Lo que pasó en el puerto viejo
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Yo lo vi cuando bajaba del colectivo, parado junto al farol que apenas iluminaba la esquina de Rivadavia y la calle sin nombre que nadie más usaba. Ella tenía el pelo recogido en un moño deshecho, una blusa blanca pegada al cuerpo por el sudor de la tarde, y los ojos que me miraban sin pedir nada, como si ya me conociera. Me llamó la atención porque no era de ahí, ni por la forma de caminar ni por la forma de fumar. Era de acá, sí, pero de otra parte: de algún lugar donde el tiempo se detenía entre el olor a sal y a aceite de motor.
—¿Te perdiste, piña? —le dije, acercándome con la botella de cerveza medio vacía en la mano.
Ella soltó una risita baja, con la mirada en mis labios un segundo más de la cuenta.
—No, capo. Vení a esperar un barco. Pero el que esperaba yo ya partió.
Me sentí un imbécil, claro. Pero también me sentí vivo. Me llamó la atención que no me preguntara quién era, ni por dónde venía, ni por qué me parecía tan seguro de que no iba a hacerle nada. No, ella me miraba como si ya hubiera decidido que sí, que me dejaba estar ahí, cerca, respirando el mismo aire cargado de humedad y deseo.
—Yo también esperaba algo —dije, y le pasé la cerveza—. Pero ya me rendí.
Me miró otra vez, lentamente, y esta vez me sonrió de verdad. Fue como ver el sol salir sobre el Río, aunque estuviera nublado. Se llamaba Lucía. Me lo dijo en voz baja, como si nos hubiéramos conocido de antes, como si ya hubiéramos estado juntos en otra vida y ahora solo recordábamos el final.
Nos sentamos en el muelle viejo, donde las maderas crujían con cada paso y el agua negateaba suave, como si murmurara secretos. Ella se quitó la blusa sin apuro, dejando al descubierto un sostén de encaje negro, ajustado, que marcaba la curva de sus pechos, redondos y firmes, con pezones oscuros y visibles. Me encantó que no se disculpara, que no se tapara, que solo se recostara contra la barandilla y me mirara, esperando.
—Sos bien lindo, sabés —dijo, y se llevó un dedo a la lengua, limpiando una gota de cerveza que se le había deslizado por el cuello—. Pero no me engañás. No venís a esperar barcos.
Me acerqué sin hablar. Me detuve a un palmo de ella, con el aliento cargado, sintiendo el calor de su piel. Le pasé la mano por el brazo, despacio, hasta la muñeca, y luego bajé por la espalda hasta la cintura. Me besó entonces, con los labios cerrados, pero con la lengua ya dentro, jugando, probándome. Me cogió la cara con las dos manos y me tiró suavemente hacia adelante, hasta que sentí su pecho contra mi camiseta.
—Andá más adentro —susurró—. Me gusta que me toques sin miedo.
Entramos a un depósito abandonado, medio escondido entre dos muelles. El aire estaba cargado de polvo y sal, y había una colchoneta vieja tirada en el suelo. Ella se sentó, me hizo sentarme al lado, y empezó a desabrocharme el pantalón con lentitud, como si cada botón fuera una promesa. Me sacó el pene, ya medio duro, y me lo frotó contra la palma, susurrando algo entre dientes que no entendí, pero que sentí en los huevos.
—Quiero verte entrar —me dijo, bajando el elástico de la short y el slip, y tirando de la costura del costado hasta que la concha quedó al descubierto—. Ya está mojada, ¿ves? Te esperaba, pinche.
Me miré entre sus piernas. El vello era oscuro, denso, y la entrada, húmeda, brillante, pulsando con cada latido. Me incliné y le lamió el clítoris, que estaba hinchado, sensible, ya encendido. Gimió, fuerte, y me agarró la cabeza, empujando un poco, pidiendo más.
Me puse de pie. Me puse en posición, le abrí las piernas más, y me introduje con calma. La sentí apretada, caliente, viva. Me dejó entrar hasta la base, y luego me abrazó, con las uñas clavadas en mi espalda, y me pidió que la cogiera, que la jodiera de una vez, que no la dejara esperar más.
Empecé a moverme, despacio al principio, para saborear cada centímetro de su interior. Luego más fuerte, más rápido, hasta que su cuerpo empezó a temblar, hasta que su respiración se cortó y gritó mi nombre —o algo que parecía mi nombre— y su concha se contrajo alrededor de mi pene, apretando, chupando, como si quisiera tragármelo entero.
Cuando terminé, me desplomé sobre ella, sudado, con el corazón a mil, y ella me besó la frente, me acarició el pelo, y me dijo:
—Mañana me voy. Pero si volvés a pasar por aquí… sé que nos vamos a encontrar de nuevo.
Y yo, sin moverme, con el pene aún dentro de su cuerpo, le dije:
—Siempre voy a pasar.
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De puerto en puerto, de cama en cama. Mis relatos saben a sal, a noches ajenas y a encuentros que duran lo que tienen que durar.