Lo que pasó en la casa de los vecinos
La casa de los vecinos —esa que siempre parecía cerrada, con persianas bajadas y coche estacionado desde hace meses— tenía luz. No mucha, pero suficiente: una tenue claridad amarillenta que se colaba por la rendija de la cortina del patio trasero. Mariana lo vio desde su ventana, mientras preparaba el té de manzanilla que siempre tomaba antes de dormir. Su esposo, Daniel, estaba en el sofá, viendo una película de acción con sonido apagado y una cerveza medio vacía en su mano.
—¿Viste eso? —le dijo Mariana, señalando con la taza—. ¿No es raro que ahora sí tengan luz?
Daniel levantó la vista. Sí, era raro. Desde que se mudaron, hacía casi un año, nunca habían visto a los nuevos vecinos. Solo sabían que era una pareja joven, algo más viejos que ellos, y que habían comprado la casa tras la separación del anterior dueño. Nada más. Hasta esa noche.
A las once y veinte, un auto se detuvo frente a la casa. Una mujer bajó: cabello negro, largo, suelto, cuerpo atlético, jeans ceñido y blusa blanca con los primeros botones abiertos. Llevaba una bolsa de tela con asas altas, como si fuera al gym, pero con algo más que ropa interior visible: una botella de tequila y dos vasos de cristal. Se detuvo un momento frente al portón, miró hacia arriba, como si sospechara que alguien la observaba. Mariana se escondió tras la cortina, sintiendo un cosquilleo en la nuca.
—Es ella —dijo, sin quitar la mirada del cristal.
—¿Y?
—Nada… pero no se va.
Daniel se levantó, se acercó a la ventana, y por primera vez, no apartó la vista. Ella se inclinó, sacó una llave del bolsillo trasero del jeans —no un llavero, sino una llave suelta— y abrió la puerta trasera, la misma que daba al patio. Un instante después, apareció un hombre. Alto, barba corta, pelo castaño con algunas canas, camisa a cuadros desabotonada hasta el ombligo. No dijeron nada. Solo se miraron. Él tomó la botella, ella le tomó la mano y entraron.
Mariana y Daniel se miraron.
—¿Te parece que…? —empezó ella.
—¿Qué?
—Que podríamos ir a saludar. En broma. Como vecinos nuevos. Con algo de tequila.
Daniel frunció el ceño, pero no negó. Solo asintió, como si ya lo hubiera pensado antes.
Cinco minutos después, tocaban la puerta trasera.
La mujer —Lupita— los abrió con una sonrisa lenta, como si ya los esperara. Llevaba los pies descalzos, y el teñido de sus uñas era rojo oscuro, casi negro. Detrás de ella, el hombre —Emilio— dejó la botella sobre una mesa de madera en el patio, con dos vasos ya puestos.
—Hola —dijo Mariana—, somos los de al lado. Vimos que ya tenían luz y… bueno, nos pareció buena idea saludar.
Lupita rió, un sonido suave, como si estuviera acostumbrada a que dijeran eso.—¿Y por qué no vinieron antes?
—Por pereza —dijo Daniel, sonriendo—. Y por miedo a que no les gustaran los vecinos nuevos.
—¡Ay, no seas payaso —respondió Lupita—. Entre vecinos, ¿no? —Se volteó—. Emilio, trae más vasos.
Emilio salió del interior, con una botella extra, y los invitó a entrar. La casa olía a café recién hecho, a madera quemada y a algo más: un perfume ligero, floral, con un trasfondo amaderado que Mariana no reconoció.
—¿Quieren sentarse? —preguntó Emilio—. Apenas encendimos el fogón.
El salón era pequeño, con muebles antiguos, una alfombra gruesa en el suelo y una chimenea vacía, pero con velas encendidas alrededor. En el centro, una mesa baja de madera con una botella de tequila, un plato de sal, limones y unos vasos. Todo sencillo, pero con intención.
—¿Tequila o cerveza? —preguntó Emilio.
—Tequila —dijo Mariana, sin mirar a Daniel.
—¿Mezcal? —agregó Lupita—. Tiene más carácter.
—Mezcal, sí —dijo Daniel, con una sonrisa—. Si no les molesta la mezcla.
Lupita se acercó, tomó la botella, y vertió un líquido translúcido en los vasos. Lo hizo con lentitud, observando cómo el líquido se deslizaba por el cuello de la botella, formando espuma fina. Luego, extendió el vaso hacia Mariana.
