Lo que pasó en el hotel del centro

Lo que pasó en el hotel del centro

@la_viajera ·6 de junio de 2026 · ★ 4.0 (11) · 185 lecturas · 7 min de lectura

La lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas del Hotel Alameda, un edificio antiguo pero bien mantenido en el centro histórico de la Ciudad de México. La habitación 405, al cuarto piso, tenía vistas al zócalo y olía a humo de madera vieja, café recién hecho y perfume caro. Lucía entró con la llave magnética en la mano, el cabello castaño oscuro, recogido en un moño suelto, mojado por la lluvia. Tenía 49 años, y aunque las líneas de expresión le dibujaban un mapa de vivencias en los ojos y alrededor de la boca, su mirada seguía siendo intensa, segura, de mujer que sabe lo que quiere y cómo conseguirla.

Había dejado la reunión de trabajo temprano. El cliente era una mierda, el proyecto un desastre y el único consuelo era el vino tinto que habría en la habitación —y, tal vez, lo que sucediera después. El mensaje del chico había sido breve: *Estoy abajo. Te espero en el lobby.* Su nombre era Álvaro, 24 años, fotógrafo freelance, alto, de hombros anchos y una sonrisa que parecía tener una vida propia. Lo había conocido esa misma tarde, en la cafetería del hotel, cuando su cámara se le cayó al suelo y él se inclinó para recogerla. Se miraron. Ella le ofreció un pañuelo, él le agradeció con una sonrisa que no le correspondía, pero que sí le gustaba. Y ella, por alguna razón, le había dado su tarjeta.

—Disculpe, ¿puedo ayudarle con la maleta? —dijo Álvaro al verla entrar en el elevador, con esa naturalidad que solo tienen los jóvenes que no se preocupan por cómo suena su voz en un momento incómodo.

—Siempre hay quien se ofrece, pero pocas veces alguien me ayuda sin pedir nada a cambio —respondió Lucía, con una sonrisa que no era del todo inocente.

El elevador subió en silencio. Álvaro olía a tabaco suave, a jabón de bergamota y a algo más, algo cálido, como el sol en la piel después de una caminata. Ella notó cómo le miraba la mano, cómo le bajaba la vista por el cuello del blazer, hasta la curva de su cintura. Ella lo había notado desde que llegó: el chico era hermoso, pero no por lo que uno esperaría de un muchacho de veinticuatro años. No era delgado ni frágil. Tenía cuerpo de alguien que corre, que sube escaleras, que se mueve con intención. Sus manos eran grandes, sus dedos marcados por el uso de la cámara, sus cejas densas, su barba de tres días perfectamente cuidada. Y, sobre todo, sus ojos: verdes, con una chispa de curiosidad que no era solo sexual.

—¿Te he dado miedo? —preguntó Lucía, cuando la puerta de la habitación se cerró tras ellos.

—No. Solo pensaba… ¿por qué me llamaste? —dijo él, sin apartar la vista de ella.

Ella se despojó del blazer con lentitud, dejando ver una blusa de seda color vino, ajustada al pecho. Se quitó los zapatos y se puso de pie frente a él, a un metro de distancia.

—Porque me gustaste. Porque me gustó cómo me miraste en la cafetería. Porque me gustó que no intentaste seducirme de inmediato, sino que esperaste. Y porque… —se acercó un paso más— me encanta que un hombre joven me mire como si yo fuera la única persona en el mundo.

Álvaro tragó saliva. Sus manos estaban en los bolsillos, pero ella vio cómo se apretaban contra el tejido de su pantalón. Se le notaba el bulto ya, una protuberancia firme en la entrepierna.

—¿Me estás chingando? —dijo él, con una risa corta, nerviosa.

—No. Te estoy chingando *sí* —respondió ella, y le tomó la mano derecha—. Pero primero, quieres una copa de vino, ¿no?

Él asintió. Ella abrió la botella de Tempranillo que había comprado en el supermercado de la esquina, sirvió dos vasos y se los entregó. Se sentaron en la cama, uno a cada extremo, con las piernas cruzadas, como si fueran viejos amigos. Hablaron de la ciudad, de la lluvia, de cómo el centro se volvía mágico cuando llovía. Él le contó que había nacido en Guadalajara, que había venido a la ciudad a hacer un reportaje sobre muralismo. Ella le habló de su divorcio hace seis años, de la hija que vivía en Montreal, de cómo se había acostumbrado a estar sola, pero no a aburrirse.

