Lo que pasó en el cumpleaños de la compa
Valentina tenía treinta y tantos, pelo castaño corto, risa fácil y un par de tatuajes que nadie le preguntaba. Vivía en un departamento chico pero lindo, en Belgrano R, con una perra llamada Manuela que olía a galletitas y sudor de almohada. Ese viernes, la compa de trabajo —Sofía— le había avisado por WhatsApp: “Cumpleaños en mi casa a las 20. Traé vino, ganas de coger y un condón por si acaso.” Valentina respondió con un “¡Voy, pija! Y si no, lo fabrico con papel higiénico y esperma prestado.”
La fiesta era en un depto de Once, moderno, con piso de madera y una cocina americana que daba hacia el balcón, donde tres personas fumaban y discutían si el nuevo tango de Leônidas era *garchado* o *demasiado clásico*. Valentina entró con una botella de Malbec barato y una sonrisa de “vení, que te esperaba”. Sofía, con un vestido celeste pegadito al cuerpo y los pies descalzos, la abrazó fuerte, le besó la mejilla y le susurró: “Che, vos venís sola, ¿no?”
—Sí, compa —respondió Valentina, ya con la botella en la mano y el vaso medio lleno—. Manuela me mordió el tobillo ayer y me guardó rencor.
Sofía se rió, le dio un golpecito en el brazo y la llevó al living. Había más gente: gente de la oficina, un par de amigas de la facultad, y un tipo nuevo, alto, con barba bien recortada y una camiseta negra que decía *“No me hables si no tenés ganas de coger”*. Valentina lo miró. Él la miró de vuelta. Y no fue una mirada pasajera: fue una mirada de esas que se meten por los ojos y te dejan la piel caliente.
—Éste es Luciano —dijo Sofía, como si acabara de sacarlo de debajo del sofá—. Es de contabilidad. Y es gay. Pero también me dijo que le gustás.
—¿En serio? —preguntó Valentina, con la ceja alzada, ya con el vino corriéndole por las venas.
—Sí, pero tranqui, vos no tenés que hacer nada. Solo decí “bueno, sí” si te da la gana —respondió Luciano, con una sonrisa que parecía de *“sabés lo que digo”*.
La noche pasó como una cerveza tirada: risas, música fuerte, una ronda de *“contá un secreto que nunca le contaste a nadie”* (Valentina contó que una vez, en un subte, le dio una ganada de cagar encima de un pibe que usaba perfume de viejo, pero que era tan suave que se le pasó la vergüenza en cuanto bajó en Callao), y más vino. A las 00:30, Sofía desapareció con un tipo de peluca rizada y un piercing en la lengua. El living se vació poco a poco. Quedaron Valentina, Luciano, y una tipa que ya no hablaba, solo se reía sola en el sofá.
—Vamos a la cocina —dijo Luciano, tomando su vaso vacío—. Me tenés ganas, ¿no?
—Sí —respondió Valentina, sin mentir—. Pero vos también, ¿no?
—Sí. Y no solo por vos. Por mí también.
Se sentaron en el mostrador, con las piernas casi juntas. Valentina lo miró: las cejas gruesas, los ojos claros, la boca que parecía hecha para besar y para decir *“sí, querés?”*. Luciano la miraba de a poco, como si la estuviera desprendiendo, una por una, como si fuera un paquete de dulce de leche.
—¿Vos siempre cagás con tipos? —preguntó él, con voz suave, como si lo estuviera probando.
—Sí y no. A veces cogo con mujeres, a veces con hombres. Depende de quién me toque el alma y me haga sentir que el cuerpo me tiembla.
—¿Y si te toco yo? —dijo Luciano, y puso una mano sobre su muslo, justo arriba de la rodilla.
Valentina se heló. No por sorpresa, sino por la certeza: *acá empieza*.
—Probá —dijo, con la voz más baja, más caliente.
Luciano apoyó la otra mano a su lado y se acercó. Su aliento le rozó la oreja.
