Lo que pasó en la casa de mi tío

Lo que pasó en la casa de mi tío

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 4.5 (38) · 260 lecturas · 6 min de lectura

La lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas del viejo coche cuando aparqué frente a la casa de mi tío Carlos. No era la primera vez que iba, pero sí la primera que me sentía así: con las manos temblorosas y el corazón acelerado no por la tensión del viaje, sino por algo que se había gestado en silencio durante años.

Mi tío me abrió la puerta con esa sonrisa tranquila que siempre le conocí, la misma que usaba cuando me enseñaba a pescar en el río, cuando me dejaba probar su cigarro de tabaco negro o cuando me decía, en voz baja: «Algunos deseos no tienen nombre, pero sí peso». Tenía sesenta y pocos años, pero parecía más joven: la piel tersa, los ojos brillantes, la postura erguida de quien no ha tenido que pedir perdón por nada.

—Llegaste justo a tiempo —dijo, apartándose para dejarme pasar.

La casa olía a madera envejecida, a incienso y a algo más: una nota cálida, casi dulce, que no logré identificar hasta más tarde. El salón estaba iluminado solo por una lámpara de pie de latón, con pantalla de papel de arroz que proyectaba sombras suaves sobre las paredes. Afuera, el trueno retumbó como un latido profundo.

—¿Quieres algo? —preguntó, dirigiéndose a la cocina.

—Solo compañía —respondí, y al decirlo en voz alta, sentí que el aire se volvía más denso.

No era la primera vez que me decía eso. En los últimos meses, desde que mi madre empezó a pasar más tiempo con su nueva pareja —un hombre amable, pero distante—, yo había ido a visitarlo con más frecuencia. Él siempre me escuchaba, me ofrecía un vaso de vino, una manta si hacía frío, y a veces —solo a veces— me tocaba el hombro con una delicadeza que iba más allá de la familiaridad.

Ayer, mientras cenábamos en mi apartamento, le dije algo que no había podido callar: «Tío, últimamente me siento raro cerca de ti. Como si algo entre nosotros ya no fuera lo que era». Él no respondió de inmediato. Apagó su cigarro en el ashtray, me miró fijamente —no con asco, ni con sorpresa, sino con una atención que me hizo sentir transparente— y dijo:

—Algunas cosas no cambian. Solo se vuelven más claras.

Y ahora estaba ahí, sentado frente a él en el sofá de cuero, con mis piernas juntas, las manos entrelazadas en el regazo, y el vaso de brandy casi intacto sobre la mesita. Él llevaba una camisa abierta hasta el ombligo, los brazos recostados alrededor del respaldo, y la respiración pausada. Me miraba con una sonrisa leve, casi irreal.

—¿Te acuerdas de cuando me enseñaste a nadar? —pregunté, buscando un hilo de normalidad.

—Claro. Tenías siete años. Te dije: «El agua no te va a ahogar si no la combatís. Deja que te lleve». Y tú, en vez de luchar, te dejaste. Fue hermoso.

Me costó tragar saliva.

—A veces me pregunto si dejar que algo te lleve… es lo mismo que rendirse.

Él se inclinó hacia adelante, despacio, como si cada movimiento fuera una promesa. Los músculos de su cuello se estiraron, la luz jugó en la sombra de su barba. Me tendió la mano.

—¿Quieres que te enseñe algo más?

No hubo duda. Solo un movimiento instintivo: mi mano encontró la suya, y luego su dedo índice recorrió el borde de mi palma, como si leyera una línea que yo aún no sabía que existía.

—Tú sabes lo que es… —empecé, con la voz más baja.

—Sé lo que *sentimos* —corrigió, suave.— Y sé que no es pecado. Es solo… una verdad que llevamos mucho tiempo ignorando.

Su otra mano se posó sobre la mía. Los pulgares se rozaron. Y entonces, sin romper el contacto, me pidió:

—Dime qué te gusta.

No pude evitarlo: la risa me salió tímida, casi vergonzosa.

—No soy buen alumno.

—Entonces no soy buen maestro —respondió, y por primera vez, su voz sonó casi infantil. Como si también él estuviera descubriendo algo nuevo.

Me levanté. Caminé hasta la ventana, con las manos sobre el alféizar. La lluvia había cesado. El cielo era oscuro, pero no opaco: se veía una estrella, sola y brillante. Me di cuenta de que estaba temblando.

—¿Y si alguien se entera? —pregunté, sin volverme.

—Nadie sabe lo que no ve. Y lo demás… no nos concierne.

Me giré. Ya no estaba sentado. Estaba de pie, a tres pasos de mí, con los ojos clavados en los míos. No se acercó. Esperó.

Yo sí lo hice.

Cuando mis dedos tocaron su pecho, sentí el latido bajo la tela. Lento. Seguro. Como el ritmo de un mar antiguo. Él exhaló, y esa exhalación fue el primer beso: apenas un roce de labios, cálido y breve, como una disculpa por habernos demorado tanto.

—¿Estás seguro? —susurró.

Asentí.

Y entonces, con lentitud que se volvió reverencia, sus manos subieron por mis brazos, se detuvieron en mis hombros, y luego bajaron lentamente por mi espalda, como si me desvestiera con la mirada antes que con las manos. Me incliné hacia adelante, y esta vez fue él quien cerró la distancia. Su boca sobre la mía fue un descubrimiento. No urgente, no desesperado: exploratorio, casi devoto. Como si cada centímetro de piel que compartíamos fuera una página que leyera con la lengua.

Su respiración se aceleró cuando mis dedos encontraron el borde de su camisa. Se la levanté con cuidado, y entonces supe lo que olía: no incienso. Era él. Su piel. Su calor. Su olor.

—Tú… —dije, sin aliento.

—Sí —respondió, y esta vez fue él quien me besó, profundizando, con una calma que era más intensa que cualquier fuego.

Me deslicé los zapatos y los calcetines. Él se quitó la camisa, dejando al descubierto un torso firme, con una ligera cobertura de vello oscuro, y la marca de una cicatriz antigua cerca del ombligo —un recuerdo de juventud que nunca me había mostrado.

—¿Te importa si te toco? —preguntó, con una seriedad que me hizo sentir adulta, real, deseable.

—Sólo si tú quieres que lo haga.

—Quiero —dijo, y esta vez fue él quien tomó mi mano y la puso sobre su cintura.

Sus dedos se enredaron en mi pelo. Me inclinó la cabeza con suavidad, sin forzar, solo con una presión constante, segura. Y entonces me besó de nuevo, más hondo, y esta vez su lengua rozó la mía con una familiaridad que me hizo temblar. Me di cuenta de que estaba mojada. No por la lluvia. Por él.

—Dime si paras —susurró, mientras me desabrochaba el primer botón del blazer.

No paré. No quería.

Cuando su mano bajo mi falda encontró el elástico de mis medias, cuando sus dedos rozaron la parte interna de mis muslos con una lentitud que dolía y gustaba a la vez, cuando sentí su respiración en el cuello y luego su boca, apenas un milímetro por debajo de mi oreja, supe que aquello no era un error. No era un pecado. Era una verdad que habíamos estado esperando. Una verdad que, por fin, nos atrevimos a nombrar.

Fuera, la luna salió entre las nubes. Y dentro, entre las sombras del salón, dos cuerpos aprendieron a hablar un idioma que ni siquiera sabían que existía.

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