Lo que pasó en el bar de la esquina
La luz del bar era tenue, amarillenta, como el brillo de una bombilla vieja que resistía seguir encendida. El aire olía a cerveza tibia, tabaco barato y sudor de hombres que habían dejado atrás la rutina del día. Joaquín estaba sentado en el taburete del medio, con los codos apoyados en el mostrador, el vaso medio vacío de queso con vino tinto frente a él. No esperaba nada esa noche, ni siquiera un encuentro casual. Solo quería escapar un rato del silencio de su departamento, del eco de sus propios pensamientos. Pero la vida, a veces, tiene sus propias reglas —y esa noche, le había decidido un destino.
La puerta se abrió con un chasquido suave y entró Valeria. No caminó, precisamente: se deslizó. Tenía una camiseta negra ajustada que le marcaba las curvas de la cintura hasta las caderas, pantalón ceñido de mezclilla desgastado en las rodillas, y sandalias de cuña que dejaban ver sus pies pequeños, con uñas pintadas de rojo oscuro. El pelo, negro y ondulado, le caía hasta la mitad de la espalda. Se detuvo un instante en la entrada, como midiendo el terreno, y sus ojos —verdes, húmedos, inteligentes— cruzaron con los de Joaquín. No sonrió. Solo lo miró. Y con esa mirada, ya lo había condenado.
—¿Vos estás solo? —le preguntó, acercándose al taburete contiguo sin esperar respuesta.
Joaaquín levantó una ceja, medio sonrió, medio se encogió de hombros.
—Depende. ¿Vos venís a sentarte o a preguntar?
Ella se giró hacia el mozo, que ya se acercaba con una sonrisa familiar.
—Una caña y medio, por favor. Y un vaso de agua, si tenés —dijo, sin quitarle los ojos de encima a Joaquín mientras el mozo asentía—. Yo no vengo a sentarme. Vengo a conversar. Y si la conversación me gusta… bueno, ya veremos.
—Me gusta que las mujeres sepan lo que quieren —dijo Joaquín, inclinándose ligeramente hacia ella—. Es… estimulante.
Ella se rió, baja, gutural, como un susurro entre dientes.
—Estimulante es lo que te va a hacer el corazón latir más fuerte. Pero no por miedo. Por ganas.
Se llamaba Valeria. Tenía treinta y dos años. Trabajaba en una galería de arte, pero de noche… de noche, se dedicaba a otra cosa que no mencionó. Tampoco le preguntó Joaquín. Le bastaba con ver cómo movía los hombros cuando se inclinaba para tomar su vaso, cómo se lamió el labio inferior tras probar la cerveza. Tenía un lunar bajo la oreja izquierda, casi imperceptible si no la mirabas con atención. Pero él la miraba con atención.
—Contame algo que no sepa —pidió ella, apoyando el codo en el mostrador, la cabeza ligeramente inclinada.
—¿Y si te digo que soy un peligro?
—Entonces voy a tener que cuidarme… —dijo, acercando su vaso al suyo, dejando que las copas se tocaran suavemente—. Pero primero, déjame mirarte bien.
Lo miró. Lo miró de arriba abajo, con lentitud, como si lo desvestía con los ojos. Joaquín sintió cómo su cuerpo reaccionaba: la piel más sensible, el corazón acelerado, el entrepierna teniéndose que ajustar contra el pantalón. No era la primera vez que sentía deseo, pero sí la primera vez que lo sentía *doble*. Porque Valeria no era solo mujer, y él no era solo hombre. Había algo en esa dualidad que lo ponía más en alerta, más vivo.
—¿Y si te digo que me encanta coger con mujeres… y con hombres? —le dijo, con la voz más grave, más baja, casi un susurro—. Que no me importa si vos tenés ganas de ambos, si te gusta sentir que el control se te escapa… o si, al contrario, te encanta tomártelo.
Ella sonrió entonces. Una sonrisa de verdad. De esas que nacen del estómago, del alma.
—Ahí sí que me ganaste —dijo, acercando su mano a la de él, sin tocarla aún—. Porque yo también. No es una elección, es una necesidad. Sentir que alguien me toma, me mantiene, me domina… o que yo lo hago con alguien que me confío.
