Lo que pasó en la fiesta de aniversario del vecino

Lo que pasó en la fiesta de aniversario del vecino

@fernanda_luz ·23 de junio de 2026 · 🔥 4.1 (23) · 150 lecturas · 10 min de lectura

La casa de los Márquez siempre estaba llena de vida los sábados. Esa noche, sin embargo, el bullicio tenía un tono distinto: luces tenues, velas en las ventanas, música suave de salsa que salía del patio trasero como si el aire mismo se volviera lento y espeso. Era el aniversario número quince de Carlos y Rocío, y todos los vecinos habían ido: amigos de toda la vida, compañeros del trabajo, hasta el tío Pepe, ese que siempre traía su termo de café y se sentaba en el mismo lugar desde las ocho en punto.

Fernanda llevaba un vestido negro ceñido que le marcaba las curvas desde la cintura hasta las caderas, con un escote sutil pero bien aprovechado, y la espalda descubierta hasta la base de la columna. Se había maquillado con cuidado, sin exagerar: delineado fino, labios rojos oscuros, pestañas largas pero naturales. No buscaba llamar la atención, pero sí sentirse buena. Y lo estaba. Sentía el tacto de la tela contra la piel, el frescor del aire nocturno en los brazos, y la ligera ansiedad que le hacía vibrar los nervios en las puntas de los dedos.

—¿Viste a los nuevos? —le dijo Érica, su amiga del supermercado, acercándose con dos copas de vino tinto—. Los de la casa morada, al final de la calle.

—¿Los que se mudaron hace tres semanas? —preguntó Fernanda, tomando la copa y dándole un trago corto, justo para humedecerse los labios—. No los he visto casi. Sólo el hombre, que saluda con la cabeza pero nunca entra a comprar.

—Pues ayer vienen los dos al mercado. Ella es morena, alta, con unos ojos que parecen de gato. Y él… —Érica se inclinó, bajando la voz— es un dios.

Fernandarió, pero no por el comentario. Lo hizo por la forma en que su amiga decía “dios” como si fuera una palabra sagrada, una exhortación. Miró hacia la puerta del jardín, y ahí lo vio: alto, de hombros anchos, camisa blanca abierta hasta el ombligo, piel morena clara con un brillo suave de sudor en el pecho. Tenía el pelo corto, bien recortado, y una barba bien cuidada que le marcaba la mandíbula. No era guapo de forma tradicional, pero sí *bueno*, de esos que te hacen pararte un poco más derecha solo con estar cerca.

—Ahí está —dijo Érica, siguiendo su mirada.

Fernanda asintió, y por un segundo sintió algo raro en el estómago. No era atracción, no aún. Era más bien curiosidad. La misma que te hace detenerte frente a una vitrina de tienda cuando pasas corriendo, sin saber qué miras, pero no puedes dejar de mirar.

—Él se llama Daniel —dijo Érica—. Y ella, Alejandra.

—Suerte la de él —dijo Fernanda, sin pensar demasiado.

—¿La tuya también, no? —Érica le guiñó un ojo—. Carlos y Rocío te miran raro.

—¿Cómo así?

—Como si supieran algo. Como si te vieran venir y salir… como un perro a la puerta de la nevera.

Fernanda se sonrojó. No por la broma, sino por la verdad que llevaba dos semanas guardando. Porque sí, había estado en casa de Carlos y Rocío más de lo normal últimamente. No por ellos, sino por su hija, Valeria, que había empezado a asistir a las clases de yoga que Fernanda daba en su casa los domingos por la mañana. Y como Valeria se había caído del bicitaxi y se había hecho un rasguño en la rodilla, Rocío le había pedido a Fernanda que pasara a revisarle la herida, que le pusiera antiséptico y venda. Ella había ido, y cuando salió, Carlos le había ofrecido una cerveza. Luego otra. Y después… después había algo en la forma en que él la miraba, en la forma en que sus ojos se quedaban un poco más tiempo en sus labios, en el cuello, en las manos.

Pero no era eso. No aún.

—Oye —dijo Carlos, acercándose con dos cervezas—. ¿Tú crees que Daniel y Alejandra estén teniendo problemas?

—¿Por qué dices eso?

—Porque desde que llegaron, Alejandra no se ha separado de él. Ni un minuto. Y esta noche, ni siquiera bajó a saludar. Está arriba, en su cuarto.

