Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños

Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños

@el_anonimo ·10 de junio de 2026 · 🔥 3.9 (9) · 32 lecturas · 4 min de lectura

La música latía con fuerza en el pecho de Lucía mientras se ajustaba el cabello con los dedos, observando a Ana por primera vez esa noche. Estaban en el departamento de una amiga en común, un espacio lleno de risas, vino barato y luces tenues que parecían hechas a medida para este tipo de momentos. Ana, sentada en el borde del sofá, se reía de algo que dijo una chica a su lado, pero sus ojos —oscuros, húmedos— se desviaron hacia Lucía. Un silencio breve, una pausa en la conversación, y luego una sonrisa lenta, intencionada.

Lucía sintió un calor que no venía del cuerpo de la gente apiñada alrededor del bar. Se acercó con una copa de vino en la mano, como si fuera una excusa válida. —¿Te gusta esta canción? —preguntó, sin siquiera escucharla.

Ana se giró completamente ahora, los codos apoyados en las rodillas, los hombros descubiertos bajo una blusa ceñida de encaje negro. —Depende. ¿Tú qué escuchas? —Su voz era grave, baja, como un susurro que se filtra entre las notas del bajo.

—Escucho tu risa, más que la música —dijo Lucía, y apenas terminó la frase ya se arrepintió de haber sido tan directa. Pero Ana no pareció incomodarse. Solo inclinó la cabeza, casi imperceptiblemente, como una confirmación silenciosa.

Se levantaron al mismo tiempo, sin coordinación aparente, y caminaron hacia la terraza. El aire fresco del verano las abrazó de golpe. Hablaban de cosas insignificantes: el calor, el vino, la canción que pasaba en ese momento —una balada lenta de los 90—. Pero cada palabra estaba cargada de algo más. Cada vez que sus manos se rozaban al pasar la botella, Lucía sentía un cosquilleo en la espalda baja.

Ana se detuvo junto al balcón, mirando la ciudad iluminada. Lucía se puso a su lado, lo suficientemente cerca como para sentir el calor de su piel. —¿Te importa si me quitó los zapatos? —preguntó Ana, y sin esperar respuesta, se descalzó lentamente, moviendo los dedos de los pies sobre el suelo frío del mármol. Lucía la miró fijamente, sin disimulo. Los pies de Ana eran finos, con uñas pintadas de un rojo oscuro. Pero lo que realmente la hipnotizaba era la curva de su espalda, la forma en que la tela de su blusa se tensaba al respirar.

—¿Qué miras? —preguntó Ana, sin voltear.

—Lo suave que se ve tu cuello cuando te inclinas —respondió Lucía, y esta vez no se disculpó.

Ana giró hacia ella, y esta vez la sonrisa fue más abierta, más verdadera. —¿Y qué más miras? —Su voz era un hilo, casi inaudible.

Lucía no respondió con palabras. Avanzó un paso, cerrando la distancia. El cuerpo de Ana no retrocedió. En cambio, levantó una mano y acarició la mejilla de Lucía con la yema de los dedos. Su piel era suave, tibia. Lucía cerró los ojos, respiró hondo: aroma a vainilla, vino y algo más, algo que no podía nombrar pero que le hizo sentirse viva.

—¿Puedo? —preguntó Ana, con la voz un poco más ronca.

Lucía asintió apenas, con un movimiento de barbilla. Y entonces Ana inclinó la cabeza y besó su cuello, justo debajo de la oreja. Una descarga eléctrica recorrió a Lucía desde la base de la columna hasta la nuca. Sentó las manos sobre las caderas de Ana, sintiendo la textura de su blusa, el calor de su piel debajo. Ana se pegó más a ella, y entonces la besó.

No fue un beso de prueba. Fue un beso de hambre. Ana abrió la boca, y Lucía le respondió con la misma intensidad, con la lengua, con los dientes, con todo. Sus pechos se rozaron contra la tela fina, y Lucía sintió un cosquilleo en la entrepierna. Ana se separó apenas, suficiente para susurrar:

—¿Quieres entrar?

Lucía asintió, sin soltarla. Caminaron de vuelta al interior, pero no hacia la sala. Ana la llevó por un pasillo estrecho, hacia una habitación con puerta entreabierta. El cuarto era pequeño, con una cama de matrimonio deshecha y luces de neón proyectadas en el techo por un farol colgante.

Ana se giró frente a ella, y con una lentitud deliberada, empezó a desabrocharle la blusa. Cada botón era una promesa. Cuando la tela se abrió, Ana exhaló, y Lucía supo que no era por el frío. —Estás hermosa —dijo, con los ojos bajos, fijos en sus pechos, que se alzaban con la respiración acelerada.

Lucía deslizó los dedos por los hombros de Ana, bajando por sus brazos hasta tomar sus manos. Luego, con un movimiento sincronizado, se quitó la blusa. Quedaron frente a frente, solo con lo esencial: Ana, con su blusa de encaje; Lucía, con un sostén negro de ala de ángel que apenas contenía lo que quería salir.

—¿Puedo? —repitió Ana, esta vez con la mano en su cintura.

Lucía no necesitó hablar. Solo tomó la mano de Ana y la llevó a su pecho, sobre el botón del sostén. Ana sonrió, y entonces se arrodilló lentamente, sin romper el contacto visual, y desabrochó cada una de las hebillas. Cuando el sostén cayó al suelo, los pechos de Lucía quedaron al descubierto, firmes, redondeados, con pezones hinchados por la anticipación.

Ana no se apres

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Sin nombre, sin filtros. Cuento lo que pasó tal cual fue, en primera persona y sin maquillaje. Confesiones reales, crudas.

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