Lo que pasó en la biblioteca del vecindario
7 minLo que pasó en la biblioteca del vecindario
Nunca pensé que algo así pudiera suceder en un lugar tan ordenado, tan silencioso, tan… inocente. La biblioteca del vecindario, una edificación antigua de madera oscura y ventanas empañadas por décadas de lluvia, era mi refugio los martes y jueves por la tarde. Me gustaba sentarme en el rincón del fondo, cerca de los estantes de poesía, con mi té de manzanilla humeante y un cuaderno en el que anotaba ideas sueltas, frases que me venían mientras hojeaba libros que jamás llegaba a leer del todo.
Ella se llamaba Sofía. Llegaba los mismos días, siempre a las 4:30, con su bolso de tela color terracota y los cabellos recogidos en un moño desordenado que, por alguna razón, hacía que mi corazón se acelerara cada vez que lo veía. No era por su belleza —aunque era hermosa, sí—, sino por la manera en que se movía: con lentitud, como si el tiempo no la apremiara, como si cada gesto fuera una decisión consciente. Se sentaba tres mesas al frente de mí, siempre con un libro de arte o de historia del arte, y me costaba concentrarme porque, sin mirarme directamente, sentía su presencia como una brisa cálida que rozaba mi nuca.
Un martes, hace tres semanas, el cielo decidió desbordarse. La lluvia golpeaba los cristales con furia, y el viento empujaba las puertas de cristal como si quisiera entrar sin permiso. Algunos vecinos nos quedamos, rezagados, esperando a que pasara el aguacero. Sofía se acercó a mí cuando ya habíamos quedado solos, con el guardia de seguridad apagando las luces del pasillo y el silencio llenando cada rincón como una tela de seda.
—¿Te importa si me quedo un rato más? —preguntó, con una sonrisa pequeña, casi tímida—. El tren se va a demorar.
—Claro que no —respondí, intentando no dejar que mi voz temblara—. Yo también estoy esperando a que pare.
Se sentó en la silla vacía frente a mí. No hubo más preámbulos. Solo el sonido de la lluvia, el goteo de una cañería en el techo, y el leve crujido de su bolso cuando lo dejó en el suelo.
—Siempre me ha gustado este lugar cuando está vacío —dijo, mirando alrededor—. Como si el tiempo se hubiera quedado atrapado entre los libros.
—Como si estuviéramos en otro mundo —añadí, y ella asintió, como si yo hubiera leído su pensamiento.
Estuvimos hablando de todo y de nada: de los libros que habíamos leído, de las ciudades que queríamos visitar, de la forma en que el café sabe distinto cuando lo tomas en silencio. Su voz era suave, con un timbre que me hacía sentir que cada palabra era un susurro compartido en la oscuridad. Y luego, sin transición aparente, me miró directo a los ojos —los ojos más castaños que he visto, casi negros cuando la luz era tenue— y dijo:
—¿Sabes qué me pasa cuando estoy aquí, con vos?
—¿Sí?
—Me siento… visible. Como si pudiera ser yo misma, sin máscaras.
No supe qué responder en ese instante. Solo sentí que el aire se volvía más espeso, más cálido. Y entonces, lentamente, ella se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en la mesa de madera, y extendió un dedo hacia mi muñeca. No lo tocó, solo lo rozó, como una promesa que aún no se atrevía a cumplir.
—¿Te importa si te toco?
La pregunta me pilló sin defensa. No era una petición formal, sino una confesión, una entrega en pausa.
—No —susurré—. No me importa.
Su dedo subió por mi muñeca, lento, trazando una línea invisible que quemaba más que cualquier llama. Luego, su mano entera cerró la distancia, y sus dedos se entrelazaron con los míos. La piel de ella era cálida, suave, con una ligera textura de manchas de sol en el dorso. Sentí su pulso contra el mío, un latido sordo y urgente que se multiplicaba con cada segundo.
—¿Querés ir a un lugar más privado? —preguntó, con la voz un poco más rota—. Hay un estudio de lectura pequeña, al fondo. Nadie lo usa después de las 5.
