Lo que pasó en el mercado de Oaxaca
7 minLo que pasó en el mercado de Oaxaca
Yo había llegado a Oaxaca tres días antes, con la mochila llena de apuntes y una cámara vieja que apenas funcionaba. El propósito era simple: documentar las tradiciones textiles de los pueblos vecinos, aunque la verdad era que desde que salí de Guadalajara, cada kilómetro que me alejaba de casa se sentía menos como huida y más como respirar por primera vez en meses.
El mercado de Benito Juárez, en el centro de la ciudad, era un caos organizado: olores de hoja de plátano, humo de comal, frutas exóticas que nunca había visto y voces que se entrecruzaban como hilos en un telar. Me perdí sin intención, dejándome llevar por el ritmo de los pasos y la curiosidad. Fue entonces cuando la vi.
Estaba de pie junto a un puesto de semillas tostadas, vestida con una blusa tejida a mano, bordada con hilos rojos y dorados que parecían moverse con el sol. Su piel era oscura, cálida, de un tono que recordaba al café recién pasado con un toque de miel. El cabello, rizado y denso, lo llevaba recogido en una coleta baja, con mechones sueltos que le acariciaban el cuello. Tenía los ojos grandes, inteligentes, y una sonrisa que no era solo una sonrisa: era un invitation sin palabras.
—¿Te gusta el zapoteco? —preguntó, señalando con la mano un saco de tela llena de semillas pequeñas, oscuras, brillantes—. Es raro encontrarlo fuera de los valles. Mi abuela decía que sabía a tiempos antiguos.
Me acerqué. No por las semillas, sino por ella. Por la forma en que sus pestañas bajaban cuando hablaba, por el leve movimiento de sus labios al terminar una frase. Le dije que no conocía el zapoteco, pero que me llamaba la atención su voz.
—Es que soy poetisa —dijo, como si eso lo explicara todo—. O algo así. A veces escribo, otras solo observo. Hoy observo.
Nos sentamos en un banco de madera, bajo la sombra de una carpa de lona descolorida. Hablamos de cosas que no importaban: el calor, la calidad del café en la esquina, el hecho de que ella se llamaba Xóchitl, y que el nombre significaba flor en náhuatl, pero que su familia le decía Xochi, por puro cariño. Yo le conté que era fotógrafo, aunque sabía que no era del todo cierto: era escritor de viajes, aunque tampoco lo era del todo. Eso, lo de escribir, era algo que aún no había logrado definir.
—¿Y por qué Oaxaca? —me preguntó, y en su voz había algo más que curiosidad. Una advertencia dulce.
—Porque aquí se siente el tiempo de otra forma —respondí—. Como si cada callejón guardara una historia que espera ser contada… o vivida.
Xochi se inclinó hacia adelante, y el sol le marcó los hombros, los brazos, el contorno de su cuello. La tela de su blusa, fina pero densa, dejaba entrever la curva de sus senos cuando se movía. No era una mirada insinuante, pero yo sentí el impulso de mover la mano, de rozarle la muñeca, solo para comprobar si su piel era tan suave como parecía.
—Entonces —dijo, y esta vez su voz era más baja, más íntima—, ¿qué historia quieres vivir hoy?
No respondí con palabras. Me levanté, le ofrecí la mano, y ella la tomó sin dudar. Fue un gesto natural, casi obligado, como si el aire entre nosotros ya hubiera decidido lo que iba a pasar.
Caminamos hacia el barrio de Jalatlaco, donde las paredes estaban pintadas con murales que parecían salir de los sueños. Ella me llevó por callejones estrechos, por patios ocultos, por escaleras de concreto que subían hasta terrazas donde el viento era más fuerte y el cielo, más cercano. En una de esas terrazas, tras una puerta de madera con cerrojo viejo, entró.
Era un departamento pequeño, pero lleno de luz. Tejidos colgados de las paredes, plantas que crecían en macetas de barro, un colchón en el suelo, cubierto con una cobija de lana roja. En la mesa, una taza de té aún humeante.
—Espera —dijo, y desapareció en el baño—. Quiero mostrarte algo.
