se mezclaba con el olor a piel caliente, y Rosa cerró los ojos y pensó: *así es como se siente cuando ya no te preguntas si mereces esto*.
Cuando la Tere llegó, gritó su nombre como si fuera un hechizo. Rosa la sintió temblar dentro de ella, sintió cómo le temblaban las nalgas, cómo se le cerraban los puños en la sábana. Y cuando se derritió, cuando la verga se le ablandó y la Tere se dejó caer sobre su pecho, ambas con la respiración entrecortada, Rosa le acarició el cabello y le dijo:
—Mañana seguimos.
La Tere solo asintió, y le besó el ombligo.
Y así, bajo la luz de la vela que ya casi se había consumido, las dos se quedaron dormidas, abrazadas, con las piernas entrelazadas, con la verga aún metida dentro, y el pulque olvidado en la mesa del comedor, como si también hubiera merecido descansar.
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