—¿Te gusta que te toque así? —preguntó, y empezó a mover los dedos, despacio, por el interior del muslo, subiendo hasta que sus pulgares rozaron el borde de la minifalda.
Valentina soltó un suspiro largo, como si hubiera estado conteniendo aire desde que entró.
—Sí. Pero no me hagás esperar tanto.
Luciano se rió, chico, y le mordió la oreja.
—Vos sí que sabés lo que querés.
La besó entonces. No con timidez, no con miedo. Con ganas. Con la boca seca, con la lengua que entró a buscarla como si ya la conociera desde chico. Valentina le correspondió, le agarró la nuca, lo tiró un poco hacia atrás para verlo mejor. Sus pechos se rozaron contra el pecho de él, y sintió el calor de su cuerpo, el olor a jabón de menta y algo más, algo que olía a *él*.
—¿Querés que te saque esta polla? —le susurró al oído, apretando la mano sobre su concha.
—Sí. Sacála. Despacio.
Luciano se separó un poco, la miró con los ojos oscuros, y le desabrochó el sujetador con un movimiento fluido. Valentina se lo quitó por completo, dejando al descubierto los pechos, redondos, con los pezones duros, ya húmedos de anticipación. Él se inclinó y lamió uno, despacio, con la lengua plana, girando, chupando con suavidad hasta que Valentina gimió, alta, como una sorda.
—Dios, sí —dijo, empujando sus caderas hacia adelante—. Chupá bien, pija.
Luciano lo hizo. Y mientras, con la otra mano, metió los dedos dentro de su short de algodón, rozó el clítoris, apretó, y luego metió dos dedos, húmedos ya, dentro de su concha. Valentina cerró los ojos, se mordió el labio, y arqueó la espalda.
—Sí, sí, sí —murmuraba, como una oración—. Más fuerte.
Luciano la miró, la mano moviéndose rápido, los dedos entrando y saliendo, mientras su boca seguía chupándole el pezón. Valentina sintió que se venía, que el cuerpo le temblaba, que el mundo se achicaba hasta ser solo eso: la boca de él, los dedos de él, su respiración caliente en el cuello.
—Estoy por venir —dijo, con la voz rota.
—Cagá, cagá, cagá —le pidió Luciano, apretando los dedos, frotando el clítoris con el pulgar.
Valentina explotó. Un gemido agudo, largo, que salió de lo más profundo, acompañado de un espasmo que le recorrió el cuerpo de punta a punta. Se agarró de los hombros de él, le clavó las uñas, y se dejó llevar.
Luciano se separó, se limpió la boca con el dorso de la mano, y se paró.
—Ahora vos —dijo, y se quitó la camiseta—. Quiero que me garchés.
Valentina se paró también, lo miró desabrocharse el jeans, sacar la polla, dura, gruesa, con la punta húmeda. La tomó con la mano, sintió su peso, su calor. La besó de nuevo, y esta vez fue ella quien metió la lengua, que encontró la de él, y que se enredó con la suya, con el sabor a vino y a él.
Se sentó sobre el mostrador, abrió las piernas, y lo guió.
—Meté toda —dijo.
Luciano empujó. La polla entró, lenta, calentando su interior, estirándola, llenándola. Valentina soltó un grito ahogado.
—Dios, qué bien —murmuró—. Más.
Luciano la cogió, fuerte, con las manos en sus caderas, moviéndose con ritmo, entrando y saliendo, hasta que sus respiraciones se confundieron. Valentina lo miró, lo besó, le mordió el hombro, y cuando él se acercó a su oreja y le dijo *“cagá, cagá, cagá”*, ella se vino otra vez, más fuerte, con un gemido que salió como una oración.
Luciano se corrió dentro de ella, con un gruñido bajo, con la espalda arqueada, con los ojos cerrados. Valentina lo sintió vibrar, sentir su semilla quemándole el fondo del vientre.
Se quedaron así un rato, abrazados sobre el mostrador, con las piernas de él entre las de ella, con la perra Manuela entrando y saliendo del depto como si nada.
¿Te ha gustado? Valóralo