Lo que pasó en la ducha del gimnasio

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Salí del spinning con el cuerpo empapado, no solo por el ejercicio. Había sentido su mirada desde el primer minuto. No me sorprendió. Él estaba allí, al fondo, en la última bicicleta, sudando con los ojos clavados en mí. No de forma grosera, no como esos hombres que te devoran con la vista como si fueras carne. Él me miraba con hambre, sí, pero también con paciencia. Como quien sabe que algo va a pasar, y solo espera el momento justo.

Yo lo vi. Lo sentí. Y no hice nada para evitarlo.

Me levanté, con las piernas temblorosas por el esfuerzo, pero también por la tensión. Me quité la camiseta sin prisa, dejándola caer al suelo. No me cubrí. No lo necesitaba. Él seguía allí, mirándome. No me sonrió, no me guiñó el ojo. Solo asintió, casi imperceptiblemente. Un saludo entre cómplices.

Fui directo a las duchas. No me cambié en los vestidores. No quería público. Solo quería privacidad. Y él.

Entré en la cabina del fondo, la más alejada de las puertas. Cerré el cerrojo con un clic metálico que resonó en el silencio húmedo del baño vacío. Encendí el agua. Caliente. Casi escaldante. Me mojé el pelo, el cuello, los pechos. Me pasé las manos por los pezones endurecidos, no por el frío, sino por el deseo. No me masturbaba, pero me tocaba. Como si ya supiera que no estaría sola mucho tiempo.

Escuché el cerrojo de la puerta principal abrirse. Pasos lentos. Seguros.

—¿Estás sola? —preguntó su voz grave, desde el otro lado de la cortina.

—Ahora no —dije, sin girarme.

La cortina se corrió. Entró desnudo. Totalmente. Su cuerpo era el de un hombre que se cuida: fuerte, fibroso, con los músculos marcados por el esfuerzo, no por la vanidad. El pecho amplio, los abdominales como tablas. Y entre las piernas, su polla dura, gruesa, con una vena palpitante que subía por el lado izquierdo.

No dijo nada. Yo tampoco. Me tomó del cabello, con suavidad pero con firmeza, y me giró. Me pegó contra la pared de azulejos. El agua nos golpeaba a ambos. Sentí su boca en mi cuello, sus dientes mordiendo la piel, su lengua trazando círculos húmedos. Bajó. Me mordió un pezón, primero con delicadeza, luego con fuerza. Grité. No de dolor, de placer.

—Quiero chuparte —dije, sin aliento.

Se alejó un paso. Me miró desde arriba, con esa expresión de dominio que me encendió más que cualquier caricia.

—No —dijo—. Primero quiero verte.

Me dio una nalgada. Fuerte. El sonido retumbó en el baño. Me empujó contra la pared, de espaldas, y me obligó a separar las piernas. Sus dedos encontraron mi coño al primer intento. Estaba mojada. Deseosa.

—Joder —murmuró—. Estás caliente.

Metió dos dedos de golpe. Grité. No me dio tiempo a acostumbrarme. Los movió con fuerza, entrando y saliendo, mientras con el pulgar presionaba mi clítoris. Era brutal, era perfecto. Sentía cómo mi cuerpo se abría, cómo mi sexo se humedecía más, cómo mis jugos resbalaban por sus dedos y caían al suelo, mezclándose con el agua.

—No pares —gemí—. Por favor, no pares.

Pero paró. Sacó los dedos y me dio otra nalgada, más fuerte.

—¿Quién te crees que eres para pedirme que no pare? —dijo, con voz baja, oscura.

No respondí. Solo jadeé.

Me tomó del pelo otra vez y me obligó a arrodillarme. El agua caía sobre mi espalda, sobre mis nalgas. Vi su polla frente a mí. Grande. Dura. Con la punta hinchada, brillando por la humedad.

—Ábreme la boca —ordenó.

Obedecí.

Metió la punta en mi boca. La chupé. Con ansia. Con devoción. Lamí la cabeza, tracé el borde con la lengua, sentí el sabor salado de su precum. Me encantó. Me encantó todo.

Pero él no quería que lo chupara. No todavía.

Me levantó de un tirón y me devolvió a la pared. Me puso de rodillas, pero esta vez con el rostro pegado al azulejo, el culo en alto.

—Dime lo que quieres —dijo.

—Quiero que me la metas —dije, sin vergüenza—. Quiero que me folles por el culo.

Hubo un silencio. Luego, una risa baja.

—Sabes lo que pides, ¿no?

—Sí.

Sentí su mano en mi nalga. Luego, su dedo. Mojado. Seguro. Fue directo a mi ano. Lo presionó. Entró despacio, pero sin dudar. Gemí. Era intenso. Doloroso, pero delicioso.

—Relájate —dijo.

Lo hice.

Su dedo entró más. Dos dedos. Me estiró. Me preparó. Mientras, con la otra mano, seguía masturbándome el coño. Entraba y salía, rápido, mezclando los dos orificios.

—Estás lista —dijo.

Sentí la punta de su polla en mi ano. Grande. Demasiado grande. Pero quería todo.

Empujó.

Entró centímetro a centímetro. Grité. No pude evitarlo. Era una invasión. Era perfecto. Me llenó por completo. No se detuvo. No tuvo piedad.

—Joder —dije—. Joder, joder, joder.

Empezó a moverse. Lento al principio, luego más rápido. Cada embestida me empujaba contra la pared. El agua nos resbalaba, pero el calor de su cuerpo, de su polla dentro de mí, era más fuerte que todo.

—Más —gemí—. Más fuerte.

Y lo hizo. Me cogió por las caderas y me folló como si no hubiera un mañana. Su polla entraba y salía de mi culo con fuerza, con precisión. Sentía cada centímetro. Sentía cómo se hinchaba, cómo palpitaba.

—Voy a correrme —dije—. No pares. No pares.

—Corre —ordenó—. Corre con mi polla dentro.

Y lo hice. Mi cuerpo se tensó, mi coño se contrajo, y un orgasmo violento me sacudió. Grité su nombre, aunque no sabía cómo se llamaba. Solo grité.

Él no paró. Siguió follando mi culo con fuerza, hasta que sentí que se tensaba, que su respiración se aceleraba.

—Me corro —dijo.

Y se corrió. Dentro. Sentí el calor de su leche llenándome, calentándome por dentro. Me quedé quieta, con su polla aún dentro, con el agua cayendo sobre nosotros, con el eco de nuestros gemidos resonando en las paredes.

Se retiró despacio. Me ayudó a levantarme. No dijimos nada.

Se fue sin mirarme.

Yo me quedé bajo el agua, con su semen resbalando por mis muslos, con el cuerpo dolorido, con el alma temblando.

No lo volví a ver.

Pero cada vez que entro a una ducha, pienso en él. En su polla. En su voz. En cómo me usó.

Y me corro.

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