Lo que pasó en la cocina de mi casa
9 minLo que pasó en la cocina de mi casa
La primera vez que sentí ese calor en la nuca fue hace tres meses, cuando lavaba los platos y ella se acercó con una botella de tequila y dos vasos. Me llamó la atención porque siempre usaba el nombre de pila, sin “señor”, sin “jefe”, sin esas tonterías de oficina. Solo “Carlos”. Como si ya nos hubiéramos conocido de antes, como si ya hubiéramos compartido una botella bajo la luz de un farol roto y una botella vacía en el suelo.
Su nombre era Mariana. Trabajaba en contabilidad, pero no la verías con calcetines de lana ni gafas de pasta. Llevaba los cabellos recogidos en un nudo torcido, pero con algunas mechas sueltas que le rozaban la nuca, y un par de pendientes de plata en forma de culebrita —sí, en forma de culebrita— que brillaban cuando movía la cabeza. Me gustaba cómo hablaba: con la voz baja, casi un susurro, pero con una seguridad que no era agresiva, sino que se colaba por las grietas de la oficina como el humo de un cigarro que no se apaga del todo.
Esa noche, después de que todos se fueron, me encontré con ella en la cocina. La luz del refrigerador encendida, la de la licuadora apagada, y el sonido del grifo goteando. Ella estaba de espaldas a mí, apoyada contra la encimera, con una pierna doblada y el talón apoyado contra el mueble. Tenía una falda negra que le llegaba justo arriba de la rodilla, y al moverse ligeramente, vi que no llevaba medias. Solo piel, y una costura fina en la parte trasera del calcetín que le rozaba el tendón del tobillo.
—¿Te importa si me tomo el resto del tequila? —preguntó, mirándome por el rabillo del ojo.
—No, claro que no —respondí, pero ya no sabía si era una pregunta o una orden. Ella me pasó el vaso sin darme la botella. Me miró beber, y cuando bajé el vaso, sus ojos estaban fijos en mi garganta.
—Tienes buen gusto en el tequila —dijo—. Este es de la misma región donde creció mi abuela.
—¿Ah sí? —respondí, intentando que mi voz sonara firme. No lo logré del todo.
—De San José del Vallecito. Sabes, donde los ancianos aún usan el molino de piedra. Donde el maíz se muele con agua de lluvia y el agave se hornea en hoyos.
—Suena a historia de abuela para dormir.
Ella rió, suave, sin ruido, como si lo hubiera guardado en la boca un momento antes de soltarlo. Se llevó el vaso a los labios, bebió, y luego, sin quitar la mirada de la mía, pasó la lengua por el borde del vaso, limpiando una gota que había caído en su labio inferior.
Yo no parpadeé. No quería perderme nada.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de este lugar? —preguntó, y esta vez no esperó respuesta—. Que cuando se cae una lágrima, el sal se evapora antes de que llegue a la barbilla. Porque aquí hace calor. Y no es solo el clima. Es la tensión. El silencio entre dos personas que ya se han dicho demasiado con la mirada.
No supe qué responder. Solo la miré, y por primera vez en meses, sentí que mi corazón no latía como un reloj de pared, sino como un tambor de fiesta, lento, pesado, pero insistente.
Me acerqué. No corrimos. No hubo carrera, ni presión. Solo un paso, luego otro, y la distancia se redujo hasta que pude sentir su aliento en la frente.
—¿Tienes miedo? —me preguntó, pero no parecía una pregunta, sino una afirmación. Como si ya supiera la respuesta, como si ya me hubiera leído el pensamiento.
—No —respondí, y esta vez mi voz sí sonó firme.
Ella sonrió, y esta vez sí se le curvó la esquina de la boca, como si fuera una sonrisa que llevaba guardada desde hacía mucho, y ahora solo se permitía sacarla a la luz.
—Entonces, ¿por qué no me besas?
No lo hice de inmediato. Me incliné, pero no lo hice para besarla. En su lugar, apoyé la frente contra su frente. Sentí su calor, su respiración entrecortada, el leve temblor en sus hombros. Su mano derecha se movió lentamente hacia mi nuca, y sus dedos se hundieron en mi cabello, no con fuerza, pero con una seguridad que me heló la sangre.
—Tú primero —susurró.
Y entonces, cuando creí que ya sabía cómo era besarla, cuando creí que ya conocía el sabor de su piel, ella me tomó la mano y la llevó hasta su cintura. No era la cintura de una mujer que se escondía bajo ropa interior de encaje. Era la cintura de una mujer que se mueve, que camina, que trabajo, que duerme poco y sueña mucho.
—Tócala —dijo.
Y yo lo hice.
Mis dedos se deslizaron por debajo de su camisa, rozando la curva de su espalda, encontrando la parte de arriba de su falda, y luego, con lentitud, subí hasta su pecho. Su corazón latía rápido. No como el mío, sino como un pájaro atrapado en una jaula de cristal. Temblando, pero vivo.
—No te apresures —dije.
Ella rió, otra vez esa risa suave, esa risa que no era risa, sino una confesión disfrazada.
—¿Tú crees que me puedo apresurar contigo?
