Lo que pasó en la casa de Verónica
11 minLo que pasó en la casa de Verónica
Llovía desde las siete de la noche, una lluvia fina y persistente que se metía por los poros como un suspiro frío. Yo estaba sentada en el sofá de mi apartamento, con una taza de café ya frío y el televisor encendido al volumen bajo, solo para que no se escuchara el silencio que me había invadido desde que me dejó David. No fue una ruptura fuerte, no hubo gritos ni lágrimas, solo una despedida suave, casi indiferente, como si nos hubiéramos olvidado mutuamente sin querer. Pero el vacío seguía ahí, hueco, oscuro, como una habitación sin ventanas.
Verónica había estado insinuando algo desde hacía meses, desde que se mudó al apartamento de al lado, ese con la terraza grande y las plantas colgantes que parecían vivas aunque nadie las regara. Ella era distinta: morena, alta, con los muslos gruesos y una sonrisa que me hacía sentir que sabía algo que yo aún no descubría. No era de las que te miraban como si fueras un objeto; era como si te escudriñara el alma, como si supiera que yo guardaba algo dentro, algo que no salía aunque lo intentara. A veces nos veíamos en el pasillo, con las bolsas de mercado en las manos, y ella me decía algo como: «Oye, Paula, ¿te pasaste el día en pijama otra vez?», y yo reía, pero dentro me temblaba algo, un cosquilleo en la espina dorsal que no sabía nombrar.
Esa noche, cuando la lluvia ya no parecía detenerse, tocaron mi puerta. No una llamada, no un mensaje. Una tos seca, breve, como si fuera algo que no quería decir abiertamente. Abrí y ahí estaba ella, con el cabello empapado, la camiseta blanca pegada a la piel, los pechos redondos y firmes que se veían más cargados por la humedad. En la mano izquierda, una botella de aguardiente Antioqueño, la de those que saben a anís y a fuego lento. En la derecha, dos vasos pequeños.
—¿Te importa si me refugio un rato? —me dijo, y su voz sonaba como si hubiera estado hablando conmigo desde siempre.
No respondí con palabras. Le hice espacio con el cuerpo, y entró como si ya conociera la casa.
Nos sentamos en el sofá, los dos con las piernas juntas, los hombros casi rozándose. Ella se quitó la camiseta mojada y se envolvió en una toalla que yo le pasé. Yo no le dije nada, solo la miré mientras se secaba el pelo con lentitud, con una paciencia que me hizo pensar en cómo se sentía el agua corriendo por la piel de alguien que se deja tocar.
—¿Te parece si abrimos esto? —preguntó, agitando la botella.
Asentí.
El aguardiente quemó mi garganta, pero no como el alcohol malo; fue como si me despertara de un sueño profundo. Verónica bebió despacio, con la mirada fija en mí, como si estuviera midiendo algo invisible entre nosotras. Luego, con la punta del dedo, me limpió una gota de líquido que se había escapado de mi labio.
—Tienes cara de quien necesita que le toquen el alma —dijo, y me di cuenta de que me había estado temblando desde que entró.
No le negué nada. No tenía energía para mentir.
—¿Y si te digo que sí?
Ella sonrió, esa sonrisa que yo ya conocía, pero que ahora se me antojó peligrosa. Me tomó de la muñeca, con suavidad, pero con firmeza, y me arrastró hacia ella. Nos miramos los ojos, y en ese instante supe que no habría vuelta atrás. No había planes, no había estrategia. Solo dos mujeres, una lluvia que no cesaba, y un deseo que por fin tenía nombre.
Me incliné primero. No fue un beso de prueba ni una exploración tímida. Fue una mordida de hambre, una entrega total. Su boca estaba caliente, dulce, con sabor a aguardiente y a algo más antiguo, como si hubiera estado esperándome desde antes de que naciera. Le pasé la lengua por el labio inferior, y ella abrió la boca con un suspiro, dejándome entrar. Yo no me contenía. Metí la lengua con fuerza, buscando su paladar, rozando su diente canino, sintiendo cómo su pecho se hinchaba contra el mío.
