Lo que pasó en la cocina de Claudia
6 minLo que pasó en la cocina de Claudia
La lluvia golpeaba el techo de la casa como si alguien estuviera tirando piedras pequeñas contra el metal. Claudia se había quedado sin luz, y el candil que había encendido en la mesa de la cocina proyectaba sombras largas y temblorosas sobre las paredes. Estaba sola, con un vaso de aguardiente en la mano y la camiseta pegada al cuerpo por el sudor del calor que no se iba ni con el aire de la ventana abierta. No esperaba a nadie. Pero entonces sonó el timbre.
—¿Quién carajo es a esta hora? —murmuró, pero ya sabía quién era.
Abrió la puerta sin preguntar. Diana estaba allí, con el cabello mojado, el vestido claro pegado a la piel, los pechos marcados bajo la tela. No traía paraguas. Solo miraba, con esos ojos que no decían nada, pero lo decían todo.
—Se me fue la luz también —dijo Diana, sin sonreír, como si fuera lo más normal del mundo.
—Pasa, entonces —respondió Claudia, y se hizo a un lado.
Diana entró con pasos lentos, como si temiera que el piso se rompiera bajo sus pies. Se detuvo en la cocina, miró el candil, el vaso de aguardiente, el cenicero lleno de colillas. No dijo nada. Solo se acercó al fregadero, se mojó las manos y se las pasó por la cara. El agua resbaló por su cuello, por el hueco entre sus pechos, y Claudia no pudo evitar mirar.
—Tienes frío —dijo Claudia, y sin pensar, le puso la mano en el brazo.
Diana se detuvo. No se movió. Solo respiró más profundo. La piel de su brazo estaba fría, pero bajo la camiseta, Claudia sentía el calor que le salía al cuerpo.
—No —respondió Diana, y por primera vez, miró a Claudia a los ojos—. Tengo calor.
Claudia no dijo nada. Soltó el brazo, pero no se alejó. Se quedó ahí, cerca, con el vaso en la mano, el aguardiente aún caliente en la garganta. Diana se giró, lentamente, y se apoyó en la encimera. Su cuerpo estaba alineado con el de Claudia, casi tocándose. El aire entre ellas pesaba como una manta.
—¿Te quedas? —preguntó Claudia, sin mirarla.
—¿Tienes más aguardiente?
—Sí.
—Entonces sí.
Claudia fue al armario, sacó otra botella, dos vasos más. Regresó. Diana no se había movido. Solo la miraba, con los ojos un poco más abiertos, como si estuviera contando cada respiración.
Les sirvió. No brindaron. Solo bebieron. El licor les quemó la garganta, pero no lo tragaron de golpe. Lo dejaron correr, lento, como si fuera a convertirse en algo más.
Diana se acercó un poco más. Tanto que el pecho le rozó el hombro de Claudia. No lo retiró. No lo hizo. Solo dejó que fuera.
—Tu camiseta está mojada —dijo Claudia, con la voz más baja de lo que quería.
—Sí.
—¿Quieres cambiarte?
Diana meneó la cabeza, despacio. No dijo que no. Solo se levantó un poco la camiseta, por detrás, y dejó ver la espalda, la curva de la cintura, la piel que brillaba con el sudor y el agua. Claudia tragó saliva.
—Vas a resfriarte —dijo, pero no se movió.
—Me da igual —respondió Diana, y se bajó la camiseta, pero no del todo. Se la dejó levantada, solo un poco, como un secreto.
Claudia se acercó. Tan cerca que su pecho tocó el de Diana. No se besaron. No se abrazaron. Solo respiraron juntas, como si sus pulmones fueran uno solo.
—Tienes el culo mojado —susurró Claudia, y su mano, sin que nadie lo pidiera, se deslizó por la cadera, por la curva de la nalga, hasta el borde del pantalón.
Diana no se movió. Solo cerró los ojos.
—Mamá —dijo, con voz quebrada—. Mámame.
Claudia no entendió. No al principio. Pero entonces, cuando Diana levantó la camiseta hasta los pechos, y se inclinó un poco, y le ofreció uno, con la tetilla ya dura, y la mirada llena de lágrimas y deseo, Claudia entendió.
Se arrodilló.
No fue rápido. No fue brusco. Fue como quien toma un café en la mañana, despacio, saboreando cada gota. Puso los labios sobre la piel, suave, como si temiera que se rompiera. Luego, con la lengua, la rozó. Una vez. Dos. Tres. Hasta que Diana gimió, bajo, como un suspiro que no quería salir.
Claudia se lo metió en la boca. No como quien come, sino como quien reza. Mamiaba, lento, con la lengua haciendo círculos, con los dedos apretando la cadera, con la respiración caliente sobre la piel. Diana se agarró del borde de la encimera, los dedos blancos de fuerza, los ojos cerrados, los dientes apretados.
—Más… —sollozó—. Más, Claudia…
Y Claudia le dio más. Con la boca, con la lengua, con los labios que chupaban como si fuera la última vez. Diana se movía, poco, como si no pudiera controlar su cuerpo. Una, dos, tres veces, se empujó hacia adelante, y Claudia la dejó. La dejó hacer. La dejó pedir.
Cuando Diana se desmoronó, fue sin gritar. Solo un jadeo largo, como si el aire se le hubiera escapado por todos los poros. Se deslizó por la encimera, y Claudia la sujetó, la levantó, la puso contra la pared.
Diana no abrió los ojos. Solo respiraba, con la camiseta subida, los pechos al aire, las piernas temblando.
Claudia se levantó. Se quitó la camiseta. Se desabrochó el pantalón. Se lo bajó hasta los tobillos.
—Ahora te toca —dijo.
Diana abrió los ojos. Los miró. Y entonces, con las manos temblorosas, se acercó. No con prisa. No con hambre. Con curiosidad. Con respeto.
Puso la boca en el centro, en la hendidura, en la humedad que ya se había abierto. Y empezó a mamar. No como quien busca placer. Como quien descubre un mapa que nunca antes había visto.
Claudia se apoyó en la pared, los ojos cerrados, la cabeza hacia atrás, la boca entreabierta. No gritó. No se movió. Solo dejó que Diana la hiciera desaparecer.
La lluvia seguía cayendo. El candil parpadeaba. Y en la cocina, entre el olor a aguardiente y el sudor, dos cuerpos se encontraron sin decir nada, como si el lenguaje ya no sirviera.
Cuando terminó, Claudia la abrazó. No por cortesía. No por obligación. Porque ya no podía vivir sin sentir su piel contra la suya.
Diana se quedó a dormir.
No se acostaron en la cama. Se acostaron en el piso de la cocina, con una manta encima, las piernas entrelazadas, las manos jugando con los dedos, como si fueran niños que no querían irse a la cama.
Y cuando Claudia se durmió, Diana le besó la frente.
—Gracias —susurró.
Claudia no respondió. Solo apretó su mano.
La lluvia se calló al amanecer.
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