Y entonces, sin más, me empujó suavemente contra la encimera, y bajó las manos hasta mi cintura. Me desabrochó el cinturón con un movimiento rápido, sin mirarme, como si ya lo hubiera hecho antes, como si ya supiera dónde estaba cada hebilla, cada grieta.
—¿Estás seguro? —preguntó, esta vez mirándome de frente, con los ojos entreabiertos.
—¿Tú crees que estoy seguro de algo cuando tú estás aquí? —respondí.
Y entonces, ella se arrodilló.
No fue un arrodillarse teatral, con elegancia y baile de falda. Fue un arrodillarse natural, como quien se sienta en la banca del parque, como quien se agacha a recoger algo que se cayó. Pero cuando lo hizo, me di cuenta de que no iba a recoger nada. Iba a dar.
Bajó mis pantalones con lentitud, sin prisa, sin pausa. Sus ojos no se apartaron de los míos. No hubo vergüenza, ni timidez, ni sonrisa forzada. Solo una mirada directa, clara, sin tapujos.
Cuando estuvo a la altura de mi verga, no me tocó de inmediato. Solo me miró. Me dejó ver cómo respiraba, cómo se humedecía los labios, cómo cerraba los ojos un segundo antes de abrirlos otra vez.
—¿Te gusta esto? —preguntó, y por primera vez su voz sonó un poco quebrada.
—Sí —respondí.
—¿Seguro?
—Más que seguro.
Y entonces, por fin, me tocó.
Fue un toque ligero, con la punta de los dedos, rozando el glande, pasando el pulgar por el orificio, sintiendo la humedad que ya estaba empezando a salir. No fue brusco, no fue rápido. Fue una exploración. Como si estuviera descubriendo un mapa nuevo, como si cada curva, cada pliegue, cada textura fuera una ciudad que nunca había visitado.
Luego, bajó la boca.
No fue una entrada forzada. Fue una entrada lenta, como quien abre una puerta que sabe que no se va a cerrar nunca más. Sentí su boca caliente, su lengua húmeda, el leve roce de sus dientes —no mordió, pero supe que lo estaba pensando—, y el sonido que hizo, ese sonido que solo se hace cuando algo te toca y tú no sabes si gritar o gemir.
Y entonces, su lengua.
Se deslizó por abajo, hacia arriba, desde la base hacia la punta, pasando por el glande, rozando el prepucio, y luego bajando de nuevo, esta vez con la lengua plana, como si estuviera lamiendo un caramelo que no quería que se derritiera.
Yo no pude contener el gemido.
—Mierda… —susurré.
Ella no se detuvo. Solo me miró otra vez, con los ojos semicerrados, y volvió a bajar la boca.
Esta vez, me tomó todo. No a la mitad, no a medias. Todo. Hasta la raíz, con una suavidad que me cortó el aliento. Me tocó con la boca cerrada, con los labios apretados contra mi piel, y luego, lentamente, empezó a moverse. Subía y bajaba, con un ritmo que no era forzado, sino que parecía venir de dentro, como si su cuerpo ya lo hubiera ensayado muchas veces.
Sentí sus manos en mis muslos, apretándome, guíandome, y luego, con una de sus manos, me acarició las nalgas, con una fuerza que no era agresiva, sino que era una promesa: *no te preocupes, yo me encargo*.
No sabía cuánto tiempo pasó. Tal vez cinco minutos. Tal vez diez. No era tiempo real. Era tiempo de boca, de lengua, de respiración entrecortada, de sudor en la nuca, de manos que no sabían dónde ponerse.
Y luego, cuando ya no pude más, cuando sentí que mis rodillas iban a ceder, ella se detuvo.
Me miró de frente. Me miró con los labios entreabiertos, con las mejillas sonrojadas, con los ojos brillantes. Y me preguntó, con una voz que apenas salía de su garganta:
—¿Quieres que te lama hasta que te corras?
No hubo duda. No hubo vacilación.
—Sí —dije.
Y entonces, con la lengua, me lamió.
No fue un lamer rápido, ni una succión desesperada. Fue un lamer lento, deliberado, como si estuviera dibujando con la punta de la lengua. Primero, el glande, con movimientos circulares, y luego, con el paladar, subiendo y bajando, con presión variable, con un ritmo que iba cambiando cada diez segundos, como si estuviera escuchando mi respiración para ajustar.
Sentí que se le humedecía la boca, y cuando lo noté, me di cuenta de que yo ya no estaba pensando. Solo sentía. Solo me dejaba llevar.
Y entonces, cuando sentí que estaba a punto de estallar, ella me miró una última vez, y me preguntó:
—¿Quieres que te lo lama todo?
Y yo, sin pensarlo, respondí:
—Sí. Cógeme la lengua, chingada.
Y lo hizo.
No fue rápido. Fue profundo. Me lamió todo. Desde la base, hasta la punta, pasando por cada pliegue, cada nervio, cada punto que aún no sabía que existía. Y cuando por fin se detuvo, se secó los labios con el dorso de la mano, me miró, y me sonrió.
No era una sonrisa de satisfacción. Era una sonrisa de confesión.
—¿Ahora sí estás seguro? —preguntó.
Y yo, con la voz rota, le respondí:
—Sí. Ahora sí.
Y entonces, sin esperar más, me tomó de la mano y me llevó hasta la cama.
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