Me soltó la muñeca y me agarró por la nuca, tirando suavemente de mi cabello para inclinarme más. Yo me pegué a ella, sintiendo cada curva de su cuerpo: las caderas anchas, los muslos firmes, los pechos que se hundían en los míos. No había ropa entre nosotras ya. Me había quitado el sostén sin que me diera cuenta, y ahora sus pezones, duros como piedras, rozaban los míos con cada movimiento.
—Dime qué quieres —me susurró al oído, con la voz ronca, como si la lluvia le hubiera robado el aliento.
—Te quiero a ti —le dije, y fue la verdad más cruda que había dicho en años—. Te quiero toda.
Ella se apartó un poco, me miró a los ojos, y entonces me tomó de la cintura y me volteó de lado, para que quedara acostada sobre el sofá, con ella encima. No me pidió permiso. No necesitaba hacerlo. El deseo nos hablaba en un idioma que ya conocíamos. Me abrió las piernas con la rodilla y se acomodó entre ellas, con su cuerpo entero sobre mí, los pechos colgando hacia adelante, los pezones oscuros y hinchados, listos para algo más.
Me besó de nuevo, pero esta vez con la boca abierta, con ganas, como si nos hubiéramos estado mordiendo toda la vida. Yo le pasé las manos por la espalda, sintiendo la humedad de su piel, la textura de su espalda baja, y luego deslicé los dedos hacia abajo, hacia su cintura, hacia su culo, ese culo grande y firme que ya había imaginado con mis ojos cerrados.
—Ahí no —me dijo, agarrándome la mano—. Primero esto.
Me guió la mano hacia arriba, hacia su pecho. Me puso la palma sobre uno de sus pechos, y yo lo apreté con cuidado, sintiendo cómo se hinchaba más bajo mi toque. Verónica se estremeció, soltó un gemido bajo, casi un gruñido, y me besó el cuello, mordiendo mi piel con suavidad.
—Te he querido desde que viste ese vestido azul en la feria —me confesó, mientras me mordía el hombro—. Pero no me atrevía.
Yo no le dije nada. Solo le subí la mano por el cuello y le atraje la cabeza hacia mí, para volver a besarla. Me encantaba cómo se dejaba besar, cómo no se escondía, cómo me daba todo sin pedir nada a cambio.
Ella se apartó un poco y se puso de rodillas entre mis piernas. Me desabrochó el pantalón con lentitud, como si estuviera abriendo un regalo. Me bajó la ropa interior, con la boca entreabierta, con los ojos fijos en mí. Y entonces me tocó.
No fue un toque de prueba. Fue una mano entera, con los dedos anchos y fuertes, que se metieron dentro de mí de una sola vez, hasta el fondo. Yo grité, sin querer, como si me hubiera clavado un dedo en el alma. Me sentí llena, rota, reparada. Me estremecí tanto que se me escaparon las lágrimas.
—¿Estás bien? —me preguntó, con la voz temblorosa.
—Sí —le dije, y le agarré la mano para que siguiera—. Sí, Verónica, sigue.
Y siguió. Metió los dos dedos, los movió con lentitud, girando, apretando, buscando algo que yo aún no sabía que existía. Me besó el cuello, me mordió la oreja, me susurraba cosas que no entendía, pero que sentía en la piel. Me tocaba el clítoris con el pulgar, con una presión que me hacía arquear la espalda, que me hacía soltar más lágrimas, que me hacía sentir que estaba naciendo de nuevo.
—Quiero verte venir —me dijo.
Se paró, me quitó el pantalón y la ropa interior por completo, y se sentó sobre mis muslos, con las piernas abiertas frente a mí. Me miró, y yo le pasé la mano por el estómago, bajando hacia su vagina, hacia esa piel suave, oscura, húmeda ya de deseo. Estaba brillante, tersa, con los labios hinchados, abiertos, como si me estuviera esperando desde antes.
Me incliné hacia adelante, y le abrí la vulva con los dedos, para verla mejor. Me asomé, y respiré su olor: a sal, a agua, a mi. Me pasé la lengua por el borde del clítoris, y ella soltó un grito, fuerte, como si le hubiera arrancado un pedazo del cuerpo. Me puse de pie sobre el sofá, con las rodillas en el cojín, y le metí la lengua dentro. No fue un beso suave. Fue una succión profunda, un mamar de hambre, como si me estuviera bebiendo.
