Lo que pasó en el cuarto de visitas
7 minLo que pasó en el cuarto de visitas
La puerta del cuarto de visitas estaba entreabierta. Un haz de luz del pasillo entraba por la rendija y se extendía como una cinta dorada sobre el suelo de madera, deteniéndose justo al borde del colchón de invierno, planchado sobre el piso porque el colchón real estaba en el cuarto principal, limpiándose esa semana. Lucía desordenado pero limpio: sábanas blancas, dos almohadas, una manta doblada al pie. El aire olía a detergente y a polvo acostumbrado, pero también —ya— a sudor y a algo más denso, más húmedo, algo que comenzaba a colarse entre los hilos del algodón.
Elena se paró en el umbral, con la espalda apoyada contra el marco, los brazos colgando a los lados. Tenía treinta y dos años, piel morena clara, caderas anchas y pechos pequeños pero firmes, con pezones oscuros que se erizaron apenas sintió el aire fresco del pasillo contra los pezones ya duros. Llevaba una camiseta vieja de algodón gris, demasiado grande, que le llegaba a medio muslo. Sin medias, sin sandalias, los pies descalzos sobre el frío del piso. Sus ojos —verdes, húmedos— se clavaron en el hombre que estaba sentado en el borde del colchón, con las piernas separadas, las manos entre los muslos, los codos apoyados en las rodillas. No la miraba directo. No necesitaba hacerlo.
—Te dije que cerraras la puerta —dijo ella, voz baja, ronca, como si ya hubiera estado hablando un rato—. Pero no la cerraste.
—No quería hacer ruido —respondió Mateo, de treinta y cinco, musculatura definida pero no exagerada, piel oscura con vellosidad morena en los antebrazos, el cuello, el pecho. Se inclinó un poco hacia adelante y se sacudió el pantalón, como quitándose polvo invisible—. Y no sabía si tenías ganas de que alguien te tocara así.
Elena soltó una risita corta, seco, sin humor. Caminó hacia adentro sin prisa, los pasos medidos, los pies casi sin hacer ruido. Se detuvo frente a él, a un metro. Bajó la mirada. Su entrepierna ya estaba hinchada, la tela del pantalón ajustado marcaba el contorno del pene, duro, pesado, listo. No era la primera vez que lo veía así, pero sí la primera vez que lo veía así *por ella*, sin trampas, sin bebidas, sin excusas.
—¿Y tú sí sabes? —preguntó, y se agachó lentamente, como si la gravedad la hubiera traicionado, hasta dejar sus rodillas en el colchón. Se inclinó hasta poner su boca casi pegada al oído de Mateo—. ¿O es que solo lo estás fingiendo porque sabes que me gusta verlo?
Mateo respiró hondo, lento, y por fin la miró. Sus ojos negros, oscuros, no tenían dudas. No había vergüenza, tampoco_excusa. Solo necesidad, clara y plana como una hoja de sierra.
—No la fingo —dijo. Y entonces, con lentitud calculada, levantó una mano y le acarició la mejilla. El pulgar rozó su labio inferior, húmedo ya por la anticipación—. Pero si me pides que pare… lo hago.
Elena no respondió con palabras. Abrió la boca, sugiriendo con el aliento que él la besara. Mateo lo hizo. Fue un beso seco, breve, pero profundo: lengua que entró, dientes rozándose, labios que se hinchaban con el peso de lo que venía. Ella respondió agarrándole la nuca, tirando con suavidad, forzándolo a inclinarse más, a que su cuerpo quedara contra el suyo. Elena sintió el calor del pecho de Mateo, el latido de su corazón en el cuello, el peso del pene contra su muslo cuando él se incorporó un poco para deslizar la camiseta gris por encima de su cabeza.
Elena no perdió el tiempo en mirar su cuerpo. Ya lo conocía. Ya lo había tocado antes, en esas noches en que la casa estaba vacía y el tiempo se hacía lento. Pero esta vez no era una aceleración de la rutina. Esta vez *era* el momento.
Se puso de rodillas frente a él, sin romper el contacto visual. Con una mano le desabrochó el cinturón; con la otra, el botón del pantalón. El zip bajó con un susurro metálico. Mateo respiró más fuerte, los músculos del estómago tensándose. Ella sacó el pene con cuidado, aún dentro del calzoncillo interior. Era grueso, largo, la cabeza ya brillante por el preseminal. El prepucio estaba tieso, cubriendo apenas el glande, que palpitaba como un corazón pequeño.