Fernanda bebió un trago largo, y por primera vez notó que la música se había vuelto más suave, más lenta. El grupo de salsa había empezado a tocar una balada. Alguien encendió las luces de hadas en los árboles, y todo parecía más íntimo, más cercano.

—¿Quieres que baje a ver si está bien? —preguntó Daniel, apareciendo de la nada. Estaba más cerca ahora, y Fernanda sintió el aroma a madera y tabaco dulce que le precedía.

—No hace falta —dijo Carlos, riendo—. Es solo que Alejandra es un poco… reservada.

—No, no lo es —dijo Daniel, mirando directo a Fernanda—. Es solo que hoy no se siente bien. Un mareo. Le dije que se acostara un rato.

Fernanda asintió. No dijo nada, pero sintió que algo se movía dentro de ella. Una especie de advertencia. O de invitación.

—¿Te molestaría acompañarme a buscar un termómetro? —le preguntó Daniel—. Dice que tiene fiebre.

—Claro —dijo Fernanda, y se puso de pie. No pensó. Solo se levantó, dejó la copa en la mesa, y lo siguió hacia la puerta trasera, la que daba al garaje y al pasillo de habitaciones.

Érica la miró con los ojos bien abiertos, pero no dijo nada.

La escalera de madera crujió bajo sus pasos. La luz del pasillo era baja, apenas suficiente para distinguir las puertas, todas cerradas excepto una: la del cuarto de invitados, donde Daniel entró primero y le hizo seña con la mano para que lo sigiera.

Había una cama hecha, una maleta abierta sobre la cómoda, y Alejandra sentada al borde, con una sábana puesta sobre los hombros, el pelo suelto, la piel pálida. Tenía los ojos cerrados, pero cuando entraron, los abrió despacio.

—Daniel… no tenías que bajar —dijo, con voz suave, casi un susurro.

—Sí tenía. Y traje a Fernanda. Dijo que quería ver cómo estabas.

Alejandra la miró. No conhostilidad, ni con desconfianza, sino con una calma que ponía los nervios de Fernanda en alerta.

—Gracias por venir —dijo, y sonrió, pero no llegó a sus ojos.

Fernanda se acercó. No llevaba zapatos, y el suelo de madera estaba fresco bajo sus pies descalzos. Se sentó frente a Alejandra, en la cama, y le tomó una mano. Fría. Pero no por la fiebre.

—¿Dónde te duele? —preguntó Fernanda, suave.

—En el pecho. En el estómago. En la cabeza. En todas partes.

—Entonces es más emocional que físico —dijo Daniel, y se sentó al lado de su esposa, sin tocarla, pero cerca.

Fernanda los miró. No por curiosidad, sino por comprensión. Porque sabía lo que pasaba allí. No era solo un mareo. Era algo más profundo. Y Daniel lo sabía también.

—¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó Fernanda.

—Sí —dijo Alejandra, después de un silencio largo—. Quiero que te quedes. Un ratito. Daniel tiene que volver abajo.

—Estoy bien —dijo Daniel—. Yo me encargo de todo.

Fernanda asintió. No se movió. Se quedó sentada, con las manos en el regazo, los pies juntos, la espalda derecha. Y esperó.

—¿Tú también vienes de la ciudad? —preguntó Alejandra, después de un rato.

—Sí. De Coyoacán. Vivía en la Roma.

—¿Y por qué te mudaste aquí?

—Por silencio. Por árboles. Por no tener que escuchar el claxon de las motos a las tres de la madrugada.

—Yo también quería silencio —dijo Alejandra—. Pero no conté con que el silencio me hablaría más fuerte que el ruido.

Fernanda sintió un nudo en la garganta. No sabía si era compasión o algo más. Algo que se le subía desde adentro, lento, como el vino que no se ha terminado, pero ya se siente en la cabeza.

—¿Y tú? —preguntó Alejandra, mirándola directo—. ¿Tú también te mudaste por algo que no querías escuchar?

Fernanda dudó. No por mentir, sino por decir la verdad. Porque la verdad era que sí. Que había dejado a su esposo por no soportar más la voz de él en la cocina, el sonido de sus pasos en el pasillo, el silencio que había entre los dos como una pared que crecía sin que nadie la derrumbara.

—Sí —dijo—. Me mudé por el silencio.

Alejandra sonrió, esta vez con los ojos. Y por primera vez, Fernanda sintió que algo se aflojaba en su pecho.

