Lo que pasó en el cuarto de alquiler del fondo
7 minLo que pasó en el cuarto de alquiler del fondo
Sospechaba que la vecina del fondo andaba con alguien desde que la vi una tarde, a través de la rendija del persiana medio corrida, con la camiseta mojada de sudor y el pelo pegado a la nuca, sentada en el borde de la cama con las piernas abiertas, mientras un tipo de espalda ancha y pelo cano le acariciaba las nalgas. No me importaba —yo ya tenía mi vida, mi rutina— pero el gesto de ella, esa mezcla de cansancio y placer contenido, me clavó algo en el pecho. Y desde ahí, sin querer, empecé a mirar más.
La llamaba Clara. Vivía sola desde que se separó, según escuché una mañana en el ascensor, mientras se ajustaba los lentes y decía con una risa suave: “Ahora sí, a vivir un poco”. Tenía treinta y tantos, pechos chicos pero duros, cintura fina, y una forma de caminar que parecía que no le pertenecía del todo: como si estuviera aprendiéndose a sí misma otra vez.
Yo la veía desde mi ventana, sí, pero también desde el balcón del fondo, que daba justo al suyo. No era espía, era casualidad. O eso me decía. El caso es que una noche, con la luna casi llena y el aire cargado de humedad, la vi entrar con un paquete pequeño en la mano, sin cerrar bien la puerta del balcón. El vidrio no cerraba del todo, y la ventanita se quedó entreabierta, como un convite.
Me paré. No sabía por qué. Tal vez por el vino que me había tomado, o por el silencio del edificio, o por el modo en que se desabrochó la blusa en cuanto cruzó la puerta, dejando al descubierto el encaje negro de un sujetador bajo, desparejo, como si lo hubiera puesto apurada. Me acerqué al balcón, sin hacer ruido, y me senté en el peldaño de abajo, con las rodillas dobladas, los codos apoyados en las muslos. La miraba sin respirar.
Ella se acercó a la ventana, abrió un poco más, y se inclinó para ajustar la cortina. Entonces me vio. Yo no me moví. No me bajé la camiseta, no me oculté. Solo la miré fijo, como si ella también me estuviera esperando.
—¿Viste que no cierra bien? —dijo, y su voz era más aguda de lo que pensaba, más temblorosa—. No sé por qué no la cerré bien hoy.
No respondí enseguida. La vi tragar saliva, y sus pechos subieron un poco con el movimiento, como si fueran a escaparse del encaje. Me levanté, despacio, y me acerqué a la reja que separaba nuestros balcones. Estaba oxidada, pero sólida. A pocos pasos de ella.
—¿Querés que la cierre? —pregunté, y me di cuenta de que mi voz también temblaba.
Ella no contestó. Solo me miró, con los ojos más grandes de lo normal, y se mordió un poco el labio inferior. Entonces me tendió la mano, sin romper el contacto visual, y me hizo un gesto para que me acercara más. Me paré en el borde de mi balcón, con los pies colgando, y ella hizo lo mismo del suyo. Estábamos a un palmo de tocarnos, si hubiéramos querido.
—¿Por qué no entrás? —susurró.
No dudé. Subí los tres peldaños de su balcón con facilidad, y cuando mis pies tocaron el suelo de su departamento, ella me agarró del brazo y me tiró adentro, como si me hubiera estado esperando desde siempre.
La habitación olía a lavanda y a piel. La luz era tenue, apenas un velador en la mesa de noche, y sus ojos brillaban como si tuviera miedo y deseo a la vez. No me besó enseguida. Me tomó de la cara, me miró los ojos, y luego bajó lentamente hasta mi cuello, con la lengua apenas rozando, como si estuviera probando si yo era real.
—Viste, sí —dijo, y eso no era una pregunta.
—Sí —confesé.
—¿Cuánto tiempo?
—Desde hace un mes, más o menos.
—¿Y por qué no me hablaste?
—Porque no sabía si vos querías que lo hiciera.
Me besó entonces, con fuerza, y su boca era cálida, húmeda, con sabor a té de manzanilla y algo más dulce, como si hubiera estado lamiéndose los labios antes de que yo llegara. Me empujó contra la pared, y yo le agarré las caderas, sintiendo el calor a través de la tela del pantalón. Ella se deshizo de la camiseta, y yo le pasé las manos por la espalda, sintiendo la curva de sus omóplatos, el hueso de la columna, y luego el encaje que apenas la sujetaba.
