Lo que pasó en la casa de verano
6 minLo que pasó en la casa de verano
El sol ya se había hundido tras los pinos, dejando una penumbra dorada que se deslizaba por las paredes de madera de la casa de verano. Lucía apoyaba la espalda contra el marco de la ventana del dormitorio principal, con las manos cruzadas detrás de la cabeza, los codos ligeramente separados, mostrando el ligero arco de sus pechos bajo la blusa blanca semi trasparente que apenas contenía la curva de sus senos. A sus 38 años, aún tenía la cintura firme, los muslos firmes y una mirada que había aprendido a usar como arma y como seda.
En la cama, bajo la sábana desordenada, estaba Daniel. Su esposo. Dormía profundamente, el sueño pesado del que ha trabajado toda la semana sin descanso. Su pecho subía y bajaba con lentitud, la barba de tres días marcando sombras en las mejillas. Lucía lo miró con una mezcla de ternura y desapego, como quien observa una casa vacía desde la terraza.
Hacía una hora que había enviado un mensaje a Rafael: *“Está dormido. Puedes venir.”*
Rafael no tardó más de veinte minutos. No tocó la puerta. La abrió con la llave que ella le había dejado escondida bajo el macetero del porche trasero —una costumbre antigua, una confesión silenciosa.
—Te esperaba —dijo Lucía sin volverse, cuando sintió sus pasos en el suelo de madera.
Él se detuvo a tres pasos de ella. Usaba jeans ajustados, una camiseta negra y el reloj que ella le había regalado el año anterior, cuando aún todo entre ellos parecía posible. Rafael tenía 36 años, pero parecía más joven: piel morena ligeramente bronceada, espalda ancha, piernas fuertes. Y su pene —Lucía lo sabía bien— era grueso, largo, con una curvatura suave hacia arriba, como una media luna prometedora.
—¿Y si se despierta? —preguntó él, acercándose.
—No se despertará. Tomó dos pastillas y medio vaso de whisky.
Rafael soltó una risa baja, ahogada, con los ojos fijos en su cuello. Se detuvo tras ella, inhaló su perfume —jazmín y almizcle— y le pasó una mano por el brazo, lentamente, hasta el codo, donde la piel estaba más suave.
—¿Te gusta que te toque así? —susurró, mientras sus dedos descansaban sobre su muñeca, presionando apenas.
—Sí —respondió ella, sin titubear—. Me gusta que me toques como si fueras a romperme.
Él le dio la vuelta con suavidad, pero con firmeza, y la levantó en un movimiento brusco, depositándola sobre la mesa de noche, junto al vaso medio lleno de agua y las llaves de la casa. El cristal resbaló, pero no se rompió.
Lucía no se inmutó. Solo abrió más las piernas, como ofreciéndose, como convocando.
Rafael se arrodilló entre ellas, y con una sola mano, le subió la falda hasta la cintura. No llevaba bragas. La tela de su blusa estaba abierta desde el cuello hasta el ombligo, sin sujetador debajo. Sus pechos, redondos, firmes, con pezones oscuros y hinchados por el calor del día y la expectativa, se mostraron al aire, iluminados por la luz tenue del atardecer.
—¿Te gusta que te vea así? —preguntó él, inclinándose y rozando con la boca uno de sus pechos—. Que te vea como te quiero… sin vergüenza, sin miedo.
Lucía arqueó la espalda, empujando su pecho hacia su boca.
—Sí. Sí me gusta. Léchame.
Rafael no se lo repitió dos veces. Apretó sus manos sobre sus muslos y sumergió su lengua en uno de sus pezones, chupando con fuerza, mordisqueando apenas, hasta que ella soltó un gemido bajo, ronco, de those que no se contienen.
—¿Sientes eso? —susurró él, mientras su otra mano bajaba por su vientre, desabrochando la hebilla de su cinturón—. Me lo imaginaba cada noche, mientras dormía a tu lado.
Lucía se mordió el labio.
—Sigue.