—Entonces sabes lo que es —dijo.

—Sí —dijo Fernanda.

—¿Y qué es?

—Es como una ausencia que huele a perfume.

—Exacto —dijo Alejandra—. Es como tener un cuerpo al lado, pero sentirte sola.

Fernanda asintió. Y por primera vez, no se sintió juzgada. Se sintió vista.

—¿Te gustaría que te ayudara a quitarte el vestido? —preguntó Alejandra, de golpe.

Fernanda parpadeó.

—¿Qué?

—Estás muy tensa. Tienes los músculos del cuello como piedras. Déjame ayudarte.

—Pero… Daniel está abajo.

—Daniel me ama. Y tú no me quieres a mí. Me quieres a mí, pero no *a mí*. Me quieres como se quiere una idea. Como se quiere una promesa.

Fernanda no supo qué decir. Solo sintió que su respiración se volvía más lenta, más profunda. Y cuando Alejandra se levantó, con la sábana aún sobre los hombros, y le tendió la mano, Fernanda la tomó.

La ayudó a levantarse. A dar un paso. A acercarse.

—Quítate los zapatos —dijo Alejandra—. Y el vestido. Sólo hasta la cintura.

Fernanda lo hizo. Con lentitud. Sin prisa. Con la misma atención con la que se prepara una taza de café, con leche, sin azúcar, con cuidado de no derramar ni una gota.

El vestido resbaló por sus hombros, bajó por sus brazos, y quedó en el suelo. Llevaba un sujetador negro de encaje, sin alambre, que dejaba ver el borde de sus pechos, redondos, firmes, con pezones oscuros y sensibles.

—Mira —dijo Alejandra, y se quitó la sábana.

No llevaba nada debajo.

Su piel era morena, con manchas leves de sol en los hombros, pechos grandes y caídos un poco por el paso de los años, pero tersos, con pezones grandes y oscuros, como semillas de fruta madura. Tenía una cicatriz en el ombligo, redonda, y una línea oscura que bajaba desde el esternón hasta el vello púbico, que era escaso, bien recortado.

—¿Te gustan? —preguntó Alejandra.

—Sí —dijo Fernanda, sin pensarlo.

—Entonces no te muevas.

Alejandra se acercó. Con las manos. Con el cuerpo. Con el aliento que le rozaba el cuello.

—Tú también me miras, Fernanda. Y no es por lástima. Es por ganas.

Fernanda cerró los ojos. Sintió las manos de Alejandra en su cintura, luego en la espalda, bajando, apretando sus nalgas, tirando suavemente para acercarlas. Y cuando sus cuerpos se tocaron, pecho con pecho, vientre con vientre, pierna con pierna, Fernanda sintió que el mundo se detenía.

—¿Quieres que te toque? —susurró Alejandra.

—Sí —dijo Fernanda—. Sí, por favor.

Alejandra le quitó el sujetador. No con fuerza, sino con cuidado, como si fuera una tela frágil. Y cuando sus pechos quedaron al aire, Fernanda sintió el calor de Alejandra sobre ellos, sus manos abiertas, cálidas, pesadas, acariciando, apretando, masajeando. Sus pulgares rozaron los pezones, y Fernanda gimió, un sonido bajo, gutural, que no esperaba sacar de su garganta.

—Cógeme —dijo Alejandra, y la jaló hacia atrás, hacia su cuerpo, hacia su entrepierna.

Fernanda sintió el calor allí, la humedad, el vello suave contra su abdomen. Y cuando se volvió, con las manos en las caderas de Alejandra, y se acercó, y sintió el labio mayor de su vulva, húmedo y abierto, contra su piel, supo que no había vuelta atrás.

—¿Estás segura? —preguntó.

—No —dijo Alejandra—. Pero quiero serlo.

Fernanda la besó. No en la boca, sino en el cuello, en la clavícula, en el pecho. Luego bajó, lento, hasta uno de sus pezones, lo tomó entre los labios, y lo chupó, con suavidad, con hambre. Alejandra gimió, arqueó la espalda, le metió los dedos en el pelo.

—No te detengas —dijo—. No me mires. Sólo hazlo.

Fernanda lo hizo. Bajó más, hasta su vientre, hasta el vello, hasta los labios. Los separó con los dedos, y los rozó con la lengua. Sabía a sal, a sudor

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