Lo que pasó en la cocina después del postre
6 minLo que pasó en la cocina después del postre
La cena había terminado hace rato: platos lavados, vino medio vacío en la botella, velas de soya ardiendo en la mesa del comedor, pero ya nadie pensaba en comer ni en conversar de nada serio. Fernanda se levantó con lentitud, estirando los brazos, el suéter de algodón le subió un poco y dejó al descubierto un par de pulgadas de piel morena en la cintura. Diego, sentado en el sillón, no se perdió el movimiento. Lo observó todo: cómo se balanceaba al caminar hacia la cocina, cómo se inclinaba para tomar la botella de tequila del gabinete, cómo el elástico de sus shorts se hundía suavemente en sus nalgas redondas.
—¿Te quedaste con ganas de algo dulce? —le preguntó, mientras vertía dos dedos de tequila en dos vasos pequeños.
—Sí —respondió Diego, sin quitarle los ojos de encima—. Pero no de los que vienen en bote.
Ella sonrió, se acercó y le entregó su vaso. Los dedos de él rozaron los suyos intencionalmente, y ambos sintieron ese chispazo, ese hilo invisible que ya llevaba meses tejiéndose entre ellos. Eran vecinos desde hacía un año, amigos desde seis, y desde hace tres semanas, algo más que amigos. Algo que no decían en voz alta, pero que se les notaba en los silencios cargados, en las miradas largas, en cómo se toocaban sin querer.
—¿Sabes qué me gusta de ti, Fernanda? —le dijo Diego, acercándose poco a poco hasta quedar de pie frente a ella, entre ella y la nevera—. Que no te disculpas por ser buena en la cama.
—¿Y tú crees que soy buena en la cama?
—Sí. Muy buena. Pero hoy no vamos a *acostarnos*. Hoy vamos a *comernos*.
Ella soltó una risita baja, un poco nerviosa, un poco deseosa. Se quitó el suéter sin vergüenza, dejando al descubierto el sujetador negro de encaje que apenas contaba con los pechos pequeños pero firmes que le había dado el parto años atrás. Diego no tardó en palparle la cintura, bajarle las manos por los costados, hasta agarrarle las nalgas con firmeza.
—Me encanta cómo se sienten tus tetas en la tela —susurró—. Pequeñas, pero bien puestas. Como dos duraznos maduros.
Fernanda lo besó entonces, con fuerza, con urgencia. Lengua adentro, dientes rozando, respiración entrecortada. Diego la empujó suavemente contra la encimera de mármol, y ella dejó caer los brazos a los lados, aceptando el control. Él le desabrochó el sujetador con un movimiento hábil, sin soltar el beso, y cuando los pechos saltaron libres, los cubrió con las palmas, frotando los pezones endurecidos con los pulgares.
—Mierda, qué rico —murmuró, inclinándose y chupándole uno con suavidad, luego mordisqueando el borde, lamiendo el otro con la punta de la lengua—. Siempre han sabido a mi favorita.
Fernanda gimió, arqueó la espalda, se frotó contra él buscando algo más. Diego lo supo, y se levantó con una sonrisa traviesa.
—Ahora toca lo que te gusta —dijo, y le quitó los shorts con un tirón suave, bajándoselos junto con la tiny que llevaba debajo. La dejó completamente desnuda frente a él, y se quedó viéndola un largo momento: sus muslos, su ombligo, su vientre plano, y entre las piernas, el labio menor húmedo, ya palpitando con el deseo.
—Estás más rica que nunca, Fernanda. Ya se te nota cuando te toco, se te pone mojada la concha.
—Chivo… —murmuró ella, sonrojada, pero sin apartar la mirada—. Ya me estás chingando solo con mirar.
Diego se arrodilló frente a ella sin dudar, las rodillas apoyadas en el suelo frío de la cocina, pero sin importarle. Separó con delicadeza los labios de su vulva con los dedos, revelando el clítoris, ya hinchado y brillante. Se inclinó y le lamió una vez, lenta, pausada, desde abajo hacia arriba, pegándole bien fuerte contra el clítoris. Fernanda soltó un gemido agudo, apretando las manos contra la encimera.
