Lo que pasó en el elevador

Lo que pasó en el elevador

@adriana_v ·17 de junio de 2026 · 🔥 4.7 (16) · 43 lecturas · 7 min de lectura

Sí, lo sé: suena a chiste de fiesta de empresa, pero me pasó de verdad. Y no fue por alcohol, ni por la presión de la fiesta, ni por esa tontería de “ya nos conocemos desde niños, ¿por qué no?”. No. Fue por silencio. Por el silencio que se escucha cuando el corazón late más fuerte que el motor del elevador.

Me llamo Adriana. Tengo treinta y dos años, trabajo en una oficina pequeña en la Roma Sur, y mi vecino —sí, *el* vecino— es Daniel. vive en el 4B, justo encima de mí en el edificio de ocho pisos que ni se da cuenta de cuántos tiene. Lo conozco desde hace tres años: siempre usa camisas manga larga aunque haga calor, se aclara la garganta cuando me encuentra en el pasillo, y tiene una sonrisa que empieza en los ojos, no en la boca.

Nunca hablamos mucho. Algunos “buenos días”, un par de veces me ayudó a cargar bolsas del mercado cuando me atoré con la llave en la puerta. Cosas de vecinos, nada más. Hasta la semana pasada.

Fue un viernes. Llovió todo el día, una lluvia fuerte, de esas que tapan el mundo con una cortina blanca y humeante. Yo salí del trabajo a las 7:30, con los zapatos empapados, la blusa pegada a la espalda y el pelo hecho un desastre. Llegué al edificio a las 7:52. El elevador estaba ahí, en el primer piso, abierto, como si me estuviera esperando. Entré, apreté el botón del cuarto, y justo cuando se cerraba la puerta, apareció Daniel.

—Ah, hola —dijo, con la camisa medio abrochada, los cabellos mojados en las sienes—. Se me inundó la ducha. Tuve que bajar corriendo.

—¿Corriendo? —pregunté, aunque ya me había dado cuenta de que no llevaba zapatos. Sus pies estaban descalzos, los dedos ligeramente arqueados, como si estuviera a punto de hacer algo rápido.

—Sí. Y el elevador no sube cuando llueve, ¿no sabías? —dijo, y me sonrió, ese de los ojos.

—No. Pero siempre lo tomo.

—Pues hoy sí que sí.

La puerta se cerró. Silencio. Solo el zumbido del cable, el suave descanso de los pisos. El elevador subió: primero, el segundo. Daniel se paró a mi lado, un poco más atrás, pero su olor entró enseguida: jabón de avena, sudor seco, y algo más, algo que no reconocí, pero me hizo recordar el aroma del café recién hecho en las mañanas de invierno.

—¿Te importa que me quite la camisa? —preguntó—. Estoy humedecido.

—Claro —dije, y me di cuenta de que no sonaba educada.— Quiero decir: sí, claro, no me importa.

Se abrió la camisa hasta la cintura. La tela blanca, clara, se le pegaba al pecho, empapada. No llevaba camiseta debajo. Su piel era morena, clara, con un vello suave en el centro del pecho, que se extendía en una línea hacia abajo, desapareciendo tras el borde de sus jeans. Me miró, y yo no aparté la vista. No supe si fue el silencio, o el hecho de que él no me había mirado así antes: no como vecino, no como hombre educado, sino como un ser que me veía, me *sentía*, como algo que existía fuera de mi apartamento.

—¿Por qué no te quitas los zapatos? —dijo—. Te van a hacer andar como pato todo el fin de semana.

—No es por los zapatos —respondí—. Es por el piso. Me duelen los pies.

—¿Quieres sentarte?

—¿Aquí?

—No hay sillas, pero el suelo está limpio.

El elevador se detuvo en el cuarto. Daniel no se movió. Yo tampoco.

—¿No bajas? —pregunté.

—No. Mi puerta es la 4B. Tú vives en la 4A.

—Sí.

—Entonces, si no bajas, ¿por qué subí?

Me miré las manos. Tenía las uñas roídas por nervios. Me levanté, caminé hasta él, y puse una mano sobre su pecho. Sentí el latido. Rápido. Real.

—Tú también lo sentiste, ¿no? —susurré.

—Sí —dijo, y me tomó la mano. Me la llevó a su boca, y besó mi palma, lento. Su lengua rozó mi piel, y yo sentí cómo me temblaban las rodillas.

—No puedo —dije—. Soy tu vecina.

