Lo que pasó en el hotel del puerto

Lo que pasó en el hotel del puerto

@el_marinero ·6 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

La lluvia golpeaba las ventanas del Hotel Mar del Norte como si el océano entero quisiera entrar. En el vestíbulo, el olor a humedad, tabaco barato y perfume caro se mezclaba en el aire denso. Elena, con su blusa blanca empapada en la espalda y los rulos sueltos pegados al cuello, miraba la recepción con los ojos entrecerrados. Había llegado media hora tarde, y el hombre que la esperaba ya la había estado buscando con la mirada desde que entró.

—Elena —dijo él, bajando la voz, aunque el ruido de la lluvia y la música de fondo lo hacían innecesario—. Creí que no vendrías.

—Javier —respondió, acercándose—. Y no habría venido si no hubiera jurado por todo lo que más quiero que hoy era el día.

Él sonrió. Un gesto rápido, casi nervioso, como si también estuviera jugando con fuego. Tenía los ojos claros, casi transparentes bajo la luz tenue, y las manos grandes, nudosas, que siempre movía como si contara algo sin decirlo. Eran las siete y veinte del viernes. En dos horas, su esposo estaría en casa, y ella aún no había decidido si le diría que había ido a una cena de amigas o a una conferencia de trabajo. No importaba. Eso lo decidiría después.

—¿Subimos? —preguntó él, tomando su maletín de mano.

Ella asintió. Subieron en silencio, los pasos ahogados por la alfombra gastada del tercer piso. La habitación 307 olía a cloro y jabón industrial, pero también a algo más antiguo: sexo acumulado en muebles baratos y sábanas que nunca llegaban a lavarse del todo. Javier cerró la puerta con llave y se volvió hacia ella.

—Estás mojada —dijo, y le quitó la chaqueta con lentitud, como si cada botón fuera una promesa que debía cumplirse con cuidado.

Elena dejó que lo hiciera. Cuando la última botona se soltó, la blusa se deslizó por sus brazos y cayó al suelo. Debajo, un sujetador de encaje negro, ya manchado de transpiración, le marcaba los pechos firmes y redondeados. No se ruborizó. No necesitaba hacerlo. Sabía que Javier la quería así: real, presente, con las marcas de una vida que no era suya.

—¿Quieres ducharte primero? —preguntó él.

—No —respondió ella, ya con las manos en su cintura—. Quiero sentir tu piel contra la mía. Ahora.

Javier no esperó más. La tomó de la nuca y la atrajo hacia él. El beso fue profundo, húmedo, con lengua y dientes y un sabor a sal y café que ambos habían compartido esa mañana. Él le quitó el sujetador con un movimiento rápido, tirando de los tirantes y dejando sus pechos libres, redondos y firmes, con pezones que ya se endurecían al contacto del aire frío.

—Dios, Elena… —susurró, y se inclinó para lamer uno, masticando suavemente el pezón antes de chuparlo con fuerza.

Ella arqueó la espalda, soltando un gemido bajo, pero no se detuvo. Con una mano le desabrochó el cinturón, con la otra bajó la cremallera de sus pantalones. Cuando los dejó caer junto con la ropa interior, su pene saltó hacia adelante, grueso, ya medio erecto, con la punta húmeda y brillante.

Elena lo miró sin vergüenza. Sabía que era grande, que se le ponía más grande cuando la veía, y eso la hacía sentir poderosa. Tomó su miembro con ambas manos, acariciándolo desde la base hasta la cabeza, presionando suavemente los cojones colgantes.

—¿Te gusta? —preguntó él, jadeando.

—Mucho —dijo ella, y se arrodilló sin más preámbulo—. Pero hoy no voy a dejarte entrar aún.

Lo dijo con una sonrisa perversa, y lo hizo: levantó la camisa de Javier, le desabotonó los botones del frente y lo empujó hacia atrás. Él se dejó hacer, con los ojos cerrados, la respiración entrecortada. Ella se levantó, lo empujó suavemente hacia la cama y lo hizo sentar.

—Quiero verte, Javier. Todo.

