Lo que pasó en la fiesta de Ana

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 4.1 (14) · 228 lecturas · 4 min de lectura

La música seguía sonando suave, esa mezcla de boleros antiguos y beats latinos que Ana había preparado para su cumpleaños. Las luces tenues, los farolitos de papel coloridos colgando del techo y el olor a tequila, limón y humo de copal daban un aire cálido, íntimo. Mónica se apoyaba en el balcón, con una copa de margarita medio vacía en la mano, mirando cómo las luces de la ciudad parpadeaban al fondo. Hacía calor, el tipo de calor que te hace sudar suavemente por las sienes y que, somehow, se siente más íntimo que cualquier confesión.

—¿En qué piensas? —la voz de Lucía llegó por detrás, baja, con ese tono que siempre le hacía erizar la piel.

Mónica giró con una sonrisa tímida. Lucía llevaba una blusa blanca desabotonada hasta el ombligo, puesta a propósito para que se vieran las tiras del sostén negro, y unos jeans ajustados que marcaban cada curva de sus nalgas. Su pelo negro, recogido en un moño suelto, dejaba al descubierto el cuello, largo y elegante.

—En cómo me arrepentí de venir en sandalias —mintió Mónica, bajando la vista al calzado.

Lucía se rió, una risa suave, como el chasquido de una hoja de plátano al romperse. Se acercó, sin tocarla aún, pero lo suficiente para que Mónica sintiera su aliento en el cuello: un leve aroma a jazmín y ron. —¿Y qué tal si te saco estas sandalias y te llevo a un lugar donde no haya piso frío?

Mónica tragó saliva. Desde que se conocieron en la universidad, cinco años atrás, siempre habían tenido esa chispa, ese juego de miradas que se esquivaban pero nunca se perdían. Hoy, sin embargo, algo estaba distinto. Lucía no sonreía con complicidad, sino con intención.

—¿Estás segura? —preguntó Mónica, casi en un susurro.

—Soy toda ojos —respondió Lucía, y esta vez sí la tocó: con la punta de los dedos, bajó la mano por su brazo hasta agarrarle la muñeca—. Pero no te preocupes, no voy a chingarte sin que me lo pidas.

La caminata hasta el cuarto de Lucía fue un torbellino de risas, susurros y roces intencionales. En la escalera, Lucía le pasó el dedo por la cintura, y Mónica se estremeció. Al entrar al cuarto, cerró la puerta con la punta del pie, se quitó la blusa y la dejó caer sobre el escritorio. Luego, con lentitud, se sentó en el borde de la cama y le pidió con una sonrisa: —Siéntate aquí, Mónica. Quiero ver cómo te quitas esa falda.

Mónica obedeció. Las manos temblaban un poco, pero no por nervios: era el calor, el deseo, el tipo de tensión que se siente cuando algo que siempre estuvo ahí, silencioso, decide finalmente salir a la luz. Se quitó la falda con cuidado, como si desempolvase un recuerdo, y se quedó en short y blusa. Lucía no dijo nada, solo la miró, los ojos oscuros, húmedos. Se levantó, se acercó y empezó a desabrocharle la blusa, uno por uno, con una lentitud que hacía vibrar cada botón contra su piel. Cuando la blusa cayó, Lucía besó su hombro, luego el cuello, y por fin, con los labios rozando su oreja:

—Tus nalgas siguen igual de bellas.

Mónica gimió, bajo, casi inaudible, y se inclinó hacia adelante, ofreciéndose. Lucía le quitó el short con un movimiento suave y la tumbó sobre la cama. Subió las rodillas y se acomodó entre sus piernas. Con los dedos, separó sus labios, exploró con calma, sin prisa, como si el tiempo fuera un lujo que ya no tenía. Mónica se arqueó, con los ojos cerrados, sintiendo el aire fresco contra su piel húmeda, el pulso de Lucía en la muñeca mientras la tocaba, la suavidad de sus labios cuando los apretó contra su clítoris.

—Cuando te pongas a gritar mi nombre… me lo repites —murmuró Lucía, antes de meterle dos dedos dentro, lentos, medidos, hasta el nudillo.

Mónica soltó un grito ahogado, las uñas clavadas en la sábana. Lucía la besó mientras se movía, con una ternura que contrastaba con la intensidad de su ritmo. Y cuando el orgasmo llegó, no fue un estallido, sino una ola que las arrastró a las dos: Mónica se deshizo en lágrimas y risas, Lucía la abrazó con fuerza, susurrandole al oído: —Te he querido desde el primer día que te vi con ese vestido azul.

Fue una noche larga, lenta, hecha de besos, de manos que descubrían nuevos senderos, de cuerpo contra cuerpo, de risas y silencios que decían más que mil palabras.

También en: RománticoPrimera vez

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