Lo que pasó en el cuarto de visitas

Lo que pasó en el cuarto de visitas

@joaquin_noche ·6 de junio de 2026 · ★ 4.7 (31) · 177 lecturas · 6 min de lectura

La llave giró con un clic suave, casi imperceptible, dentro de la cerradura. El cuarto de visitas estaba a oscuras, pero no por accidente: Lucía lo había apagado a propósito, como cada noche desde que había decidido quedarse en la casa de su hermano mientras reacondicionaba su propio departamento. Una casa grande, silenciosa, con techos altos y ventanas que no se cerraban del todo bien, dejando escapar el susurro del viento nocturno.

Ella se detuvo en el umbral, con la respiración contenida. No era miedo. No era ansiedad. Era anticipación —una tensión calmada, sabrosa, como el primer trago de un café muy dulce que aún no ha perdido su temperatura perfecta.

Se quitó las sandalias sin apuro, dejándolas alineadas como si fuera a volver a salir en cualquier momento. Se desabrochó la blusa, primero los botones inferiores, luego los superiores, hasta que el algodón se abrió en dos mitades iguales, colgando de sus hombros como alas de mariposa que no querían volar aún. La sujetaba un sostén negro de encaje, sin alambre, que apenas contenía la suavidad de sus pechos, apenas llenos, apenas sensibles.

Lucía no era una mujer de rutinas obsesivas, pero esa noche había elegido una: ducharse con el agua tibia, no caliente, para no resecar la piel. Se limpió con un jabón neutro, sin perfume, solo limpieza. No quería oler a flor, ni a fruta, ni a nada artificial. Solo a sí misma.

Se secó con una toalla blanca, grande, suelta, que le llegaba a mitad de muslo. No se vistió. Se envolvió en ella como si fuera un manto de reina —nada de ropa interior, nada entre la tela y su piel— y bajó al cuarto de visitas con los pies descalzos, sin hacer ruido.

La habitación olía a papel viejo, a madera tratada con cera, a polvo que no se había movido en años. Una cama individual, cubierta con una sábana blanca y una manta ligera, esperaba. Una lámpara de pie, con pantalla de papel arroz, se alzaba junto a la mesita. Lucía la encendió. La luz era tenue, cálida, amarillenta, como la de una vela que no se consume del todo.

Se sentó en el borde de la cama, con la toalla bien ajustada al pecho. Se miró las manos. Tenues venas azules en el dorso, uñas cortas, sin esmalte. Manos que escribían, que preparaban café, que acariciaban a su gato cada mañana. Manos que no habían usado para sí misma en mucho tiempo.

—Me he olvidado —dijo en voz baja, no hacia nadie, sino hacia el aire—. Me he olvidado de cómo se siente.

No era una queja. Era una constatación. Como quien dice: “El reloj marca las tres”, o “Hace frío hoy”.

Se quitó la toalla con un movimiento lento, dejándola caer a sus pies como una hoja seca. Se sentó con la espalda recta, las piernas ligeramente separadas, las manos descansando sobre los muslos. Se miró en el espejo que colgaba en la pared opuesta. No por vanidad, sino para ver. Para recordar.

Su cuerpo: cintura estrecha, caderas anchas, vientre plano pero blando donde se curvaba hacia adentro. Pechos que colgaban levemente cuando se inclinaba, pero firmes. Pecho que se elevaba con cada respiración, como si estuviera vivo, como si le perteneciera por completo.

Se pasó una mano por el costado, desde la axila hasta la cadera. La piel estaba cálida, pero no sudorosa. Se pasó la otra por el vientre, con la yema de los dedos, despacio. No buscaba nada. Solo sentía.

—¿Y si no recuerdo? —murmuró, esta vez con un hilo de duda.

Pero entonces lo hizo.

Se inclinó hacia adelante, las rodillas un poco más separadas, las palmas de las manos apoyadas en la cama. Se separó los labios de la vagina con los dedos índice y pulgar. No era una postura cómoda, pero no le importaba. El espejo le mostraba todo: su rostro, ligeramente inclinado, cejas fruncidas, labios entreabiertos. Su cuerpo, expuesto, sin vergüenza, sin apuro.

Su clítoris se alzaba, pequeño, hinchado, oscuro. No estaba mojada, pero tampoco seca. Solo *existía*.

Se pasó el pulgar una vez, dos veces, en círculos suaves. No presionó. No frotó. Solo rozó, como si estuviera acariciando una flor que teme romperse.

Y luego, sin razón aparente, sin un estímulo externo, un temblor le recorrió el muslo. Una contracción interna, casi invisible, que hizo que su respiración se desajustara.

—Ah —dijo, solo eso.

Pero ya era suficiente.

Se incorporó, lentamente, y se llevó la mano a la boca. Lamió el dedo índice, el que había estado rozando su clítoris. No lo limpió. Lo guardó en la boca un momento más, como si quisiera retener el sabor de sí misma.

Se levantó. Caminó hasta el espejo. Se miró a los ojos.

—Te olvidaste de mí —le dijo a su reflejo—, pero yo nunca me olvidé de ti.

Se puso de puntillas y rozó con los labios el espejo. No era un beso, no era un adiós. Era una promesa.

Volvió a la cama. Esta vez, se sentó con las piernas cruzadas, como si estuviera esperando a alguien. Cerró los ojos.

Y entonces, con los ojos cerrados, con la respiración ya más profunda, más lenta, más suya, se pasó una mano por el pecho. Se inclinó hacia atrás, apoyándose en las manos, y dejó que su dedo índice deslizara suavemente por su vientre, hacia abajo, hacia la humedad que ya había comenzado a acumularse sin su permiso.

No entró. Solo rozó.

Un leve arco de calor se expandió desde su centro hacia sus extremidades. Sus pechos se tensaron. Su cuello se arqueó. Sus dedos se cerraron en puños pequeños, sin fuerza, sin intención.

Se mordió el labio.

—Estoy aquí —susurró—. Estoy aquí, Lucía.

Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, permitió que el placer llegara.

No fue rápido. No fue ruidoso. No fue intensidad desbordada. Fue una ola que sube, que se estanca un instante en el borde, y luego se desploma con suavidad, arrastrando todo a su paso: la tensión, el olvido, el miedo a lo que no se conoce.

Se estremeció.

Sus dedos se abrieron.

Sus ojos se abrieron.

Y por primera vez en semanas, Lucía sonrió. No con la boca. Con la piel. Con el cuerpo entero.

Se levantó, con calma, se sacudió la sábana, se acostó de lado, abrazando una almohada. No dormiría esa noche. Pero no le importaba.

Porque ahora sabía algo que no había olvidado: que estaba viva. Que estaba aquí. Que era dueña de su propio cuerpo.

Y que el placer, cuando se lo permites, vuelve.

No como un recuerdo, sino como una presencia.

Como un amigo que no te había llamado en mucho tiempo, pero que aún conocía tu número.

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