Él se levantó, desabrochó su pantalón y lo bajó con lentitud, liberando su pene ya erguido, grueso, con la cabeza húmeda y brillante. Se acercó a ella, lo sostuvo con la mano y rozó la punta contra su entrepierna, contra su clítoris hinchado, contra sus labios vaginales ya humedecidos.
—Estás mojada —dijo, con la voz alterada.
—Estoy quemando.
Rafael se colocó frente a ella, agarró sus caderas con fuerza y empujó su pene hacia su vagina con un movimiento brusco. Lucía gritó, una exclamación corta, aguda, como una descarga eléctrica. Su cuerpo se arqueó, sus uñas se clavaron en sus hombros.
—Maldita sea… —susurró ella—. Más.
Él no necesitaba más. Empezó a moverse, sacudiéndola con cada embestida, entrando y saliendo con un ritmo que no era de ternura, sino de urgencia, de venganza silenciosa contra la vida que vivían juntos.
—Dime cómo me sientes —exigió él, con la frente sudorosa, los ojos cerrados.
—Tu pene… —gimió Lucía—. Tu pene me está reventando la puta. Me lo está llenando todo.
—¿Te gusta?
—¡Sí! ¡Sí me gusta! ¡Más fuerte!
Rafael le dio una palmada en el muslo, con fuerza, dejando una marca roja. Ella gimió, más fuerte.
Él la volteó, poniéndola de rodillas sobre la mesa, con las manos aferradas al borde. Se inclinó tras ella, le abrió la vulva con los dedos y se metió dentro con dos dedos mientras su pene seguía empujando desde atrás.
—Mira —dijo él—. Mira cómo te muevo.
Lucía miró su reflejo en el espejo del armario. Se veía roja, sudorosa, con el pelo despeinado, los pechos colgando ligeramente, la vulva abierta por su pene, que entraba y salía con un sonido húmedo, carnal, que resonaba en la habitación.
—Eres una perra —dijo él, mientras le atravesaba la entrada con una fuerza que la hizo sollozar.
—Sí —respondió ella—. Soy tu perra. Tu puta. Tuya.
Rafael aceleró. Las embestidas se hicieron más cortas, más profundas, hasta que su vientre chocaba contra el suyo, sus nudillos blancos aferrados a sus caderas.
—Voy a correrte —advirtió él.
—¡Hazlo! ¡Quiero sentir tu mierda en mi vientre!
Él se detuvo un segundo. La mano que sostenía su pene se apretó contra el glande. Y luego, con un gruñido, empalmó dentro de ella y explotó.
Lucía sintió el calor, primero una ráfaga, luego una inundación. Su cuerpo tembló, sus piernas se despegaron de la mesa, y ella gritó otra vez, esta vez con los ojos cerrados, la boca entreabierta, sintiendo cómo sus propios músculos se contraían alrededor de su pene, sufriendo un orgasmo que no era de placer, sino de poder.
Rafael se derrumbó sobre ella, el aliento agitado, el pene aún dentro, pulsando.
—Te amo —dijo él, sin saber si lo decía por costumbre o por verdad.
Lucía no respondió. Solo levantó una mano y le acarició la nuca, con lentitud, como si estuviera acariciando a su esposo.
Pero no lo era.
—Date prisa —dijo ella, apartándose—. Antes de que se despierte.
Él se retiró con cuidado, su pene blando ya saliendo de su vagina con un sonido suave, húmedo. Se vistió en silencio, con movimientos rápidos.
Lucía bajó de la mesa, caminó hasta el baño, se miró al espejo. Su vulva estaba hinchada, los pezones rojos, el cuello con la marca de sus dientes.
Se lavó las manos. Se ajustó la blusa. Se puso una máscara de normalidad.
Cuando Rafael ya estaba en la puerta, se volvió.
—¿Mañana? —preguntó él.
—Sí —respondió Lucía—. Mañana.
Y cerró la puerta tras él.
Volvió al dormitorio. Daniel se movió en la cama, murmuró algo incomprensible.
Lucía se acostó a su lado, con las piernas abiertas, sintiendo aún el rastro de su semen dentro de ella.
Y sonrió.
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