Lo que pasó en el cumpleaños de la amiga

Lo que pasó en el cumpleaños de la amiga

@fernanda_luz ·29 de junio de 2026 · 🔥 4.7 (23) · 28 lecturas · 4 min de lectura

La casa de Lucía estaba llena de risas, música a volumen moderado y el olor a asado que se colaba por las ventanas abiertas. Fernanda se recostó contra la barra de la cocina, con un vaso de vino en la mano, observando cómo su amiga Lucía —su mejor amiga desde la universidad— se reía con su marido, Martín, mientras él le pasaba los dedos por la cintura antes de besarle la nuca. Fernanda sonrió, pero algo se le encendió adentro, una chispa que no esperaba. Porque Martín no la miraba a ella —pero sí la había mirado antes, en otras noches, en silencio, con una sonrisa que no decía todo, pero sí mucho.

Ella sabía que Lucía le había contado sobre los insomnios de Fernanda, sobre su matrimonio tranquilo pero frío, sobre cómo hacía meses que no sentía nada más que cansancio y rutina. Y Martín, siempre amable, siempre atento, le había dejado una mano en el hombro una tarde, cuando ella se quedó a dormir en la casa después de una reunión, y le dijo: “Si alguna vez querés que alguien te despierte bien… acá estoy.” Ella no supo si era broma o promesa. Hasta hoy.

Cuando la fiesta empezó a vaciarse —Lucía y Martín se despedían de los últimos invitados—, Fernanda se ofreció a ayudar a recoger. Martín, ya con la camisa desabrochada y el pelo despeinado, la detuvo en el pasillo oscuro:

—¿Te quedás un ratito? Lucía me dijo que te ibas a quedar.

Ella no mintió. Ni confirmó. Solo se dejó arrastrar por la mano de él, que la tomó de la muñeca con suavidad, y la llevó al cuarto de huéspedes. La puerta se cerró con un clic suave.

—Estás hermosa, Fernanda —dijo él, y por primera vez, no la miró como a la amiga de su mujer, sino como a una mujer sola, deseable, allí, frente a él.

Fernanda sintió el vino en la sangre, pero también otra cosa: una tensión que la hizo temblar apenas. Se acercó, casi pegada a él, y con la yema de los dedos le desabrochó el último botón de la camisa. Martín contuvo el aliento, y cuando ella le rozó el pecho con la palma, él soltó un suspiro que no fue de sorpresa, sino de necesidad.

—¿Estás segura? —preguntó, pero no hizo para alejarse.

Ella le besó el cuello, luego la mandíbula, y por fin, sus labios se encontraron: lento, profundo, con una urgencia que no tenía nada de forzado. Martín la abrazó por la cintura, la levantó apenas para acercarla más, y cuando sus cuerpos se tocaron, Fernanda supo que ya no había vuelta atrás.

Él la llevó a la cama, la dejó caer con cuidado entre las sábanas, y se puso de rodillas frente a ella. Le desabrochó el blazer, luego la blusa, y cuando los senos le aparecieron, redondos y firmes, con los pezones tiesos por el frío y el deseo, no dudó. Bajó la cabeza y chupó uno con suavidad, mientras con la mano derecha le masajeaba el otro, acariciándole la arista del pecho con el pulgar. Fernanda arqueó la espalda, soltó un gemido ahogado —“ay, Dios” — y le metió los dedos en el pelo, jalándolo con cariño, sin fuerza, como si le agradeciera cada segundo.

—Quiero verte, Fernanda —susurró él—. Quiero verte desnuda, queriendo.

Ella se sentó, le desabrochó el cinturón, bajó la cremallera de su pantalón, y cuando su pene salió, grueso y ya medio duro, lo sostuvo entre las manos y lo frotó con un movimiento lento, ascendente, desde la base hasta la punta. Martín cerró los ojos, se mordió el labio, y cuando ella lo llevó entre los labios, lo chupó con delicadeza, saboreándolo como si fuera el primer beso.

—No, no así… —dijo él, y la levantó de nuevo—. Quiero estar dentro de vos.

La tiró hacia atrás, le abrió las piernas con las rodillas, y se posicionó entre ellas. Con un dedo, le separó la concha, le rozó el clítoris, y cuando ella gimió, alto esta vez, le metió dos dedos húmedos, con un movimiento lento, cíclico, hasta que ella se estremeció, los ojos cerrados, los dientes apretados.

—Estás mojada… vos estás muerta de ganas —susurró él, y se lubricó con la humedad que le había sacado, y se empujó dentro de ella con un solo movimiento firme.

Fernanda soltó un grito suave, se aferró a sus hombros, y lo sintió todo: su grosor, su calor, el ritmo que él le imponía, cada embestida profunda, cada pausa para besarle el cuello, para morderle el hombro, para mirarla a los ojos mientras ella lo miraba a él.

—Estoy… casi… —dijo ella, la voz rota.

—Cógeme, Fernanda —pidió Martín—. Cógeme como querés.

Y ella lo hizo. Lo envolvió con las piernas, lo atrajo hacia sí, y cuando él se corrió dentro de ella, con un gemido gutural, ella lo siguió, con un temblor que le recorrió todo el cuerpo, con los ojos abiertos, mirando su cara, viéndolo caer rendido sobre ella, sudoroso, jadeante, y aún

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