Lo que pasó en el elevador
3 minLo que pasó en el elevador
Yo sabía que era una mala idea subir con él en el elevador después de las diez de la noche. El edificio estaba casi vacío, y el aire cargado de silencio y de ese olor a jabón de almendra que usaba Luis. Él, mi vecino del cuarto 3B, un hombre alto de piel morena clara, hombros anchos y una verga que ya había imaginado mil veces cuando lo veía pasar en short de gym, con las piernas que parecían hechas para agarrarlas con las manos.
—¿Tú también llegaste tarde? —me preguntó, con esa voz grave que me ponía los pelos de punta en la nuca.
Asentí, apretando la mochila contra el pecho como si fuera una excusa para no tocarlo. Pero el elevador se detuvo entre el 4 y el 5, con un *clac* seco, y las luces parpadearon. Se apagaron. Sólo quedó la tenue luz del panel con el número parpadeando.
—¡Coño! —exclamó él, y me sentí atrapada. No por el aparato, sino por la forma en que me estaba mirando, aunque no pudiera verlo bien.
Me acerqué, sin pensar, y puse la mano sobre su brazo. El pelo liso, la piel caliente. Él no se movió. Al contrario, giró la cabeza hacia mí, y en la oscuridad sentí su respiración, más pesada ahora.
—¿Te asustas con la oscuridad? —musitó.
—No —respondí, pero temblaba. No de miedo. De eso que se te pone aguacera en el chongo apenas sientes el calor de otro cuerpo cerca.
Entonces, sin más, me tomó de la muñeca y me jaló contra su pecho. Me sentí pequeña, frágil, y me encantó. Sus dedos se deslizaron por mi cuello, bajaron hasta la base de mi garganta, y luego más abajo, hasta el borde de mi camiseta. Me la subió con lentitud, dejando al descubierto el busto. Me apretó los pechos con ambas manos, me sacudió un poco, como si los estuviera pesando, y luego me jaló la oreja con los dientes.
—Hace semanas que sueño con esto —dijo, y su aliento calentó mi cuello—. En sueños te veo con este short, con las nalgas que se mueven al caminar… y me lo miro, me lo miro y me corro solo.
Me volvió la cara, me besó con fuerza. Su lengua entró, dulce, con sabor a café y a algo más oscuro, más animal. Sentí su verga, dura ya, apretada contra mi vientre, y no pude evitar frotarme contra ella, con las manos en sus nalgas, jalándolo más cerca.
—Dime que quieres esto —susurró, rompiendo el beso—. Que quieres que te coja aquí, en el elevador, mientras se apaga la luz otra vez.
—Sí —le dije, con la voz rota—. Sí, Luis. Te lo ruego.
Fue entonces cuando me giró y me puso contra la pared. Me subió la falda, me bajó la slip de encaje por las caderas, y me abrió las nalgas con una mano. Con la otra, se desabrochó el pantalón, sacó su verga, gruesa, tiesa, con el glande ya brillante de preseminal.
Me empujó dentro sin previo aviso. Me sentí llena, *muy llena*, como si me estuviera partiendo por la mitad, y me agarré de su brazo mientras me corré, fuerte, con las piernas temblorosas. Él empezó a entrar y salir, lento, cada embestida hundiendo su verga hasta la raíz, rozando mi clítoris hinchado.
—Eres malditamente caliente, Adriana —murmuró, mordiéndome el hombro—. Así no se me va a pasar la noche.
Cuando la luz se encendió de golpe, seguimos ahí, pegados, con su culito sudado pegado a mis muslos, su verga still dentro de mí, latiendo. Me dio un último empujón, profundo, y se corrió con un gemido ahogado, llenándome la vagina de leche caliente.
No dijimos nada más. Bajamos al sótano, donde el elevador no fallaba, y nos fuimos cada uno por su lado. Pero esa noche, al acostarme, sentí su olor en la piel, y su verga en la memoria. Y supe que, si volvía a parar el elevador, volvería a abrirle las piernas.
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Cuento desde adentro, en voz baja. Lo que una piensa, lo que una calla, lo que una termina haciendo cuando nadie mira.