Lo que pasó en el departamento 3B

Lo que pasó en el departamento 3B

@emilio_santos ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

La lluvia caía suave sobre la ciudad, como un susurro de verano que no quería irse. En el departamento 3B, al final del pasillo del antiguo edificio de la avenida Insurgentes, Lucía cerró la puerta con un clic seco y se dejó caer contra ella, exhalando el cansancio del día. Llevaba puesta una falda midi de algodón, un top blanco ya arrugado por las horas y el calor, y los zapatos planos colgaban de una mano mientras la otra se llevaba al cuello para deshacerse del moño apresurado. Su cabello, castaño oscuro y con reflejos de miel, se desbordó sobre los hombros como una cascada pesada.

Ese día no había podido ir al gimnasio. Tampoco había tenido tiempo de cambiar de ropa antes de subir a casa. Apenas había llegado y ya olía a sudor, café y trabajo. Pero algo en el aire la detuvo: una nota pegada con una cinta adhesiva en la puerta del vecino, el de al lado.

*“Lucía, disculpa la intromisión. Se me rompió la llave del garaje y no pude entrar. Si quieres, puedo darte un vaso de agua mientras espero al portero. – J.”*

No había firma, pero sabía quién era. Javier. El hombre del departamento 3A. Alto, de hombros anchos y pelo canoso apenas perceptible en las sienes, siempre con una sonrisa tranquila, una gorra de los Pioneros en la cabeza y una botella de mezcal en la nevera. Lo había visto en el ascensor más veces de las que quería admitir: con una taza de café en una mano y una novela de García Márquez en la otra, ojos fijos en las páginas como si el mundo se detuviera con cada frase.

Lucía suspiró, se limpió una gota de sudor en la sien y escribió una respuesta con el pulgar en el celular: *“Claro, sube. Estoy en el 3B.”*

Diez minutos después, el timbre sonó.

Javier llevaba una camisa de manga corta, blanca, algo abierta en el cuello, y unos jeans desgastados en las rodillas. En la mano, una botella pequeña de mezcal artesanal, y en la otra, dos vasos. Su olor le llegó antes que su voz: tabaco suave, jabón de avena y un toque de bergamota.

—¿Te molesta? —preguntó, ya dentro, con la puerta entreabierta.

—No, para nada —respondió ella, apartando la vista un instante, porque notó cómo le quedaba ajustada la camisa en el pecho, cómo se marcaba el músculo del antebrazo al apoyar la botella sobre la mesa.

Javier la miró con calma, sin presión, sin urgencia. Sus ojos eran grises, como el cielo antes de una tormenta, y tenían algo que Lucía no recordaba haber visto en mucho tiempo: atención plena. No como cuando alguien la miraba con intención sexual inmediata, sino como si quisiera aprenderse su rostro de memoria.

—¿Te apetece un chorrito de esto? —preguntó, destapando la botella con un chasquido seco.

—Sí. Si no te molesta.

Él asintió y vertió el líquido dorado con lentitud. El aroma salió entonces, fuerte y cálido, con toques de agave tostado y humo. Ella tomó su vaso y lo olió, cerrando los ojos un segundo antes de dar un trago. Le quemó suavemente la garganta, pero fue una quemadura buena, reconfortante.

—Es de Tlacolula —dijo él—. El viejo Raúl me lo dio. Dice que es el mejor para los días que se quieren olvidar.

Lucía lo miró, y por primera vez, la sonrisa que le respondió fue sincera.

—¿Y hoy es uno de esos días?

—No —dijo él, acercándose más, hasta que la distancia entre sus cuerpos ya no era casualidad—. Hoy es un día que quiero recordar.

No la tocó entonces. Solo se quedó ahí, a medio paso, con la botella apoyada en el borde de la mesa, el vaso medio vacío en su mano, y la respiración más lenta, más profunda. Lucía sintió el calor de su presencia como un latido en la piel.

—¿Puedo…? —empezó él, y no terminó la pregunta.

Ella asintió, y ese gesto fue más fuerte que cualquier palabra.