—¿Y tú? ¿Por qué estás solo?

—No estoy *solo*. Tengo amigas. Amigos. Pero… —se encogió de hombros—. A veces me da miedo quedar atrapado en algo que ya está escrito.

—¿Y si no lo está?

Él la miró fijamente. En ese instante, dejó de ser un muchacho con ganas de acostarse con una mujer madura. Se volvió alguien que quería descubrir algo nuevo, alguien que quería aprender.

—¿Y si yo quiero escribir otra historia? —preguntó él.

Ella se levantó. Se quitó los zapatos de tacón bajo, dejando ver los tobillos finos, los pies bien cuidados. Se acercó a él y le tendió la mano.

—Entonces, Álvaro, déjame enseñarte cómo se escribe una historia que no se olvida.

Él se puso de pie. La alcanzó por la cintura, la besó en el cuello, y sintió cómo su piel se erizaba. Ella inclinó la cabeza hacia atrás y dejó que sus labios encontraran los de ella. El beso no fue rápido ni urgente. Fue lento, húmedo, con lengua y sabor a vino y a sal. Él le acarició la nuca, le metió los dedos en el pelo, y ella soltó un gemido bajo, como una risa contenida.

—¿Te gusta que te bese así? —le susurró al oído.

—Me gusta que me beses *así*, sí —respondió él, con la voz ronca.

Lucía se separó un poco y le desabrochó la camisa con calma, botón por botón, como si fuera un regalo que iba a abrir. Bajo ella, su pecho era plano, musculoso, con un vello suave que le bajaba desde el ombligo. Ella le pasó la mano por el abdomen, sintió cómo se tensaba, cómo su respiración se aceleraba. Álvaro le desabrochó el sujetador con un solo movimiento, y cuando las copas cayeron, él se inclinó y lamió uno de sus pezones. Ella le apretó el pelo con fuerza, y por primera vez, no fue ella quien mandaba.

—No te apresures —dijo ella.

—No tengo prisa —respondió él, y le mordió el pecho, suavemente.

Se quitó el pantalón y los calzoncillos. Su verga salió rígida, gruesa, con un glande rosado y brillante. Lucía la tomó con la mano, la acarició desde la base hasta la punta, sintiendo su calor, su pulso. Él jadeó. Se sentó en la cama y le indicó que se sentara encima de él. Ella lo hizo con lentitud, bajándose sobre su verga, sintiendo cómo se abría, cómo se llenaba. Gimió. No era la primera vez, pero sí la primera vez en mucho que sentía que su cuerpo la recordaba.

—Tú mandas —dijo ella, y él la tomó de las caderas y la movió, arriba y abajo, con ritmo, sin prisa, con intención.

Lucía se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en sus hombros, y empezó a montarlo como si fuera una bailarina. Él la miraba fijamente, con los ojos cerrados a veces, con los puños apretados, con la boca entreabierta. Ella le besó el cuello, mordió su hombro, le susurró al oído que sí, que así sí, que quería sentirlo dentro, que quería que le clavara las uñas en la espalda, que quería que la cogiera como si no hubiera mañana.

—¿Te gustan mis nalgas? —le preguntó ella, moviéndose más rápido.

—Me chingan, sí —dijo él, y le dio una palmada en la cadera izquierda, fuerte, pero no duele—. Me chingan más cuando te muevo yo.

Ella se giró, se puso de cuatro, y él la tomó por las caderas, le abrió las nalgas con las manos, y le metió la verga con un movimiento brusco. Ella gritó. Él la cogió con fuerza, la empujó hacia atrás, y ella le dio un latigazo con la cadera, como una animala. Se movieron así, ella agachada, él detrás, hasta que él soltó un grito gutural, y ella sintió cómo le salpicaba el fondo del culo con el corrimiento.

Se quedaron quietos un rato, él recostado sobre la cama, ella a su lado, con la cabeza sobre su pecho. Él le acariciaba el pelo. Ella le besó el estómago, el ombligo, y le besó la verga, ya blanda, como si fuera una ofrenda.

—¿Volvemos

También en: HeteroPrimera vez

¿Te ha gustado? Valóralo

4.0 · 11 votos
Reportar
Compartir

También en Maduras