Lo que pasó en el barco de pesca

@el_marinero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

Yo no planeé nada. Solo estaba cansado de la rutina, de los días iguales, de las noches vacías. Había aceptado el trabajo temporal en la embarcación *La Sirena*, un viejo pesquero que zarpaba cada semana desde Guanacaste hasta las agujas de Isla del Coco. Tres semanas de mar abierto, redondeles de atún, y un sueldo doble por el riesgo. Nada romántico. Pero necesitaba salir de mí mismo, de los recuerdos de Sofía, de ese cuerpo que ya no me buscaba.

El barco olía a sal, a pescado muerto y a diesel quemado. Los hombres de la tripulación eran duros, de piel curtida por el sol, con tatuajes de ballenas y navajas escondidas en los bolsillos. No había mujeres a bordo. Solo nosotros. Y entonces, en el segundo día, cuando ya me habían asignado un catre estrecho en la cámara de fondo y me había acostumbrado al balanceo constante, apareció ella.

Llamaban a la embarcación por radio: “¿Reciben pasajeros? Un par de investigadores necesitan llegar a la isla para un estudio de coral. Pueden desembarcar en dos días.” El capitán, un tipo callado con bigote blanco y ojos de halcón, asintió. “Sí, sí. Manden el bote.”

No esperaban a dos personas. Solo a una.

Llegaron cuando el sol se ponía, teñiendo el mar de naranja sangre. Bajaron del lanchón con mochilas de neopreno y botellas de agua salada pegadas a las caderas. Ella fue la primera en subir la pasarela. Alta, morena, piel dorada por el sol, cabello largo y rizado atado en un nudo desordenado. Vestía shorts de neopreno y una camiseta ajustada que marcaba cada curva de sus pechos. Pero lo que me dejó sin aliento no fue su cuerpo, sino su mirada: directa, desafiante, como si ya supiera lo que iba a pasar.

—Hola —dijo, extendiendo una mano seca y fuerte—. Soy Camila. Bióloga marina.

Le devolví la mano, apretando un poco más de lo necesario. Sentí el pulso de su dedo, la textura de sus uñas cortas. No me presenté. Me llamó la atención que no lo hiciera ella tampoco.

—Este es el marinero —dijo el capitán, como si eso lo explicara todo.

Camila asintió, y por un instante, sus ojos bajaron hasta mi pecho, mi abdomen, mis pantalones. No me avergoncé. Me gustó que lo hiciera. Me gustó que me mirara como si ya estuviera desnudo.

Esa noche, después de la cena de sardinas fritas y arroz, me senté en la cubierta trasera, con un vaso de ron que el capitán me había servido sin pedir permiso. Camila salió poco después, envuelta en una bata ligera que dejaba ver sus muslos, y se sentó a un metro de mí. No hablamos al principio. Escuchamos el rumor del motor, el canto de las cigarras, el vaivén del barco. El viento le levantaba el cabello, y con cada ráfaga sentía el olor a mar y a jabón de coco.

—¿Cuánto te pagan por esto? —preguntó, sin mirarme.

—Lo suficiente para no pensar.

—¿Y piensas mucho?

—Sí. Demasiado.

Ella rió, suave, sin burla. Me miró de lado, y esta vez no bajó la vista. Se quedó con la mía, fija, como si me estuviera midiendo. Me di cuenta de que tenía una pequeña cicatriz en la ceja izquierda, y que su labio inferior era más grueso, más sensible.

—¿Por qué viniste? —le pregunté.

—Porque el mar me recuerda que soy pequeña. Y me gusta.

—¿Y por qué estás sentada aquí?

Ella se encogió de hombros, y la bata se abrió un poco más. Vi el borde de un sujetador negro, sin encajes, solo funcional. Pero no era esa la parte que me interesaba. Era el modo en que su respiración se aceleraba cuando el barco daba un golpe fuerte, como si el movimiento la empujara contra mí.

—¿Te importa si me quito la bata? —dijo.

—No.

Se quitó la bata y la dejó sobre el banco. Llevaba un short de neopreno que subía hasta la mitad del muslo, y una camiseta sin mangas que se ajustaba a sus pechos como un guante. Me fijé en los pezones, duros contra la tela fina. Me fijé en cómo se humedecía el interior de sus muslos con el roce del neopreno.

—¿Te gusta el mar? —preguntó.

—Me gusta más el silencio que deja después del temporal.

—¿Y qué te gusta hacer cuando no estás callando?

—Desear.

