Lo que pasó en el elevador del edificio

Lo que pasó en el elevador del edificio

@paula_invierno ·12 de junio de 2026 · 🔥 3.9 (24) · 179 lecturas · 6 min de lectura

La lluvia golpeaba con fuerza contra los vidrios del edificio, como si el cielo también tuviera ganas de algo que no podía tener. En el décimo piso, donde el aire se volvía más denso y cargado de humedad, el elevador se detuvo con un leve suspiro metálico. Dentro iban ella y él. Ella, con su blusa blanca ya media desabotonada por el calor del día y el cabello recogido en un nudo torpe que se deshacía a cada movimiento. Él, con la camisa encaxada en los pantalones, las manos en los bolsillos, los ojos bajos, pero no por timidez: por la tensión que le subía por el cuello, por la punta de la Verga que ya le palpitaba contra el algodón de su calzoncillo.

Ella se llamaba Leticia —Lety, le decían en la oficina— y trabajaba en contabilidad. Él era Daniel, del área de logística, nuevo en la empresa, recién llegado de Guadalajara, con esa manera de hablar pausada y esos gestos que no engañaban a nadie: la mano derecha rozaba el bolsillo trasero cada vez que ella pasaba cerca, y el izquierdo se apoyaba en la espalda de su silla cuando ella se sentaba frente a él en las reuniones. Nadie decía nada, pero todos sabían.

Esa noche, el edificio estaba casi vacío. Solo ellos dos, porque Lety había quedado para revisar unos papeles y Daniel había insistido en ayudarla. No era mentira, pero tampoco era la única razón. El elevador ascendió hasta el último piso, el que no se usaba —solo para guardar cajas viejas—, y se detuvo con un crujido seco. La luz parpadeó. Lety soltó un suspiro: “Chingado, ¿otra vez?”.

Daniel no respondió. Se acercó, lento, como si el suelo lo obligara a caminar entre la arena y el aceite. La puerta del elevador se abrió con un chasquido metálico. Él la tomó del brazo, no con fuerza, pero con una certeza que no dejaba espacio a la duda. Ella no se resistió. Solo bajó los ojos, tragó saliva, y asintió.

En el pasillo vacío, la luz tenue del techo los iluminaba como en un escenario. Daniel la empujó contra la pared, su mano izquierda en la nuca, los dedos enredándose en su cabello, y la otra bajó por su cintura hasta agarrarle las nalgas, apretándolas con fuerza, hundiendo los pulgares en la curva de sus glúteos. Lety gritó un “¡ay, dios!” ahogado, entre risa y queja, porque el golpe contra la pared le hizo temblar las rodillas.

—¿Todavía te Late la verga, Lety? —le preguntó él, con la voz ronca, la boca casi rozándole la oreja.

Ella no respondió con palabras. Solo se estiró, empujó la blusa hacia arriba, y puso su mano sobre la entrepierna de Daniel, sintiendo cómo su verga, dura y caliente, palpitaba bajo el algodón. Se le humedeció el culo sin que lo hubiera querido, sin que lo hubiera planeado. Sintió el líquido transparente saliendo de su coño, resbalando por sus muslos, empapando la tanga de encaje que traía puesta.

—¿Estás mojada? —preguntó él, y no fue una pregunta, fue una acusación, una sentencia.

Ella solo asintió de nuevo, esta vez con la cabeza inclinada hacia atrás, mostrándole el cuello, el pulso acelerado, el sudor en la nuez. Daniel le soltó el cabello, le bajó la blusa por los hombros, dejándole los pechos al aire. Le rozó los pezones con el pulgar, apretando con fuerza hasta que ella gimió, un sonido gutural, como si le estuvieran arrancando algo de dentro. Se inclinó, le lamió uno, luego el otro, chupándolos con fuerza, con esa urgencia de quien sabe que se le acaba el tiempo.

—Vamos a coger aquí mismo —le dijo, y ya no era una propuesta, era una orden.

Con los dos dedos de su mano derecha, le abrió la entrepierna del pantalón, bajó la tanga, y metió la mano dentro. Su coño estaba húmedo, caliente, hinchado. Daniel metió dos dedos, uno tras otro, hasta la falange, sintiendo cómo se contraía, cómo lo agarraba como si lo hubiera estado esperando toda la semana. Lety se agarró de su hombro, los dientes apretados, la boca entreabierta, jadeando.

—¡Ah, chingado! ¡Ah, joder! —murmuraba, sin saber si era queja o plegaria.

Él la miró a los ojos mientras la follaba con los dedos, lento, profundamente, rotando la muñeca, estirando el clítoris con el pulgar. Ella se mordió el labio, sangró un poco, y eso la hizo gemir más fuerte. Daniel le quitó el tanga, lo enrolló en su dedo, y se lo metió en la boca.

—Chupa —ordenó.

Ella lo hizo, con los ojos cerrados, moviendo la lengua como si quisiera deshacerse de él, pero sin soltarlo. Él le quitó la mano del coño y se quitó el cinturón. Bajó la cremallera, sacó su verga, dura, gruesa, la punta húmeda de preseminal. Se puso frente a ella, la agarró por las caderas, la levantó como si fuera un muñeco de trapo, y le metió la verga en la coño de un solo empujón.

Lety gritó. No de dolor, sino de plenitud. Se sintió llena hasta el fondo, con la verga de Daniel empujándole el útero, rozándole el cuello uterino con cada sacudida. Él la sujetó por las nalgas, la subió y bajó sobre su cuerpo, mientras ella se aferraba a sus hombros, con las uñas clavadas en la piel. El sonido de su cuerpo chocando, el goteo del sudor en el suelo, el jadeo entrecortado de ambos.

—¡Maldita, qué coño más apretado! —dijo él, con la voz rota.

Ella solo respondió arqueando la espalda, metiéndole más hondo, buscando el fondo, buscando el punto donde él la hacía ver estrellas. Daniel la tomó de la cintura, la empujó contra la pared, y empezó a meterla con fuerza, con esa rough que no era brusca, sino necesaria, como si no pudiera hacerlo más lento sin explotar. Su verga entraba y salía, mojada, brillante, con el sonido húmedo y obsceno del coño de Lety abriéndose y cerrándose alrededor.

Ella se acercó a su oído y le susurró: —¡Dame el fondo, Daniel! ¡Dámelo todo!

Él la tomó por el pelo, la sacudió con fuerza, y se metió hasta la raíz, con un grito que le salió del pecho. La verga le palpitó dentro, bombearon el semen, caliente y espeso, llenándole el coño, empujando el aire fuera de ella, haciendo que Lety se le viniera encima, con una orgía interna de espasmos que la hicieron sollozar, temblar, gritar su nombre como una oración.

Se quedaron así, pegados, sudados, con la ropa hecha un desastre, el coño de Lety aún apretando la verga de Daniel, como si no quisieran soltarse. La lluvia seguía golpeando los vidrios, pero dentro del elevador, ya no hacía falta el cielo para que lloviera.

Daniel la bajó con cuidado, se limpió con la manga, y le sonrió. Ella se puso la blusa, se ajustó el cabello, y le pidió: —Otra vez, pero esta vez en el sofá del penthouse.

Él solo asintió, y esta vez fue ella quien lo tomó del brazo.

¿Qué tanto te calentó?

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@paula_invierno

Hay un deseo que arde mejor cuando se contiene. Escribo desde la melancolía y la noche, esas ganas que no se dicen pero se sienten.

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