Asentí, sin soltar su mano. Caminamos juntos, sin apuro, como si cada paso fuera una oración. El pasillo estaba a oscuras, salvo por la luz tenue que entraba por las ventanas empañadas. La puerta del estudio crujía al abrirse, y adentro había una silla de mimbre, una mesa baja, y una lámpara de pie con pantalla de papel arroz.
Nos sentamos frente a frente, las rodillas casi tocándose. Ella se quitó una manta plegada que estaba sobre la silla y la extendió sobre sus piernas, luego me miró otra vez, con esa mezcla de valentía y vulnerabilidad que me partió el alma.
—Esto es una locura —dijo—. Lo sé. Pero no me arrepiento.
—Yo tampoco —respondí.
Entonces, con movimientos suaves, como si desplegara un regalo, ella se inclinó hacia mí. Su cabello cayó sobre mis hombros, y su aliento rozó mi mejilla antes de que sus labios encontraran los míos. No fue un beso apasionado al principio, sino una exploración, una pregunta que se hacía y se respondía al mismo tiempo. Sentí su lengua rozar mi labio inferior, pidiendo entrada, y yo se la di con un gemido apenas audible.
Sus manos subieron por mi cuello, los dedos hundiéndose en mi cabello, y yo la tomé por la cintura, sintiendo la curva de su cuerpo bajo la tela del suéter. Se separó un instante para respirar, y sus ojos brillaban con una luz que nunca antes había visto.
—¿Estás bien? —me preguntó, con una sonrisa temblorosa.
—Sí —dije—. Pero quiero más.
Ella asintió, y esta vez fue ella quien me besó con más decisión, con más hambre. Me apartó el suéter de los hombros, dejando al descubierto la piel de mi cuello y parte del pecho. Sus labios siguieron el camino que mis manos habían trazado antes: el hueco entre mis clavículas, el nacimiento de mi esternón, y luego, con una pausa, la curva de mi hombro. Su respiración se volvió más agitada, y yo la sentí temblar.
—Quiero verte —dijo, apartándose para desabrocharme la camisa con manos temblorosas—. Quiero ver cómo te sientes.
La camisa cayó al suelo, y ella me miró como si me estuviera descubriendo por primera vez. Luego, lentamente, se levantó y se quitó su propio suéter, dejando al descubierto una blusa fina de algodón. Me detuvo con la mirada mientras desabrochaba la parte superior de su blusa, revelando el encaje de un sostén color crema. No me apresuré. Me limité a observar: sus pechos, redondos y firmes, con pezones oscuros y hinchados por la anticipación. Me acerqué y besé uno a través de la tela, sintiendo cómo se estremecía, cómo su mano se cerró en mi cabello, no para alejarme, sino para hundirme más.
—Estás tan hermosa —murmuré.
Ella se inclinó hacia mí, desabotonando mi jeans con lentitud, como si cada click del botón fuera una promesa. Me ayudó a sacármelo, y luego los dos nos quedamos sentados en la silla, desnudos de cintura para arriba, respirando el mismo aire caliente y cargado de deseo.
Con suavidad, la levanté y la senté en la mesa baja, entre mis piernas. Mis manos bajaron por sus costados, rozando el borde de su falda, hasta encontrar sus muslos. Ella separó las piernas, ofreciéndome acceso, y yo le quité la falda y la ropa interior con un movimiento, dejando al descubierto su vulva, ligeramente húmeda, con los labios rosados y abiertos. Me incliné y besé su clítoris, apenas un centímetro, y ella soltó un grito ahogado, arqueando la espalda.
—Sí —susurró—. Por favor.
Le abrí los labios con los dedos y pasé la lengua por su entrada, saboreando su sabor: dulce, terroso, suyo. Gimió más fuerte, empujando sus caderas hacia mí, y yo la lamí con más intensidad, sintiendo cómo sus músculos se contraían, cómo su respiración se volvía entrecortada. No tardó mucho. Con un suspiro que parecía una oración, se deshizo en mis manos, temblando, con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás.
Yo la sostuve mientras se recuperaba, besándole la frente, el cuello, los labios.
—Ahora quiero estar dentro de vos —dije, y ella asintió, con una sonrisa cansada pero plena.
Me levanté, tomé un pañuelo de papel de la mesa y me limpié la mano, luego me bajé los pantalones y el under. Me coloqué entre sus piernas
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Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.