Él lo hizo sin dudar. Se quitó la camisa, los pantalones, los calcetines, incluso las zapatillas. Quedó sentado en la cama, desnudo, con las piernas ligeramente separadas, mostrando su cuerpo de hombre hecho a la fuerza: pecho peludo, abdomen marcado, piernas fuertes y, entre ellas, su pene que ya se mantenía rígido, apuntando hacia el techo, con gotas de preseminal que brillaban a la luz tenue.

Elena lo rodeó lentamente, pasando una mano por su espalda, bajando por sus glúteos apretados, y luego bajó más, hasta tomar su pene con la palma y el pulgar, frotando suavemente la cabeza.

—Huele a ti —dijo ella—. A sudor, a jabón… y a mí.

—Porque ya estás dentro de mí, Elena —respondió él, con voz ronca—. Desde que entraste por la puerta.

Ella se levantó, se quitó el vestido que llevaba debajo (un simple camisón negro que apenas cubría sus muslos), y lo dejó caer al suelo. Quedó frente a él, completamente desnuda: caderas anchas, vientre plano, tetas firmes y una vagina que ya se abría ligeramente, húmeda y oscura, con los labios pequeños que se asomaban entre los grandes.

—Gira —dijo ella.

Él obedeció. Se puso de pie, con una mano apoyada en la pared, y se inclinó hacia adelante, dejando su trasero al aire. Elena lo acarició por la espalda, bajando hasta las nalgas, separándolas con los pulgares para ver su ano, apretado, redondo, con el vello crespo que empezaba a grisear.

—Hoy no me interesa tu trasero —dijo ella, y se puso detrás de él—. Hoy quiero tu boca.

Lo besó en la nuca, luego en la espalda, y cuando sus manos llegaron a su pene, lo tomó con fuerza y lo frotó contra su vientre, mojándolo con sus propios jugos. Luego, con la lengua, lamió su uretra, sintiendo cómo él tensaba los músculos.

—Dime qué quieres —dijo ella.

—Te quiero dentro —respondió él, sin voltear—. Con tu boca, con tus manos… pero sobre todo, quiero sentir tu vagina cerrarse sobre mi pene. Quiero que me aprietes hasta que no pueda más.

Elena se puso frente a él, tomó su pene con una mano y su propio clítoris con la otra, masajeándose mientras se acercaba a él. Lo puso en posición: le pidió que se inclinara sobre la cama, que separara las piernas, y se colocó detrás, con su vagina frente a su pene.

—Ahora —susurró ella.

Se empujó hacia adelante, y él la empujó con fuerza. Su pene entró en su vagina con un solo movimiento, rompiendo la barrera de la humedad, hundiéndose hasta la raíz, hasta tocar su fondo uterino.

Elena gritó. No era dolor. Era placer puro, inmediato, brutal. Sus dedos se clavaron en la colcha, y su cuerpo se arqueó como un arco. Él comenzó a moverse: lentamente, con estocadas profundas, largas, que hacían que sus caderas chocaran con fuerza contra las de ella. Cada vez que se retiraba, la punta del pene rozaba su clítoris, hinchado y sensible.

—Más fuerte —le pidió ella.

Él obedeció. Sus manos le agarrotaron los muslos, y empezó a meterse con más fuerza, más rápido. El sonido de su carne contra carne se mezclaba con sus gemidos: él, con la respiración cortada, ella con gritos guturales, sin vergüenza.

—Sí… así… apúntame al fondo… —le decía ella.

Él cambió el ángulo, inclinándola hacia adelante, y la tomó por la cintura. Ahora sus tetas colgaban hacia abajo, y él le lamió los pezones mientras se metía con fuerza. Elena sintió cómo su clítoris rozaba contra la base de su pene, y el placer subió como una ola, tan fuerte que la hizo temblar.

—Voy a venir —dijo él.

—No te detengas —respondió ella—. Cúlgame. Hazme gritar tu nombre.

Él aceleró. Estocadas cortas, rápidas, profundas. Su pene se ponía más grueso dentro de ella, y ella sentía cómo su vagina se contrataba, como si quisiera retenerlo, como si no quisiera soltarlo jamás.

—¡Javier! —gritó ella—. ¡Me voy a correr!

Él lo sintió. La vagina de Elena se estrechó, tembló, y él supo que era el momento. Agarró sus caderas con fuerza y se metió hasta la raíz. Se quedó así un segundo, con el pene palpitando dentro de ella, y luego eyaculó: un chorro tras otro, calientes

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