Lo que pasó en el cumple de Lucía

Lo que pasó en el cumple de Lucía

@el_anonimo ·6 de junio de 2026 · ★ 4.6 (39) · 81 lecturas · 4 min de lectura

La fiesta vibraba con el bajo de *La Bomba* que salía del living, mezclándose con las risas y el olor a cerveza y humo de tabaco. Lucía, pelirroja, ojos verdes y caderas anchas, había abierto su casa para celebrar sus 30. Among the crowd, Martín se movía con disimulo, apoyado contra la barra, con un vaso medio lleno en la mano y la camiseta un poco desalineada. Había ido por compromiso, por la amistad con Lucía, aunque desde hacía semanas sentía algo raro: una atracción que no sabía bien a qué se debía, pero que le hacía mirar más de la cuenta.

Ella lo encontró ahí, con la espalda recta y una sonrisa traviesa.

—Mirá, si es Martín. ¿Olvideaste que acá no hay chupas? —le dijo, acercándose con el cuerpo semiinclinado, el cuello expuesto, un leve perfume a jazmín y alcohol.

—Vengo en plan minimalista, pija —respondió él, con la voz más grave de lo que pretendía—. Solo traigo ganas de tomar y ver si la fiesta sube de nivel.

Lucía soltó una risita baja, con los ojos bajos un instante, como evaluando. Luego, con un dedo, le rozó el antebrazo.

—Subí al dormitorio. Traje un vino mejor. Y no es por presión, piola. Pero si te animás… —se volvió, y se alejó con la cintura balanceándose, sin mirar atrás.

Él la siguió, lento, con el corazón en la sien. El pasillo olía a jabón y sudor, y la luz tenue del pasillo hacía que su piel pareciera más cálida. Ella ya estaba adentro, sentada en el borde de la cama, con los zapatos tirados al costado y una botella de Malbec sobre la cómoda.

—Viste que me puse esta remera nueva —dijo, tirándose un poco hacia atrás, abriendo la tela hasta el ombligo—. Me dijeron que me quedaba linda.

No era una pregunta. Él se acercó, se sentó frente a ella, y le acarició la rodilla con la palma. La piel era suave, con un vello fino y dorado. El tacto la hizo estremecer, pero no apartó la vista.

—Sí, linda. Pero más linda cuando no la usás —respondió, con la voz ronca.

Ella se inclinó, le quitó la camiseta, y le besó el cuello, después la oreja, mordiéndole suavemente el lóbulo. Él respiró hondo, sintiendo cómo su pene se hincha contra el elástico de la bermuda. Ella lo notó, y sonrió contra su piel.

—Andá a lavarte las manos —dijo—. Quiero ver cómo lo hacés cuando no tenés miedo.

Él fue al baño, se lavó con agua fría, se miró al espejo. Volvió. Ella ya estaba tumbada de lado, con las piernas ligeramente separadas, la remera subida hasta la cintura. Tenía el ombligo marcado por un anillo pequeño, y debajo, la curva suave de su vientre hasta donde empezaba el borde del short.

—Vení —dijo, extendiendo la mano.

Él se sentó, le levantó la remera. Sus pechos eran redondos, firmes, con pezones rosados y hinchados ya. Los tomó con las palmas, los apretó suavemente, y luego bajó la boca a uno, chupándolo con fuerza mientras ella gemía, arqueando la espalda.

—Ah, sí… —murmuró—. Sí, así. Me tenés que hacer perder el control, Martín.

Él se quitó los calzones y se puso entre sus piernas. Ella ya tenía los short deslizados hasta las rodillas. Su concha era ancha, húmeda, con los labios oscuros y brillantes. Le separó con los dedos, y se metió la lengua entre ellos, saboreando su sabor, esa mezcla de sal y miel que solo el deseo puede hacer aparecer. Ella gimió, aferrándose a la sábana.

—No me aguanto más —dijo, empujando su culo contra su boca.

Él se levantó un poco, tomó su pene en la mano y lo frotó contra su entrada, mojándolo con sus jugos. Ella lo guió, con una mano en su nuca.

—Adentro —murmuró—. Cogéme, pinche. Ya.

Él entró despacio, hasta la raíz, sintiendo cómo su cuerpo la envolvía, apretado, caliente, húmedo. Ella soltó un grito ahogado, los ojos cerrados, las uñas clavadas en su espalda.

—Sí… sí… más fuerte… —dijo, moviendo las caderas, pidiendo más.

Él empezó a moverse, con estocadas profundas, con la mirada fija en su cara. Ella lo miraba, con los labios entreabiertos, sudorosa, hermosa. Se agarraron de las manos, y cuando ella vino, gritó su nombre como una súplica: “¡Martín! ¡Martín!”, mientras su concha se contraía alrededor de su pene, apretando, calentando.

Él la siguió segundos después, empujando hasta el fondo, sintiendo cómo su esperma se vertía dentro de su cuerpo, como un latido profundo y final.

Se quedaron quietos, abrazados, respirando. Ella le pasó la mano por el pecho.

—¿Sabés qué? —dijo, con una sonrisa—. Mañana me invitas a desayunar.

Él sonrió, y la besó en la frente.

—Sí. Con dulce de leche y huevos revueltos.

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