Javier levantó la mano, lenta, como si temiera que ella se alejara si lo hacía de golpe. Su índice rozó la línea de su mandíbula, luego su mejilla, y finalmente se hundió en su cabello, deshaciendo lo que quedaba del moño. Ella inclinó la cabeza, dejando que sus dedos le acariciaran el cuero cabelludo con una ternura que le hizo temblar las rodillas.

—Eres hermosa —susurró—. Más de lo que想象abas.

Ella se rió, baja, casi un suspiro.

—¿Imagination? —preguntó.

—Claro —dijo él, acercando su frente a la suya—. Me imagino mil versiones tuyas. Todas mejor que la realidad.

Y entonces, al fin, besó su frente. Luego las cejas, los párpados, la nariz. Y cuando sus labios encontraron los de ella, fue como si el tiempo se detuviera de verdad: suave, seguro, sin prisa. Él la tomó de la cintura y ella se apretó a él, sintiendo el calor de su cuerpo, la dureza de su pecho, la suavidad de su boca.

Javier la llevó hasta el sofá, sin romper el beso. Ella se subió con él, sentada a horcajadas, las manos sobre sus hombros, los dedos clavados en la tela de la camisa. Él desabrochó los botones del top con lentitud, uno por uno, como si cada gesto fuera un rito. Cuando el tejido cedió, dejó ver el sostén de encaje color vino, y Lucía sintió cómo se le erizaba la piel al ver su mirada: no con codicia, sino con reverencia.

—Déjame —dijo él, quitándole el top con cuidado, y luego el sostén. Sus pechos, redondos y firmes, se mecieron con su respiración.

Javier bajó la cabeza y tomó uno en su boca, chupando suavemente, lamiendo el pezón con la punta de la lengua. Ella gemió, una queja baja, ahogada, mientras le arqueaba el cuerpo hacia él. Él la sostuvo con las manos, masajeando el otro pecho con movimientos largos y seguros, hasta que ella ya no pudo más y le desabrochó el pantalón.

La verga de Javier salió con un suspiro, gruesa y tibia, la punta húmeda y brillante. Ella la tomó con la mano, sintiendo su peso, su calor, la forma en que palpitaba contra su palma. Él jadeó, cerró los ojos, y sus dedos se clavaron en sus nalgas.

—Dime si esto está bien —susurró.

—Sí —murmuró ella—. Sí, chinga… *sí*.

Él la tendió sobre el sofá, se puso de rodillas entre sus piernas y le subió la falda hasta la cintura. Lucía llevaba puestas unas medias finas, y las puntas de las ligas se le marcaban en la piel. Javier las deslizó con lentitud, bajándoselas juntas con los zapatos, y luego apartó su ropa interior, dejando al descubierto su sexo, ya húmedo y hinchado.

La miró ahí, con las piernas abiertas, la falda aún subida, y se le partió el alma. Se inclinó y rozó su clítoris con la lengua, una pasada breve, suave. Ella gimió, arqueó las caderas. Él repitió, más fuerte, y luego metió dos dedos dentro de ella, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que la hacía perder la cabeza.

Lucía se deshacía en sus manos, jadeando, sus dedos apretando los brazos de él, las uñas casi clavándose. Él la acarició con constancia, con paciencia, hasta que ella alcanzó el borde del clímax, y entonces la tomó por las caderas y se introdujo en ella con un solo movimiento.

Estaba apretada. Caliente. Perfecta.

Él se detuvo un instante, enterrado hasta la raíz, con el rostro contra su cuello, respirándole el perfume de la piel.

—Estás tan bien… —musitó.

Y empezó a moverse. Con lentitud al principio, como si no quisiera romper el hechizo. Luego, más fuerte, más hondo, cada empuje un juramento silencioso. Ella lo sentía todo: la vibración de su cuerpo, el roce de su vello en su pubis, el peso de sus muslos sobre los de ella. Sus tetas se mecían con cada golpe, sus nalgas se rozaban con sus muslos, y su cuerpo se abría como una flor al sol.

Javier se inclinó y le tomó una teta en la boca otra vez, mientras con la otra mano buscaba su clítoris y lo rodeaba con movimientos circulares. Ella se vino enseguida, gritando su nombre como una oración, las entrañas apretándose alrededor de su verga, el cuerpo temblando.

Él siguió moviéndose hasta que ella, aún flotando

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