Ella se acercó un poco más. Tanto que sentí el calor de su pierna contra la mía. Su mano, que había estado apoyada en el banco, se movió lentamente hacia mi muslo. No me asusté. Me relajé. Dejé que sus dedos se deslizaran por el tejido de mis pantalones, rozando el borde de mi erección.

—¿Estás duro? —susurró.

—Sí.

—¿Te importa si lo toco?

—No.

Su mano se detuvo un segundo, como si midiera el riesgo. Luego, con lentitud, desabrochó mi botón y bajó la cremallera. Sacó mi pene, ya húmedo y tieso, y lo sostuvo en su palma. Lo frotó una vez, con cuidado, como si estuviera acariciando una concha frágil.

—Es hermoso —dijo.

—Tú eres hermosa.

Me besó entonces. No un beso de prueba. Un beso profundo, con lengua y saliva, con sabor a ron y a sal. Me agarró la cabeza con ambas manos y me obligó a inclinarme hacia atrás, para que ella pudiera controlar el ángulo. Su lengua entró y salió, lenta, segura, como si ya conociera cada rincón de mi boca. Sentí cómo su pecho se apretaba contra mi brazo, cómo sus pezones se endurecían aún más. Me separé un instante para mirarla.

—¿Quieres que te toque? —pregunté.

—Sí. Pero primero, quiero verte.

Se puso de pie, y con un gesto seguro, se quitó la camiseta. Quedó ante mí, completamente desnuda de cintura para arriba, con los pechos redondos, firmes, de pezones oscuros y hinchados. Me acerqué, lento, y lamí uno de ellos. Ella jadeó, apretó los puños, pero no me detuvo. Metí su pezón entre mis labios y succioné, suave al principio, luego con más fuerza, hasta que ella soltó un gemido bajo, gutural.

—Estoy mojada —dijo—. Por ti.

Me levanté y la empujé contra el mástil. Le aparté el short de neopreno con un movimiento brusco. Bajé la cabeza y lamió su clítoris, ya hinchado y brillante. Lo sostuve entre mis dedos y lo apreté, y ella se estremeció, empujando sus caderas hacia adelante.

—Sí —susurró—. Sí, hazlo.

Metí dos dedos en su vagina, que estaba caliente, húmeda, apretada. Se contrajo alrededor de ellos, como si me estuviera chupando. La lamí de nuevo, esta vez deslizándome hacia abajo, hacia su ano, y luego regresé a su clítoris, frotándolo con la punta de la lengua mientras mis dedos entraban y salían, más rápido, más fuerte.

—Voy a venir —dijo.

—Ven.

Ella se corrió con un grito ahogado, apretando sus dedos en mis hombros, arqueando la espalda. Su cuerpo tembló, sus piernas se tambalearon. La sostuve hasta que se calmó.

—Ahora —dijo—. Quiero que me jodas.

Me despojé de mis pantalones y shorts, dejando mi pene libre, más duro que nunca. Tomé su cadera con una mano y la empujé hacia mí, forzándola a inclinarse sobre el banco. Le aparté el pelo de la nuca y besé su piel. Luego, con la punta de mi pene, busqué su entrada.

—Estás muy húmeda —murmuré.

—Sí. Por ti.

Empujé. Entré poco a poco, sentiendo cómo sus músculos se abrían, cómo se estiraban para acogerme. Se estremeció al sentirme dentro, pero no dijo nada. Solo me pidió con un movimiento que profundizara.

—Más —dijo—. Más fuerte.

Lo hice. La agarré por las caderas y la froté contra el mástil mientras la penetraba con estocadas largas, firmes. Su vagina se contraía en cada embestida, apretando mi pene, drenando mi control. Sentí cómo su clítoris se rozaba contra el borde del banco, y la lamí con la lengua mientras la penetraba, combinando el tacto con el sabor.

—Voy a correrme —dije.

—Hazlo. Dentro.

Me apreté contra ella, apretando sus muslos con mis manos, y empujé hasta el fondo. Sentí cómo su cuerpo se tensaba, cómo su vagina se contrajera en ondas suaves, y yo me corrí, eyaculando con fuerza, sentiendo cómo mi semen llenaba su interior, cálido y espeso.

Ella jadeó, sin palabras, solo respiraciones cortas, como si no pudiera creer lo que había pasado.

Me retiré, y ella se volvió hacia mí, sudorosa, con los labios hinchados y los ojos brillantes. Me besó de nuevo, lento, como si quisiera guardarme en su boca.

—¿Volveremos a hacerlo? —pregunté.

—Sí —dijo—. Mañana. Y después.

No dije nada. Solo la tomé de la mano y la llevé a mi catre, donde el colchón crujía con cada movimiento, y el barco seguía balanceándose, como si también estuviera deseando.

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