Lo que pasó en el elevador
4 minLo que pasó en el elevador
Apenas subí al elevador, sentí el calor en las orejas. Él ya estaba adentro, con su camisa blanca un poco arrugada, los botones del cuello abiertos como invitación. Me miró sin prisa, como si ya supiera que algo iba a pasar esa noche. Yo llevaba falda corta, medias finas, tacones que hacían *clic clic* en el piso de mármol del edificio. Mi corazón iba a mil, pero no por el esfuerzo de subir al noveno piso. Era él.
—Hola, Paula —dijo, voz baja, casi un susurro.
—Hola, Daniel. ¿También trabajas hasta tarde?
—Sí. El jefe nos dejó con la presentación hasta hoy. Tú también.
Asentí. No me atrevía a mirarlo fijo. Sentía el olor de su colonia: tabaco y limón, algo seco y cálido. El elevador subió lento, con ese zumbido metálico que parece eterno. Cada piso que marcaba era como un latido más. El 5… el 6… el 7… Yo ya no respiraba bien.
—¿Te sientes bien? —preguntó, y por fin me miró de frente. Sus ojos tenían algo que no había notado antes: una chispa, una pregunta sin palabras.
—Sí —mentí—. Solo un poco cansada.
—¿Te gustaría que te acompañe hasta tu casa?
No dije que no. En realidad, solo asentí otra vez, más lento esta vez, como si cada movimiento fuera a cambiarlo todo.
El elevador llegó al primer piso. La puerta se abrió. Él salió, me esperó al otro lado, como si no tuviera prisa por irse. Fuimos caminando hasta su auto, un viejo Jetta plateado que olía a cuero y café. No hablamos mucho. Solo dejamos que el silencio se llenara de lo que ambos sentíamos.
—¿Quieres entrar? —me preguntó al llegar a su casa. No era una invitación casual. Sonaba como una disculpa por adelantado, como si temiera que dijera que no.
—Sí —dije, y por fin lo miré bien, sin miedo.
Su casa era sencilla, ordenada. Un sofá desgastado, una mesa de madera con una taza aún tibia. Él se quitó la corbata y la dejó sobre el respaldo del sofá. Yo me senté, con las manos temblorosas. Me quitó los zapatos sin pedir permiso, pero con una pausa, como esperando que le dijera que parara. No lo hice.
—Tienes los pies fríos —murmuró, y con los pulgares me frotó los arcos, despacio. Me estremecí. Sentí algo dentro de mí, algo que no había sentido nunca: un apretón en el estómago, una humedad entre las piernas.
—¿Te importa si te quito las medias? —preguntó, y esta vez sí me miró a los ojos.
—No.
Con los dedos, deslizó una media, luego la otra. Su mano rozó mi pantorrilla, subió por la espinilla, y yo contuve el aliento. Me besó entonces, suave al principio, como si le temiera que me asustara. Pero yo no me asusté. Me abrí ante él, le dejé pasar la lengua, le dejé probarme. Me mordí el labio cuando sus manos encontraron mis pechos, cuando sus dedos apretaron mis nalgas y me jalaron hacia él.
—Dime si quieres que pare —susurró contra mi boca.
—No —dije, y lo besé más fuerte.
Se quitó la camisa, y vi su pecho, ancho, con vello oscuro, con una marca antigua cerca del ombligo. Me acosté sobre el sofá, y él se puso entre mis piernas. No tuve tiempo para pensar. Solo sentí su cuerpo, su calor, el peso de su verga contra mi culo, ya humedecida por el deseo. Me volví loca cuando su mano encontró mi clítoris, cuando me separó con su dedo y me metió la otra dentro.
—¿Estás lista? —preguntó, voz rota.
Asentí. Con un movimiento lento, me penetró. Dolor suave, como una puerta que se abre por primera vez. Me mordí el hombro para no gritar. Él se quedó quieto, con la frente apoyada en la mía, respirando mi aire.
—No te apresures —le dije.
Y así fuimos: lento, intenso, con miradas que se decían cosas que las palabras no alcanzan. Me cogió como si supiera que era mi primera vez, como si me estuviera regalando algo que no se da dos veces. Me dió su cuerpo entero, sin prisa, sin miedo. Y yo le di el mío, con todas mis dudas, con todo lo que no sabía, pero con ganas de aprender.
Cuando vine, fue como caer en un pozo oscuro y volver a subir con aire nuevo. Él vino poco después, con un suspiro que sonó como oración. Me abrazó fuerte, y yo lo dejé, porque por primera vez, no me sentí sola.
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