—No te detengas —le pidió—. Te lo ruego.
Él le sonrió por encima del hombro, con los ojos medio cerros, y volvió a lamer, pero esta vez más fuerte, con más presión, metiendo la lengua entre sus labios y rozándole el clítoris con el borde del diente. Fernanda soltó un grito, temblando, las piernas casi derritiéndose. Diego lo sabía: le encantaba que le hiciera daño suave, que le mordisqueara los muslos internos, que la apretara las nalgas mientras la lamer.
—Estás tan rica, Fernanda… —le dijo, y metió dos dedos dentro de su vagina, curvándolos hacia arriba, buscando su punto G—. Hueles a mi favorita. Me pones así de loco…
Ella se deshizo en sus manos, jadeando, los ojos cerrados, la boca entreabierta. Diego le mordió el muslo, justo arriba de la rodilla, y ella gritó su nombre. Entonces, sin pausa, metió los tres dedos, moviéndolos rápido, mientras con la boca chupaba su clítoris como si le fuera la vida en ello. Fernanda se vino con un gemido largo, agudo, que resonó en toda la cocina, su cuerpo temblando, sus nalgas apretándose contra el rostro de él.
—Mierda, Diego… me vine… ya me vine…
Él no paró. Siguió lamiendo, chupando, acelerando los dedos hasta que ella se derritió otra vez, esta vez más fuerte, con lágrimas en los ojos.
—Aún no —le dijo, levantándose de golpe, desabrochándose los jeans—. Ahora te voy a meter mi verga en la boca, y vas a chupármela hasta que me salga a pedirte que no pare.
Se sacó la ropa interior y la sacó su pene tieso, grueso, con la punta brillante de presemos. Fernanda lo miró, hipnotizada. No lo había tenido en la boca desde hacía meses. Se acercó despacio, abrió la boca, lo tomó suave con los labios, dejando que la punta le rozara el paladar. Diego gimió, le metió una mano en el pelo, pero sin forzar. Ella lo hizo bien: chupaba, lamer la cabeza, bajar hasta la base, subir de nuevo, con lentitud, con sabiduría.
—Estás chupándomela como si fueras hecha para eso —susurró él, jadeando—. Mierda…
Fernanda lo tomó más hondo, hasta que su mano le rozó la barbilla, y lo hizo otra vez, esta vez con más fuerza, con la lengua rozándole el corona, lamiéndole los testículos antes de volver a subir. Diego ya no podía más. Le apartó suavemente la cabeza.
—No aguanto más —dijo, poniéndole una mano en la cintura—. Quiero entrar en tu concha. Ahora.
Fernanda se giró, apoyó las manos en la encimera, separó las nalgas, y se echó hacia atrás la cola, mostrándole su entrada húmeda. Diego se lubricó con un dedo, la abrió con cuidado, y se metió dentro de ella con un solo empuje. Fernanda gritó, sintiendo su verga ancha, dura, llenándola por completo.
—Dime cuánto te gusta —le pidió él, agarrándole las caderas—. ¿Me la chingas bien?
—Sí, Diego… me la estás chingando… más fuerte… más hondo…
Él empezó a moverse, con golpes largos y fuertes, golpeándole el fondo, haciendo que su clítoris rozara contra el borde de la encimera. Fernanda se frotaba contra él, con los ojos cerrados, jadeando, sudando, con la boca entreabierta. Diego la agarró por los pechos, los apretó, y le dio un mordisco en el hombro.
—Voy a correrme dentro de ti… —murmuró—. Te voy a llenar la concha…
Y se vino con un grito gutural, empujando hasta el fondo, sintiendo cómo su vagina lo apretaba, convulsionando con él. Fernanda se vino otra vez al instante, con un gemido que sonó como una oración.
Se quedaron ahí, sin moverse, con él still dentro de ella, respirando pesado, las manos entrelazadas sobre la encimera fría.
—Nunca pensé que me fuera a venir en tu boca… y ahora en tu concha —dijo Diego, besándole el cuello—. Eres mi favorita, Fernanda.
—Y tú eres mi chingo favorito —respondió ella, riendo con la voz rota—. Ya me la chingaste de
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