Lo que pasó en la casa de mi tía

Lo que pasó en la casa de mi tía

@valeria_storm ·14 de junio de 2026 · 🔥 4.4 (3) · 154 lecturas · 5 min de lectura

La casa de la tía Lina olía a arepa recién hecha, a canela y a sudor de verano. Esa tarde, el calor en Medellín pegaba como pegajoso. Camilo, de 28, se había quedado a dormir porque su auto se había quedado sin batería —otra vez— y la tía, que siempre tenía el corazón grande y la cocina llena, lo invitó con un “¡Pásate, mijo, que aquí hay de todo!”.

Ella tenía 35, y desde que Camilo tenía 16, lo miraba de esa manera que él nunca supo cómo nombrar: ni como tía, ni como mujer, pero sí como algo que le hacía tragar saliva cuando ella pasaba cerca con la falda corta y los pies descalzos, los dedos de los pies pintados de rojo, como cerezas maduras.

Esa noche, después de cenar, la tía se sentó en el sofá con una botella de cerveza y un vaso de agua. Camilo, en la butaca de al lado, fingió mirar el televisor, pero su mirada se clavaba en la curva de su cadera, en la forma en que la tela del short se ajustaba al culo, en cómo se le marcaban los pechos bajo la camiseta de algodón, mojada por el sudor.

—¿Tú también te sientes así, mijo? —preguntó ella de pronto, sin mirarlo, como si hablara con el aire.

—¿Cómo, tía?

—Como si el cuerpo te estuviera pidiendo algo que no se puede nombrar.

Camilo tragó. Su pito ya estaba duro, pegado al pantalón. No respondió. Solo asintió, lento, como si fuera un gesto de la cabeza, pero en su pecho le temblaba todo.

Ella se levantó. Sin decir nada, fue a la cocina, volvió con otro vaso, lo llenó de agua, y se lo ofreció. Cuando sus dedos se tocaron, él sintió un calambre que le recorrió la columna. Ella no retiró la mano. Lo miró. Sus ojos, negros, profundos, como pozos de aceite caliente.

—¿Te acuerdas cuando me ayudaste a cargar el saco de arroz, cuando tenías 17? —preguntó, bajando la voz—. Te vi sudar. Y yo… yo no pude dejar de pensar en cómo se movía tu cuerpo.

Él no habló. Solo se levantó. Y se acercó. Tan cerca que su aliento le rozó el cuello.

—Tía… —susurró.

—No me digas tía —dijo ella, y entonces lo besó.

No fue un beso de tía. Fue un beso de mujer. De labios húmedos, de lengua que buscaba, que exigía. Él la agarró por la cintura, la juntó contra su cuerpo, y sintió su pecho apretado contra su pecho, los pezones duros, como piedrecitas bajo la tela.

Ella se deslizó por su pecho, besándole el cuello, la clavícula, y luego, con los dedos, le desabrochó el pantalón. Él no se movió. Solo respiró, profundo, como si fuera la primera vez que el aire entraba en sus pulmones.

Cuando ella sacó su pito, ya mojado y palpitante, no dijo nada. Solo lo tomó con la mano, lento, como si lo acariciara por primera vez. Y luego, con la boca, lo chupó.

Camilo gritó. No fue un grito de dolor. Fue un grito de algo que llevaba años guardando. Ella lo mamar con ternura, con hambre, con esa rabia silenciosa que solo tienen las mujeres que han callado demasiado.

Él le pasó las manos por el pelo, por la nuca, y la empujó un poco, para que se levantara. Ella se levantó, se quitó el short, y se quedó en bragas de encaje negro, mojadas ya. Él se las bajó con los dientes, despacio, y cuando vio su coño, brillante, entreabierto, sintió que se le iba el alma.

—¿Estás seguro? —preguntó ella, con la voz rota.

—Sí —dijo él, y se arrodilló.

La besó allí. En el clítoris. Con la lengua, con suavidad, como si fuera un dulce que no quería terminar. Ella gimió, se agarró del respaldo del sofá, y él la mamió hasta que se descompuso, hasta que su cuerpo se sacudió como una hoja en el viento.

Cuando se levantó, ella lo tomó de la mano y lo llevó al cuarto. No encendió la luz. Solo se quitó la camiseta, y él la vio en la penumbra: pechos redondos, pezones oscuros, cintura estrecha, culo que parecía hecho para sus manos. Se despojó de la ropa, y ella lo guió, lo puso encima de ella, y lo tomó con las piernas.

—Ahora te voy a hacer lo que siempre quise —dijo ella, y lo introdujo con un movimiento lento, profundo.

Él cerró los ojos. No era su tía. No era su familiar. Era una mujer. Una mujer que lo quería, que lo deseaba, que lo había guardado en el alma desde hace años.

Se movió dentro de ella, despacio, como si el tiempo se hubiera detenido. Ella lo mordía en el hombro, le susurraba cosas feas, cosas bonitas: “Más, mijo… sí, así… te voy a hacer gritar como nunca”.

Él la embistió, fuerte, con ganas de olvidar todo lo que había aprendido sobre lo correcto. Ella se aferraba a él, sus uñas clavadas en su espalda, su coño apretado, caliente, mojado, como una boca que lo devoraba.

Cuando él se corrió, fue como una explosión. No con gritos, sino con un gemido bajo, profundo, que salió de su pecho como un suspiro de alma. Ella lo sintió, lo apretó más, y se corrió con él, con un grito ahogado en su cuello.

Se quedaron así, pegados, sudados, con el corazón latiendo al mismo ritmo.

Ella le acarició el pelo.

—No le digas a nadie —dijo, con voz suave.

—Nunca —respondió él.

Y no lo hizo.

Nunca.

Pero desde esa noche, cuando la veía en la cocina, con la falda corta y los pies descalzos, él sabía que su tía ya no era su tía.

Era su mujer.

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Sin esperar a mañana. Encuentros casuales, deseo inmediato, esa urgencia de quererlo todo ya. Escribo el ahora.

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