Lo que pasó en la casa de la playa

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La casa estaba vacía, salvo por ellos dos. El sol se hundía en el horizonte como un disco sangrante, tiñendo de rojo anaranjado el cielo sobre el mar Caribe. Las olas rompían con pereza contra la orilla, y el aire salado se colaba por los ventanales abiertos, acariciando pieles ya calientes por otras razones. Camilo no había querido venir. Había dicho que no, que era mala idea, que no podía traicionar así a su novia. Pero allí estaba, sentado en el sofá de tela áspera, con los pantalones bajados hasta los tobillos y la polla tiesa como una barra de acero, mirando cómo Valeria se quitaba el vestido por la cabeza con un movimiento lento, deliberado, como si estuviera desenrollando un secreto.

Ella no dijo nada. Solo se quedó de pie frente a él, en ropa interior negra, el sujetador apenas conteniendo unos pechos redondos y firmes, con pezones oscuros que se erguían bajo la tela. Camilo tragó saliva. Había imaginado ese cuerpo miles de veces desde que la conoció seis meses atrás, en una reunión de trabajo. Pero nunca pensó que llegaría a verlo desnudo, mucho menos que lo tendría entre las manos, en la penumbra de una casa prestada, con el corazón a punto de reventarle en el pecho.

—¿Todavía quieres que me vaya? —preguntó ella, con voz baja, casi un susurro, pero con una sonrisa de lado que lo desarmó.

Camilo negó con la cabeza, sin poder hablar. Valeria dio un paso. Luego otro. Se arrodilló frente a él, sin dejar de mirarlo a los ojos. Le tomó el pene con la mano derecha, despacio, como si lo estuviera midiendo, pesando cada centímetro de su longitud, cada venilla palpitante. Camilo soltó un gemido ronco, corto, y echó la cabeza hacia atrás.

—Joder… —murmuró.

Ella bajó la boca. No al glande, no al tallo. Primero besó la base, justo donde el vello oscuro comenzaba a crecer. Luego lamió hacia arriba, con la lengua ancha y cálida, trazando un camino húmedo que hizo a Camilo temblar. Cuando llegó al glande, lo rodeó con los labios, sin chupar aún, solo presionando, rozando, jugando. Camilo apretó los muslos, las manos aferradas al sofá.

—Valeria… por favor…

Ella alzó la vista, los ojos brillantes, y finalmente lo tragó. Hasta el fondo. Su garganta se abrió para él, lo recibió con un espasmo húmedo y caliente que lo hizo jadear. Camilo sintió cómo el aire se le escapaba, cómo su polla se hundía en esa boca húmeda, cómo la lengua de ella lo acariciaba por debajo mientras lo chupaba con fuerza, con ritmo, como si no quisiera otra cosa en el mundo.

—Dios… así… joder, así… —balbuceó, con los dedos enterrados en el cabello de ella.

Valeria se detuvo un segundo, lo sacó de su boca con un sonido húmedo, y sonrió.

—Quiero que me folles —dijo—. Ahora.

Se puso de pie, se desabrochó el sostén con un solo dedo y lo dejó caer. Luego se quitó las bragas con lentitud, deslizándolas por sus caderas anchas, suaves. Camilo se levantó, le temblaban las piernas. Le agarró las nalgas con ambas manos, fuerte, y la atrajo contra su cuerpo. Sus bocas chocaron. La lengua de ella entró en su boca, caliente, hambrienta. Camilo la empujó contra la pared, y ella se dejó, abrió las piernas, rodeó su cintura con ellas.

—No quiero condón —dijo ella entre besos—. Estoy limpia. Tú también. Dime que quieres esto.

Camilo asintió. No podía hablar. Solo gruñó, y guió su polla hacia la entrada de ella. Estaba mojada, muy mojada. La punta se deslizó por su sexo, encontró el agujero y, con un empujón lento, entró.

Valeria soltó un gemido largo, profundo, como si lo hubiera estado esperando toda la vida. Camilo se quedó quieto unos segundos, sintiendo cómo su sexo era envuelto por esa presión húmeda, caliente, perfecta. Luego empezó a moverse. Empujó con fuerza, hasta el fondo, y salió casi por completo antes de volver a entrar. Una, dos, tres veces. Valeria gritó, le clavó las uñas en la espalda.

—Más fuerte —jadeó—. Más fuerte, carajo.

Camilo la levantó un poco, la sostuvo por las nalgas, y empezó a follarla con todo. Golpeaba su pelvis contra la de ella con fuerza, con desesperación, como si quisiera desaparecer dentro de ella. El sonido de sus cuerpos chocando se mezclaba con los gemidos, con el jadeo, con el crujido del sofá que se movía contra la pared. Valeria echó la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados, el cuello tenso.

—Sí… sí… así, Camilo, así… no pares…

Él no pensaba en nada más. Ni en su novia, ni en lo que vendría después, ni en nada. Solo en ese sexo caliente, en la humedad que le resbalaba por el pene, en los espasmos que ya sentía cerca, en el orgasmo que crecía como una tormenta en su vientre. Valeria empezó a temblar, a apretarse alrededor de su polla, y gritó, fuerte, sin vergüenza, con el cuerpo arqueado.

—¡Voy a venirme! ¡Voy a venirme!

Camilo no se detuvo. Siguió follando, más rápido, más profundo, mientras ella se corría contra su sexo, mientras sentía cómo su interior se contraía en oleadas calientes. Y cuando ella abrió los ojos, con la respiración agitada, él se sacó de un tirón, se masturbó dos veces con la mano y se corrió sobre su vientre, sobre sus pechos, sobre su cuello. El semen le cayó caliente, espeso, y Valeria sonrió, con los labios entreabiertos, los ojos brillantes.

Se quedaron así un momento, jadeando, sudorosos, pegajosos. Luego Camilo la cargó, la llevó al sillón, y se acostaron juntos, piel con piel, sin hablar. El sol ya se había ido. La noche entraba por las ventanas, lenta, silenciosa.

—¿Te arrepientes? —preguntó ella, sin mirarlo.

Camilo negó con la cabeza, le acarició el pelo.

—No. Pero esto no puede volver a pasar.

—Lo sé —dijo ella, y se acomodó contra su pecho.

Pero ambos sabían que mentía. Porque el deseo no se apaga con una promesa. Y porque el cuerpo, cuando ha probado el fuego, siempre quiere volver a quemarse.

También en: HeteroInfidelidadOral

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