Joaaquín le tomó la mano. La sostuvo. La giró, palma arriba, y le besó el dorso, despacio, con los labios apenas rozando la piel. Ella no se movió. Solo lo miró, con los ojos entrecerrados, la respiración más profunda.
—¿Te gusta cuando un hombre te toma la mano y te la besa antes de hacer cualquier otra cosa? —le preguntó.
—Me gusta cuando alguien *decide* tomarla —respondió—. Cuando no me pregunta si puedo, sino si *quiero*.
—¿Y si te digo que te voy a agarrar de la nuca, que te voy a tirar contra la pared y que te voy a besar hasta que te olvides de tu nombre?
Ella se puso de pie. Lo miró de frente. Lo miró con una mezcla de miedo y excitación que lo hizo tragar seco.
—Si me decís eso en la calle, te mando a la mierda. —Y luego, bajando la voz—: Si me lo decís en un lugar donde *yo también quiero*, entonces… vamos.
Lo tomó del brazo y lo llevó hasta la puerta. No dijo adiós al mozo. No se despidió. Solo salió, con Joaquín siguiéndola, sintiendo el latido de sus propios pies en el pavimento, el calor de su cuerpo a su lado, la promesa que no necesitaba palabras.
El departamento de Valeria estaba en el segundo piso de un edificio viejo, con ventanas grandes que daban al patio interno. Las luces estaban apagadas, pero la luna entraba por las rendijas de las persianas, dibujando rayas plateadas en el piso de madera. Ella se quitó las sandalias sin romper el contacto visual, se sentó en el borde del sillón de cuero, y le indicó con un gesto que se acercara.
—¿Querés que te quite la camisa? —le preguntó, con una sonrisa pícara.
—No. Quiero que me digas qué querés que le haga a tu cuerpo.
Ella se levantó, se acercó hasta él, y con la punta de los dedos, le desabrochó el primer botón de la camisa.
—Primero… que me desahogue. Que me toques como si yo fuera tu última esperanza. Que me muerdas los labios cuando te pida más. Que me hagas sentir que soy tu única opción en un mundo que ya no te importa.
—¿Y si te digo que me gustaría que me dijeras qué hacer, que me mandases, que me ordenaras qué parte de tu cuerpo tocar primero?
Ella se acercó hasta su oído, y le dijo, con la voz templada y cálida:
—Quiero que me garchés como si no hubiera un mañana. Que me agarrés del pelo, que me levantes la camiseta, que me saques el pibe si lo tengo, que me toques la concha con las manos frías… y que después, si vos querés, que te subas atrás y que me domines como si yo fuera tu juguete favorito.
Joaaquín la tomó de la cintura, la levantó con un solo movimiento, y la llevó hasta la pared. La presionó contra el papel tapiz, y le mordió el cuello, despacio, con control, sin romper la piel. Ella gimió, un sonido corto, ahogado, como una orden.
—Sí… sí, así… —murmuró, arqueando el cuerpo hacia él.
Le quitó la camiseta con un movimiento brusco pero sin violencia, y con la boca siguió el camino que sus manos habían trazado: el borde de los senos, los pezones rígidos, el ombligo. La camiseta cayó al suelo, y Valeria se deshizo del pantalón con un rápido gesto de la mano. Quedó frente a él, desnuda, con la piel brillante bajo la luz de la luna, con las piernas ligeramente separadas, con la concha húmeda y oscura, esperando.
—Agarrame de la nuca —le pidió Joaquín.
Ella lo hizo. Y él la besó.
Fue un beso profundo, húmedo, con lengua y dientes y respiraciones entrecortadas. Él la levantó, la puso sobre el sillón, se arrodilló entre sus piernas, y con la boca, la tocó, la lamió, la chupó hasta que ella gritó su nombre como una plegaria. Y luego, cuando ella ya no podía más, cuando sus ojos se cerraban y su cuerpo temblaba, él se puso de pie, se sacó la camisa y los pantalones, y se colocó detrás de ella.
—Quiero entrar por atrás —le dijo, acariciándole la cadera—. Quiero que me sientas hasta el fondo, que te llene hasta hacerte olvidar quién eres, quién soy yo… quién manda.
—Cógeme —susurró ella, con la voz rota—. Cógeme como si fueras el último hombre que me quedaba.
Él
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