—Huele a ti —dijo Elena, acercando la nariz a la tela, aspirando—. A salado. A ganas.
Mateo se llevó las manos a su cabeza, cerrando los ojos. No decía nada. Solo la dejaba hacer.
Elena tiró del calzoncillo y lo bajó hasta las rodillas de Mateo. Él ayudó, sacando una pierna, luego la otra. Quedó desnudo sentado frente a ella, el pene colgando hacia adelante, pesado, la punta húmeda, el escroto apretado, los testículos duros y llenos. Elena lo miró, y luego lo toco: con la palma, con los dedos, rozándole el vello del pubis, deslizando las uñas cortas por su muslo interno. Luego, con la punta de los dedos, acarició el prepucio, subiendo y bajando, estirándolo suavemente.
—¿Te gusta que te toque así? —le preguntó, voz baja—. ¿Te gusta que te vea sin vergüenza?
—Sí —dijo Mateo, voz quebrada—. Te miro cuando lo haces. Me gusta más queanything.
Elena sonrió. Se inclinó y puso la boca sobre el glande. Lo lamía con lentitud, empezando por el centro, bajando la lengua como si lo saboreara. El sabor era salado, fuerte, *real*. Mateo gimió, una nota corta, ahogada. Ella lo dejó unos segundos, solo con la boca cerrada sobre él, su aliento caliente entrando y saliendo. Luego, abrió la boca, hundió el prepucio hacia atrás y metió el glande entero. Lamió con fuerza, moviendo la cabeza de abajo hacia arriba, con un ritmo lento, constante. La lengua le rozaba el surco coronoideo, el frenillo, el bajo del glande. Mateo le aferró el pelo, no con fuerza, pero con urgencia.
—No te muevas —le dijo él, y ella obedeció.
Mateo se puso de pie, la tomó de la mano y la jaló suavemente hacia atrás. Ella se dejó llevar, sin resistencia. Él la sentó en el colchón, de espaldas, con las piernas abiertas. Ella no se cubrió. Se limitó a mirarlo, las manos apoyadas atrás, los codos hundidos en el colchón, el pecho erguido, los pezones ya oscuros y hinchados. Mateo se arrodilló entre sus piernas, separó sus muslos con las manos, y se inclinó.
—¿Tú me tocas mientras lo hago? —preguntó, sin levantar la vista.
—Sí —respondió Elena—. Pero solo si me lo haces bien.
Mateo no dijo más. Bajó la cabeza y le lamió el clítoris. Fue un contacto breve, seco, pero suficiente para hacerla arquear la espalda. Luego, con los dedos, separó los labios de su vagina, expuso el orificio, y se metió dos dedos húmedos con la saliva que ella misma había dejado en su boca. Entraron con facilidad, la piel de Elena ya estaba húmeda, la vagina tensa, caliente, *esperándolo*. Movió los dedos con lentitud, girándolos, estirando el primer anillo, buscando su punto más sensible. Elena gimió, cerró los ojos, mordió su labio.
—Ahora —le pidió.
Mateo se levantó, tomó su pene con la mano derecha y lo colocó contra la entrada de Elena. La cabeza del glande rozó su clítoris, luego se deslizó entre los labios, rozando la entrada. Ella jadeó, estrechó los muslos un poco, pero no lo detuvo.
—Empuja —le dijo.
Mateo empujó. Lento. Con control. El pene entró, primero la cabeza, luego el glande, luego el resto. Elena sintió el estiramiento, el calor, el peso de su cuerpo llenándola desde adentro. Se abrió por completo, relajó el suelo pélvico, dejó que él se metiera hasta la base. Cuando Mateo quedó completamente dentro, ambos quedaron inmóviles. Ella puso las manos sobre sus hombros, las uñas rozando la piel. Él apoyó las manos a cada lado de su cabeza, el pecho contra su pecho, el sudor empezando a humedecer susrostros.
—¿Estás bien? —preguntó, voz temblorosa.
—Sí —respondió Elena, y lo besó—. Ahora sí muevete.
Mateo empezó a moverse. No con fuerza. Con cal
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