Lo que pasó en la bodega de mi jefe
Nunca pensé que algo así me pasaría a mí, pero aquí estoy, sentado en mi cama con la piel aún erizada, el culo adolorido y la cabeza llena de imágenes que no se van. Fue en la bodega de don Raúl, allá en la parte trasera del taller. Yo soy su ayudante, el que carga las refacciones, limpia el piso y se queda hasta tarde cuando hay que cerrar. Pero esa noche… esa noche fue distinta.
Eran como las ocho y media, ya oscuro, y don Raúl me dijo que había que acomodar unas cajas de filtros y bujías que llegaron por la mañana. Él se quedó revisando facturas en la oficina, y yo, agachado entre estantes, moviendo cajas pesadas, sudando bajo el camisón de mezclilla. El calor del día no se había ido, y el ventilador de la bodega apenas movía el aire espeso. Me quité la camisa y seguí con el torso desnudo, sin pensar en nada raro.
Escuché sus pasos antes de verlo. Pesados, firmes. Don Raúl entró con una linterna en la mano, aunque ya tenía luz. Cerró la puerta con doble llave. Eso me extrañó. Él no era de cerrar así. Me miró de arriba abajo, lento, como si me viera por primera vez. Llevaba su camisa de manga larga abotonada hasta arriba, pero con ese aire de autoridad que siempre ha tenido.
—Terminas y te quedas —dijo, sin gritar, sin sonreír.
Yo asentí, sin chistar. Pero algo en su voz me hizo temblar por dentro. No miedo, no… algo más. Como anticipación. Como si ya supiera lo que iba a pasar, aunque no lo hubiera planeado.
Cuando terminé, me paré derecho. Él estaba recargado en una caja, con los brazos cruzados. Me miró fijo.
—Quítate el pantalón —dijo.
No lo pensé. No pregunté. Me desabroché el cinto, bajé el pantalón y me quedé en calzones. Él dio un paso adelante, me tomó del hombro y me giró. Sentí su mano en mi nuca, empujándome despacio hacia abajo.
—Pon las manos en la caja —ordenó.
Lo hice. Me incliné, con el culo expuesto, las nalgas tensas. Él no dijo nada, solo me dio una nalgada fuerte. El golpe me hizo jadear. No dolió tanto como esperaba, pero sí me encendió. Otra más, luego otra. Me azotó como si fuera un perro, pero yo no me quejé. Al contrario, sentí cómo se me paraba la verga bajo el calzón.
—¿Te gusta? —preguntó, bajito.
—Sí —respondí, sin mirarlo.
—Dilo bien. Dime si te gusta que te azote.
—Sí… me gusta que me azotes, don Raúl.
Entonces sentí sus manos en mis nalgas, separándomelas. Bajó mi calzón de un jalón. Quedé desnudo de cintura para abajo. El aire frío del cuarto me erizó la piel, pero el fuego entre las piernas no se apagaba. Él se acercó, pegó su cuerpo al mío. Sentí su verga dura contra mi culo.
—¿Alguna vez te han cogido? —preguntó.
—No —dije, con la voz quebrada.
—¿Quieres que sea yo?
—Sí… por favor.
Se separó, oí el sonido del cinturón, el cierre del pantalón. Luego el frasco de aceite que usamos para las bisagras. Lo vi de reojo: se sacaba la verga, larga, gruesa, con venas marcadas. Se untó aceite con la mano, se masturbó un par de veces, lento, mirándome el culo.
—Abre más las piernas —ordenó.
Lo hice. Sentí sus dedos en mi ano, fríos al principio, luego calientes. Me metió uno despacio, sin prisa. Grité un poco, no por dolor, sino por la intensidad. Me estaba abriendo, estirando. Luego dos dedos, moviéndose adentro, buscando algo. Cuando encontró ese punto, me derrumbé. Un gemido largo, animal, salió de mi boca.
—Ahí está —dijo él—. Ahí es donde duele bonito.
Sacó los dedos y puso la punta de su verga en mi entrada. Empujó. Yo me mordí el labio, aguanté el grito. Entró centímetro a centímetro, lento, como si me estuviera midiendo. Cuando estuvo todo adentro, quedó quieto. Su pelvis pegada a mis nalgas.
—Respira —dijo.
Lo hice. Y entonces empezó a moverse. No rápido, no brusco. Empujaba, salía un poco, volvía a entrar. Cada embestida me hacía gemir más fuerte. Me tenía agarrado del cabello, jalándome la cabeza hacia atrás, diciéndome lo puta que era mi boca, lo apretado que era mi culo.
—Eres mío —decía—. Desde hoy, eres mi puto.
Y yo lo creí. No como insulto, sino como verdad. Sentía su verga adentro, caliente, palpitante. Cada vez entraba más fácil, más profundo. Me corrí sin tocarme, solo con el movimiento, con el peso de su cuerpo sobre el mío. Mi semen cayó al piso, en un charco claro, mientras él seguía follando.
—No termines —le dije, sin pensar—. Por favor, no pares.
Él rio, bajito.
—Todavía no —dijo.
Me sacó de un jalón, me hizo girar. Me puso de rodillas. Me tomó la cabeza y me metió su verga en la boca. Sabía a sudor, a sexo, a aceite. Me ahogué un poco, pero no me detuve. Le chupé como si fuera lo último que iba a hacer en la vida. Él gemía, decía mi nombre, me decía que sí, que así, que no parara.
Entonces me jaló del cabello, me hizo parar.
—Otra vez —dijo.
Me puso contra la pared, me abrió las piernas, me cogió de nuevo. Esta vez más fuerte, más rápido. Me azotaba el culo con las manos mientras me penetraba, me decía que era suyo, que nadie más me iba a tocar. Sentí que iba a desmayarme del placer. Me llenó de verga, adentro, hasta el fondo. Y cuando terminó, me sostuvo, me abrazó contra su pecho sudado.
—Mañana —dijo—, a la misma hora. Y no le digas a nadie.
Yo solo asentí. Me vestí temblando. Él me dio una nalgada suave al salir.
Desde entonces, cada jueves, a las ocho, entro a la bodega. Cierro con doble llave. Y me quedo esperando a que me diga: “Quítate el pantalón.” Porque ya no soy solo su ayudante. Soy su puto. Y me gusta.
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