—Para empezar —dijo—. A los vecinos nuevos.
Mariana lo tomó, bebió un trago. El sabor fue fuerte, ahumado, con un final dulce. Se le erizaron los brazos, no por frío, sino por algo que empezaba a moverse dentro de ella, como un río que se desborda.
—¿Viven solos? —preguntó Emilio, sentándose junto a Daniel.
—Sí —dijo Mariana—. Desde hace tres años. No nos quejamos.
—¿Nunca han tenido ganas de… cambiar algo? —dijo Lupita, con la mirada fija en Mariana.
La pregunta colgó en el aire, como una sombra.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Daniel, suavemente.
Lupita se levantó, caminó hasta la chimenea, tomó un vaso de agua y bebió. Se volteó, con la luz de las velas dibujando sombras en su rostro.
—Quiero decir que a veces, lo que tienes… es bonito. Pero hay momentos en que quieres probar lo que no es tuyo. Solo para saber cómo sabe.
Mariana no respondió. Solo sintió que el corazón le latía más fuerte, como si hubiera estado esperando esa frase desde hacía años.
—¿Y si te dijera que ya lo he hecho? —dijo Daniel.
—¿De verdad? —preguntó Emilio, inclinándose hacia adelante.
—Sí. Una vez. En una fiesta. Pero no fue lo que pensaba. Fue peor. Fue frío. Fue como comer algo que te dijeron que era chocolate, pero era cacao amargo.
Lupita se sentó frente a Mariana, tomó su mano. La suya era cálida, con las yemas de los dedos callosas, como si trabajara con las manos.
—¿Y si te dijera que esta noche no va a ser así?
Mariana la miró a los ojos. No hubo duda. Solo una certeza, como cuando sabes que el sol saldrá al día siguiente.
—¿Y qué pasa si acepto? —preguntó.
—Entonces —dijo Emilio, levantándose y acercándose—. Te lo muestro.
Lupita soltó su mano, se puso de pie, y caminó hacia la escalera. Emilio tomó el vaso de Mariana, lo llevó a sus labios, le dio un trago, y luego besó su mejilla. No con prisa. Como si ya lo hubiera hecho antes.
—Vamos arriba —dijo.
Y subieron, tres pasos por vez, como si fueran de nuevo aprendiendo a caminar juntos.
En la habitación, la cama era grande, con sábanas blancas, una manta de lana a los pies y una luz tenue que venía de una lámpara de papel. Lupita se quitó la blusa, dejando ver un sujetador negro de encaje, sin alzas ni relleno, solo piel y curvas. Mariana sintió un nudo en el estómago, pero no de nervios. De anticipación.
—¿Quieres que te desvista? —preguntó Emilio.
—Sí —dijo Mariana.
Y Daniel, que ya estaba en la habitación, con la camisa entreabierta, se acercó. No para quedarse de pie. Sino para ayudarla.
—¿Te parece bien si lo hago yo? —preguntó Daniel, mirando a Emilio.
—Claro —dijo Emilio—. Es su momento.
Así que Daniel desabrochó los botones del jeans de Mariana con lentitud, como si cada uno fuera una promesa. Lupita se quitó el sujetador, y Emilio tomó uno de sus pechos entre sus manos, masajeándolo con la palma, mientras besaba su cuello. Mariana sintió el calor de sus cuerpos, el olor a mezcal y a sudor suave, el sonido de sus respiraciones entrecortadas.
Y cuando finalmente se tumbó en la cama, con las piernas abiertas, Emilio entre ellas, y Daniel a su lado, besándole el cuello, ella no pensó en lo que hacía. Solo sintió.
Sintió la verga de Emilio, gruesa, cálida, rozándole el clítoris ya hinchado.
Sintió las manos de Daniel en sus nalgas, apretándolas, jalándolas hacia atrás, como para que ella se abriera más.
Sintió la lengua de Emilio entrando en su boca, mientras Daniel le chupaba un pecho con fuerza, sin miedo a hacerle daño.
Y cuando Emilio entró en ella, lento, con una sola mano sosteniendo su cadera, y la otra en su cabello, Mariana cerró los ojos y se dejó llevar.
No fue rápido. No fue ruidoso. Fue intenso.
Como cuando te dan un beso en la frente y sabes que alguien te quiere
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