—Y tú eres la única mujer que me mira sin miedo desde que me mudé aquí —respondió—. Y la única que no me pide prestado azúcar ni sal.

—¿Y qué quieres?

—No lo sé. Pero quiero probar algo.

Me tomó de la cintura. Me jaloneó un poco hacia él. Su otra mano subió por mi espalda, debajo de la blusa, y se posó sobre mi piel, caliente. Me besó. No fue un beso de prueba. Fue un beso de *sí, esto es lo que quería*. Su boca era firme, pero no brusca. Me abrió los labios con suavidad, y su lengua entró, lenta, como si no quisiera asustarme, pero tampoco darme tiempo a arrepentirme.

Me apretó contra su cuerpo. Sentí su verga dura contra mi vientre, a través de los jeans. No me asusté. Me excitó. Me sentí viva, como si por fin me hubiera quitado una capa de ropa mental que no sabía que llevaba puesta.

—¿Te digo si te detienes? —me susurró al oído—. Porque si dices *basta*, paro. Incluso si estamos en un elevador.

—No —susurré—. No quieres parar. Y yo tampoco.

Me giró, me puso la espalda contra la pared. Me tomó las nalgas y me levantó, como si yo pesara nada, y apoyó mi culo contra la pared, con una pierna entre las suyas. Me besó otra vez, más profundo, y con esa mano que ya conocía, me subió la falda, me subió la bragas, y metió los dedos.

Me hizo un círculo con el pulgar sobre el clítoris, suave, y luego metió dos dedos dentro de mí, rápido, como si ya me conociera. Me dolió un poco, sí, pero fue un dolor bueno, un dolor que me hizo gemir, alto, sin poder evitarlo. Mis uñas se clavaron en sus brazos. Mis caderas se movieron, solas, buscando más.

—Estás mojada —murmuró—. Estás tan mojada que me están temblando las manos.

—No me importa —dije—. Hazlo.

Me giró la cara y me besó otra vez, esta vez con hambre. Me chupó el labio inferior, me mordió un poco, y me soltó. Bajó la mano, me bajó la falda y las bragas, y se bajó los jeans. Se sacó la verga, tiesa, gruesa, con un glande rosado y brillante. Me miró, y me dijo:

—¿Te da miedo?

—No.

—¿Estás segura?

—Sí. Hazme el favor, Daniel.

Me abrió las piernas más, y se posicionó entre ellas. Me entró lento, muy lento, como si cada centímetro fuera una decisión. Me sentí llena, calida, como si me hubiera estado faltando algo que ahora no sabía qué era. Me miraba los ojos mientras me embestía, pausado, con la cabeza apoyada en mi hombro.

—Tú eres la primera vez que me dejo ver así —dijo—. Que me dejo ver *así*.

—Entonces no me mires —dije—. Mira donde quieras. Pero no pares.

Me giró la cara. Me besó el cuello. Me mordió la clavícula. Y empezó a cogerme de verdad: fuerte, rápido, con una energía que no sabía que tenía. Me sujetó de las caderas, me levantó un poco, y me metió hasta el fondo, una y otra vez, con la pared detrás de mí y su cuerpo delante, sudoroso, caliente, real.

No dije palabras. Solo gemidos. Y cada vez que me embestía, sentía que algo dentro de mí se rompía, no con dolor, sino con placer, con libertad. Me sentí deseada. Deseosa. Viva.

Cuando me corrió, fue con un susurro, contra mi cuello:

—Adriana… no puedo… voy a correrme.

—Hazlo —dije—. Cógeme hasta que te corras.

Y lo hizo. Me llenó con su semilla, fuerte, profundo, como si me estuviera sembrando. Se derritió sobre mí, con la cabeza en mi pecho, la verga aún dentro, latiendo.

El elevador se movió. Subió. Bajó. Se detuvo. El cuarto piso.

Se separó un poco, me bajó la falda, se bajó los jeans, se puso la camisa. Me miró, y me sonrió, ese de los ojos.

—¿Vas a bajar? —preguntó.

—No. Mi puerta es la 4A.

—Entonces, si no bajas, ¿por qué subí?

También en: Primera vezConfesiones

¿Qué tanto te calentó?

4.7 · 16 votos
Reportar
Compartir

¿Te masturbaste con el relato?

0se masturbaron con este relato

¿Te masturbaste con el relato?

@adriana_v

Cuento desde adentro, en voz baja. Lo que una piensa, lo que una calla, lo que una termina haciendo cuando nadie mira.

También en Romántico

Más de @adriana_v

Ver autor →