—Despacio —me pidió—. Quiero verte.
Me desabroché la camisa, y ella me ayudó, con lentitud, como si cada botón fuera un acorde que debía aprender. Cuando quedamos los dos en calzas, ella retrocedió un paso y me miró de arriba abajo, con los ojos entrecerrados.
—Sos más lindo de lo que imaginé —dijo, y se acercó de nuevo, pero esta vez se arrodilló, y con una mano me agarró la entrepierna, y con la otra me acarició la cara—. Estás duro como una piedra.
Me deslicé los dedos por la nuca, y ella se puso de pie, me tomó de la mano y me llevó a la cama. La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando sus pechos, que tenían el color del café con leche, y los pezones duros como pequeños botones. Me senté, la llamé con un gesto, y cuando se acercó, la tomé de las caderas y la dejé sentada sobre mis muslos, de espaldas a mí, con la cabeza apoyada en mi hombro.
Le desabroché el sujetador con los dientes, y ella soltó un suspiro largo, como si lo estuviera conteniendo desde hacía años. Le pasé las manos por el frente, sentí la suavidad de su piel, y luego le acaricié los pechos con suavidad, con el pulgar rozando el pezón hasta que se puso más duro, más hinchado. Ella se movió contra mí, buscando contacto, y yo le separé las piernas con las mías, sintiendo el calor que emanaba de su concha.
—Quiero verte —dije.
Ella se giró, me miró fijo, y se quitó la camiseta que aún le quedaba puesta. Luego, lentamente, se bajó las bragas, y las dejó caer al suelo. Estaba afeitada, con un vello fino y claro, y su concha estaba húmeda, rosada, con los labios ligeramente abiertos, como si la estuviera esperando. Me acerqué el rostro, y cuando sentí su olor —cálido, salado—, me incliné y le pasé la lengua por encima, desde abajo hacia arriba, con suavidad.
Ella soltó un grito ahogado, y sus manos se cerraron sobre mi cabeza, como si me sostuviera para que no me escapara. Le lamí el clítoris, pequeño y escondido, y ella se arqueó, jadeando, con los ojos cerrados. Le separé los labios con los dedos y le metí uno, despacio, sintiendo cómo se cerraba alrededor, cómo se apretaba como si quisiera tragármelo todo.
—Sí —gimió—, sí, así.
Le agregué otro, y ella me agarró el pelo, tirando un poco, y me pidió que la girara, que la pusiera de lado. Lo hice, y cuando se apoyó en mi pecho, le metí la lengua en la boca, y ella me respondió con la misma intensidad, con la misma hambre. Con la otra mano, le acaricié el culo, y luego le pasé los dedos por el ano, con cuidado, y ella se estremeció, como si le hubiera tocado algo prohibido.
—Quiero que me garchés —dijo, y su voz era un hilo—. Quiero que me garchés con todo.
Me paré, me deslicé las calzas, y ella me miró el pene, duro, derecho, con la punta brillante de preseminal. Me sentí expuesto, pero no avergonzado. Ella me tomó con la mano, me guió hacia su concha, y cuando la punta rozó su entrada, ella me empujó con una fuerza que no esperaba, y yo entré de golpe, hasta la raíz.
Ella soltó un grito, largo, como si lo estuviera soltando de alguna parte profunda. Yo me quedé quieto, sintiendo su calor, su apretón, la forma en que su cuerpo me rodeaba como si me hubiera estado recordando cómo hacerlo. Luego empezó a moverse, con pequeños movimientos de caderas, como si me estuviera aprendiendo.
—Mirame —me pidió—. Mirame mientras te muevo.
Y yo la miré: su cara entre sombras y luz, los ojos cerrados, los labios entreabiertos, el pelo pegado a la frente. Sus pechos subían y bajaban con cada movimiento, y yo le agarré las caderas, y empecé a meterla y sacarla,
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Cuento desde adentro, en voz baja. Lo que una piensa, lo que una calla, lo que una termina haciendo cuando nadie mira.