Lo que pasó en la fiesta de cumpleaños

@nocturna ·4 de junio de 2026 · ★ 4.3 (23) · 63 lecturas

La música bajaba en ondas densas por las escaleras de caracol de la casa en la Roma, como un río tibio que se colaba entre los cuerpos amontonados en la sala. Las luces, bajas y anaranjadas, lamían las paredes de ladrillo visto y se reflejaban en el sudor leve de los codos, los hombros descubiertos, las copas de mezcal medio vacías. Afuera, la ciudad respiraba lento, como si también estuviera achicando los ojos tras un trago fuerte. Adentro, todo latía. Todo quería.

Claudia se recargó en la barra improvisada sobre el buró de la recámara, con un vaso de cristal grueso entre los dedos. Llevaba un vestido negro sin mangas, de esos que se pegan en las caderas y dejan ver el contorno suave de las nalgas cuando giras. Tenía el pelo recogido con un palillo, mechones sueltos en las sienes, y una mirada que no se esforzaba por disimular el deseo. A sus treinta y cinco, Claudia sabía lo que quería, y esa noche, lo quería con ella.

Y ella era Ana. La amiga de la amiga. La que había llegado tarde, con una botella de vino barato y una risa que le nacía del estómago. Morena, delgada pero con curva, pechos pequeños que se adivinaban bajo una blusa de seda verde, el cuello largo como si lo hubiera prestado a un poema. Se movía con una lentitud que no era pereza, sino conciencia: cada paso, cada giro de cabeza, como si midiera el aire antes de ocuparlo.

Se miraron. No hubo presentación formal. No hizo falta. Alguien gritó algo sobre tequila, alguien más puso un bolero en el sonido portátil, y ellas dos, sin decir palabra, se fueron separando del grupo como si el mismo ambiente las empujara una hacia la otra.

Subieron. No por invitación, sino por instinto. El cuarto de arriba estaba vacío, solo una cama deshecha, una ventana abierta de par en par dejando entrar el rumor de la avenida, y una vela encendida sobre el buró, parpadeando como si tuviera miedo de apagarse.

—Aquí arriba hace más calor —dijo Ana, quitándose los zapatos de un solo dedo con un movimiento lento, como si desabrochara algo más que el calzado.

—Aquí arriba todo es más lento —respondió Claudia, cerrando la puerta con el pie.

Se miraron otra vez. El silencio no era incómodo. Era espeso. Como el aire antes de la lluvia.

Ana se acercó primero. Le puso una mano en la cintura, ligera, como probando si era real. Claudia no se movió. Solo cerró los ojos un segundo, sintiendo el calor de esa palma a través del vestido. Luego, con una sonrisa apenas insinuada, tomó la muñeca de Ana y la acercó más.

—No tienes que pedir permiso —le dijo al oído, y el aliento le cosquilleó en la piel.

Ana no necesitó más. La besó. Un beso que no empezó lento, sino hambriento. Labios que se mordían, lenguas que se buscaban como si llevaran años perdidas. Claudia respondió con fuerza, agarrándola del cabello, jalándola hacia abajo sobre la cama. El vestido se subió solo, como si ayudara, y las nalgas de Claudia quedaron al descubierto, redondas, marcadas por la liga del tanga.

—Qué bonito culo tienes —murmuró Ana, mordiéndole el lóbulo de la oreja—. De esos que dan ganas de chingar sin parar.

Claudia rio, bajito, y le desabrochó la blusa con dos dedos. Los pechos de Ana eran pequeños, firmes, con pezones oscuros que se endurecieron al primer roce del aire. Claudia los tomó con ambas manos, los apretó, los chupó uno a uno, mientras con la rodilla le abría las piernas.

—¿Te gusta que te toquen así? —preguntó, sin dejar de morderle un pezón.

—Me gusta que me traten como si me quisieran comer entera —respondió Ana, jadeando.

Y Claudia entendió. Se deslizó por su cuerpo, besando el ombligo, lamiendo el borde de la falda, desabrochándola con paciencia. Le quitó las bragas de un jalón, las olió un segundo antes de tirarlas al suelo, y luego hundió la cara entre sus piernas.

—Ay, chinga… —gimió Ana, arqueándose.

Claudia no tenía prisa. Lamía como si leyera un poema: lento, con pausas, con mordidas suaves en los labios internos, con el dedo rodeando el clítoris sin tocarlo. Hasta que no aguantó más. Metió dos dedos de golpe, profundo, mientras con la lengua le daba vueltas al botón hinchado.

—Sí… sí… así, cabrón —gritó Ana, agarrándola del pelo—. No pares, no pares…

Claudia subió, jadeando. Se quitó el vestido, se desató el sostén, y se puso encima, sudorosa, caliente. Ana le acarició los senos, los besó, le mordió un pezón hasta hacerla gemir.

—Ahora quiero yo —dijo, empujándola suavemente.

Claudia se dejó hacer. Se acostó de espaldas, abrió las piernas, y Ana se acomodó entre ellas, mirándola como si fuera a cometer un robo.

—¿Te gusta que te chingen? —preguntó, con la voz ronca.

—Me gusta que me chinguen bien —respondió Claudia, con los ojos entrecerrados.

Ana sonrió. Se quitó la falda, se acercó, y con la lengua empezó a recorrerle el vientre, el pubis, el monte. Luego, sin aviso, le metió la boca completa, chupando, lamiendo, mordiendo suavemente. Claudia se retorció, agarró las sábanas, gritó un “¡Sí, así, cabrona!” que se perdió en el sonido del tráfico.

Ana no paró. Le abrió más las piernas, le puso una mano en la cadera para inmovilizarla, y siguió. Lamía como si fuera a beberse todo, como si el sabor de Claudia fuera el último que probaría. Hasta que sintió que se tensaba, que los muslos se le ponían duros, y entonces, con un último lametón profundo, la llevó al orgasmo.

—Ay, Dios… —jadeó Claudia, con las lágrimas en los ojos—. Qué pedo de gusto…

Ana se acostó a su lado, sudorosa, respirando fuerte. Claudia la abrazó, le besó el hombro, le acarició la espalda.

—¿Y tú? —preguntó.

—Yo quiero que me cogerás con los dedos —dijo Ana—. Quiero sentir tus manos dentro, tus uñas, tu olor.

Claudia no necesitó más instrucciones. Se puso encima otra vez, la besó en la boca, en el cuello, en los pechos, y luego, con dos dedos, le abrió el sexo despacio. Ana gemía, movía las caderas al ritmo de los empujones.

—Así… así… no pares —pedía, con la voz quebrada.

Claudia aceleró. Le metía los dedos hasta el fondo, los sacaba mojados, los volvía a meter. Con la otra mano le pellizcaba el clítoris, suave, luego fuerte. Hasta que Ana gritó, fuerte, como si se rompiera, y se aferró a sus brazos con las uñas.

Se quedaron así, jadeando, sudorosas, pegadas. Fuera, la fiesta seguía, pero para ellas, el mundo había quedado atrás. Solo importaba el calor del cuerpo, el olor a sexo, el silencio cómplice.

—¿Y ahora qué? —preguntó Ana, con una sonrisa perezosa.

—Ahora —dijo Claudia—, nos quedamos aquí hasta que alguien nos venga a buscar.

Y sin más, se acomodaron una al lado de la otra, desnudas, con las piernas entrelazadas, mientras la vela parpadeaba y el aire de la noche les acariciaba la piel.

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