Cuando volvió, ya no llevaba la blusa. Solo tenía puesta una falda larga, y en las muñecas, pulseras de cuentas de jade que tintineaban cuando movía los brazos. Se quitó la falda también, y quedó de pie, desnuda, sin vergüenza ni timidez. Su cuerpo era redondo y firme, con curvas que seguían una lógica propia: caderas anchas, vientre plano pero suave, senos que parecían dos frutas recién cogidas del árbol, firmes y llenos. Las pezones eran oscuros, como bayas maduras, y se erigieron apenas el aire fresco tocó su piel.
Me senté en el colchón. Ella se acercó, se puso de rodillas frente a mí, y con una lentitud que parecía ritual, me desabrochó la camisa. No nos apresuramos. Cada gesto era deliberado, cada mirada una promesa.
—¿Me tocas? —preguntó, cuando sus dedos ya estaban sobre mi pecho.
Asentí. Solo eso.
Sus manos eran cálidas, seguras. Me deslizó las manos por los brazos, por el estómago, por los muslos. Luego, con una suavidad que me heló la sangre, me desabrochó el pantalón. Cuando lo bajó con lentitud, su aliento me rozó la entrepierna, y yo tuve que contener un grito.
Se inclinó, y con los labios abiertos, me acarició el pene con la lengua. No fue rápido, no fue exigente. Fue una exploración. Me lamió lentamente, desde la base hasta la punta, volviendo una y otra vez, hasta que sentí que ya no era dueño de mis piernas. Me erguí, apoyé las manos en sus hombros, y le susurré que no quería que se detuviera.
Ella se levantó entonces, me tomó de la mano, y me tumbó sobre el colchón. Se sentó sobre mí, con las piernas separadas, y me guió hasta su entrada. Su cuerpo era húmedo, caliente, perfectamente preparado. Me miró a los ojos mientras se hundía poco a poco, y cada centímetro que descendía se sentía como un juramento. Cuando por fin se sentó completamente sobre mí, cerró los ojos, inclinó la cabeza, y exhaló un suspiro largo, casi un lamento.
No nos movimos al principio. Solo nos dejamos llevar por el peso del otro, por el calor que se generaba entre nosotros. Luego, con una lentitud que hacía daño y placer a la vez, ella comenzó a subir y bajar. Cada movimiento era un golpe de tambor en mi pecho. Sus manos me sujetaban los muslos, y sus uñas, bien cortas pero firmes, dejaban marcas rojas en mi piel.
—Dime qué sientes —me pidió, y su voz ya no era la de la poetisa, sino la de alguien que sabía exactamente lo que hacía.
—Te siento —dije, entre dientes—. Te siento dentro de mí. Como si fueras el único lugar al que puedo volver.
Ella sonrió, y ese gesto me hizo perder el control. Le agarré las caderas, la sostuve con fuerza, y comencé a empuñarla con más ritmo. Ella gemía ahora, en voz baja, y su cabeza se inclinaba hacia atrás, mostrando el cuello, donde un latido rápido marcaba el ritmo del encuentro. Sus pechos se balanceaban con cada embestida, y yo los acariciaba con las palmas, los apretaba suavemente, los chupaba uno a uno hasta que ella gimió más fuerte.
—Sí —susurró—. Sí, así. Más lento, más profundo.
Volvimos al ritmo anterior, pero esta vez con más intensidad. Ella se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en mi pecho, y siguió moviéndose, mientras yo la sujetaba por la cintura, la empujaba hacia abajo, la alzaba y la volvía a bajar. El colchón rechinaba suavemente contra el suelo, y el aire se volvía espeso, cargado de sudor, de sal, de su olor a jabón de hierbas y algo más íntimo, animal.
Cuando sentí que me acercaba al borde, le dije que no quería terminar sin que ella también lo hiciera. Ella me sonrió, y con una de sus manos, se acarició el clítoris. Lo hizo con una naturalidad que me dejó sin palabras. Sus ojos se cerraron, su boca se entreabrió, y en un movimiento lento, se estremeció. Su cuerpo se arqueó, sus musculos se contrajeron alrededor de mí, y yo, sin poder evitarlo, la seguí, explotando dentro de ella con una fuerza que me sorprendió.
Quedamos así, abrazados, sudados, sin fuerzas. Ella recargó su cabeza en mi pecho, y yo la rodeé con los brazos, sintiendo su corazón latir contra el mío.
—¿Volverás mañana? —pregunt
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