—¡Ah, Dios! —gritó, agarrándome el cabello—. ¡No pares, Paula! ¡Mámela toda!
Y yo lo hice. Le lamí todo: el clítoris, los labios, la entrada, la parte de atrás. Le metí la lengua adentro, como si estuviera follando con ella, con lentitud, con fuerza, con ganas. Me sentí en casa. Me sentí la mujer que yo quería ser.
Ella se giró, se puso de pie, y me dio la espalda. Me pidió que la tocara, que la mordiera, que la hiciera sentir viva. Le pasé las manos por los muslos, por las nalgas, y luego le metí los dedos en el culo, con cuidado, con lentitud. Ella jadeó, se estremeció, y soltó una risa ahogada.
—Eres una perversa —me dijo—. Una perversa rica.
Le puse la mano sobre el pecho, le dije que se inclinara, y entonces le metí dos dedos en la vulva, al mismo tiempo que le metía uno en el culo. Ella se tensó, me apretó el brazo, y luego empezó a moverse, a mecerse contra mí, como si quisiera que la folle de una vez.
—Te quiero dentro —me dijo, sin voltear—. Quiero sentir tu pito en mi culo.
No le dije que no. No le dije que no sabía hacerlo. Le dije: «Sí». Y ella me dio un pañuelo, me lo puso en la mano, y me dijo: «Hazlo lento».
Le lubrifiqué el dedo con saliva, y le metí el pulgar en el ano, con suavidad. Ella jadeó, se tensó, pero no se movió. Le dije que respirara, y ella lo hizo. Profundo. Luego le metí el índice, y luego el corazón. Le dije que se agachara un poco, y entonces le pasé la mano por la espalda y le empujé la cadera hacia atrás, hacia mí.
—Ahora tu pito —me dijo.
Me desabroché los pantalones, me bajé la ropa, y saqué mi polla. No era grande, pero estaba dura, negra, con las venas hinchadas. Le pasé la punta por su entrada, y ella se contrajo, pero no se movió. La empujé con suavidad, con lentitud, hasta que sentí su cuerpo abrirse, hasta que sentí su culo rodeándome, apretándome, suavemente, como si me estuviera besando.
Me metí todo, de una vez. Me hundí en ella, hasta la raíz. Me sentí llena, como si me hubiera metido en una cueva sagrada. Ella soltó un grito ahogado, como si le hubiera arrancado un pedazo del cuerpo, y yo empecé a moverme. Con lentitud, con fuerza, con ganas. La follaba con todo lo que tenía. Le mordía el hombro, le pasaba la mano por el pecho, le decía cosas sucias en voz baja.
—Eres mía, Verónica —le decía—. Toda mía.
Ella se giró un poco, me besó la boca, y entonces me pidió que le metiera la polla más adentro, que la follará como si no hubiera mañana. Y yo lo hice. La follaré hasta que se sintiera rota, hasta que se sintiera viva.
Y entonces, sin aviso, ella se vino. Se vino con un grito que me sacudió el alma, con las piernas temblando, con el cuerpo arqueado, con la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados. Yo sentí cómo su cuerpo se cerraba alrededor de mí, cómo su culo me apretaba como un puño, y entonces yo también me vine. Me vine dentro de su culo, con fuerza, con todo lo que tenía. Sentí el calor de su cuerpo, el olor de su piel, el sonido de su respiración rota.
Me quedé dentro de ella un rato, sin moverme, con la cabeza en su espalda. Ella me tomó la mano y me la llevó al pecho, donde su corazón latía como un tambor.
—¿Te quedaste? —me preguntó, con la voz quebrada.
—Sí —le dije.
—¿Te quedaste por un rato?
—Por mucho rato.
Llovía aún. Pero ahora no me importaba. La lluvia era solo un ruido de fondo. Ella era lo único real. Me giré, la besé, y le dije:
—Mañana vuelvo.
Y ella me sonrió, con la boca hinchada, con los ojos llenos de agua, y me dijo:
—Te estaré esperando. Con la cama caliente y el aguardiente frío.
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Hay un deseo que arde mejor cuando se contiene. Escribo desde la melancolía y la noche, esas ganas que no se dicen pero se sienten.