Lo que pasó en el ascensor del Edificio las Flores
8 minLo que pasó en el ascensor del Edificio las Flores
Doña Rosa —aunque todos la llamaban simplemente Rosa— entró al ascensor del Edificio las Flores con una bolsa de tela pesada colgada del hombro, el cabello recogido en un nudo suelto y un vestido de seda color vino que le pegaba a las curvas como segunda piel. Tenía cuarenta y seis años, dos divorcios, un hijo en la universidad y una paciencia que se había agotado hacía años con los hombres que hablaban mucho y hacían poco. Ese día, sin embargo, algo en su interior se agitó como el primer trago de tequila puro: frío, cálido, peligroso.
El ascensor subía lentamente, entre los sonidos metálicos habituales de cables y poleas. Rosa apretó el botón del piso 7 —su departamento— y miró el panel digital: 3… 4… 5… Cuando el ascensor se detuvo en el 6, ella no esperaba a nadie. Pero allí estaba él: Daniel, el nuevo inquilino del 6-B, un hombre alto, moreno, de hombros anchos y una sonrisa que parecía diseñada para desarmar sin hacer ruido. Llevaba una playera negra ajustada, pantalones chinos grises y una mochila deportiva que colgaba de una mano mientras con la otra sostenía una botella de tequila Reposado, envuelta en una servilleta de tela.
—¡Hola, vecina! —dijo él, sin sorpresa, como si ya la hubiera saludado antes—. Subiendo a dejar esto en casa.
Rosa asintió con la cabeza, sin bajar la mirada del panel: 6… 7… 8… El ascensor no se detenía.
—¿No te da miedo que se quede sin luz? —preguntó él, con la voz suave, casi juguetona—. Aquí en las Flores, a veces se apagan los cables si no les das el trato correcto.
Rosa sintió un escalofrío en la espalda, no de miedo, sino de algo más vivo: la advertencia de una chispa que se encendió sin permiso. Ella lo miró de reojo. Tenía los ojos oscuros, de pestañas largas, y una barba recortada que le marcaba la mandíbula con elegancia. No era un chico. Era un hombre hecho y derecho, con el tipo de seguridad que no grita, pero que se siente en el aire.
—¿Tú crees? —respondió ella, con una sonrisa que apenas le curvó los labios—. Yo siempre le digo a mi elevador: “sube tranquilo, que ya sabes a dónde vamos”.
Él rió, bajo, con la garganta, como si compartiera un chiste que solo ella podría entender.
—Oye, Rosa… —dijo, y ella se sobresaltó: no era un “disculpe”, ni un “señora”, ni siquiera un “señorita”. Era su nombre, soltado con naturalidad, como si ya hubieran compartido café en la terraza.
—¿Sí?
—¿Te importa si me quedo un rato? —preguntó, y apuntó hacia el panel—. El ascensor se atascó otra vez. Ya lleva veinte minutos así.
Ella miró el panel. El número 7 se había detenido, pero la puerta no se abría. Nadie más entraba. Nadie más salía. Solo ellos dos, encerrados en una caja de metal con paredes de espejo, donde cada reflejo parecía contar una verdad distinta.
—¿Y si no me importa? —respondió ella, con voz baja, como si temiera que el eco lo escuchara.
—Entonces me quedo.
La puerta no se abrió. El aire se volvió espeso, como si el ascensor respirara con ellos. Rosa se ajustó la bolsa de tela, pero no se movió. Daniel se recostó contra la pared, cruzó los brazos y la miró fijamente. No era una mirada agresiva, ni de seducción obvia. Era una mirada de *sabedores*, como si ambos hubieran leído el mismo libro y solo estuvieran esperando el capítulo final.
—¿Qué hay en esa bolsa? —preguntó él.
—Panecillos. De nuez y canela. Los horneé esta mañana. Para compartir.
—¿Para compartir? —él hizo una pausa dramática, con una ceja alzada—. ¿En este piso?
—En este piso —repitió ella—. Pero primero, hay que saber si el panecillo está listo.
Él se acercó un paso, sin prisa. Rosa no retrocedió. El espacio entre ellos se redujo hasta que sintió el calor de su pecho, el olor a madera y a tabaco suave, y algo más… algo dulce, como vainilla quemada.
—¿Y cómo se prueba si está listo? —susurró.
Ella levantó la mano, lenta, y con el índice trazó un círculo en la manga de su playera, justo sobre el músculo del antebrazo.
—Se prueba con la lengua —dijo—. Pero primero hay que pedir permiso.
Daniel no respondió con palabras. Solo asintió, y bajó la cabeza un poco, como ofreciéndose. Rosa le tomó la barbilla con los dedos: piel suave, mandíbula firme. Luego, sin romper el contacto visual, acercó su nariz a su cuello y olió: sudor, café, y esa esencia dulce que ahora reconoció como su perfume.
—¿Te gusta? —susurró Daniel.
—Me gusta mucho —respondió ella—. Pero no me gusta que me lo digas sin probarlo primero.
Su mano izquierda subió por su cuello, deslizándose entre su cabello y la nuca, mientras la derecha apretaba su cintura, no con fuerza, pero con claridad: *aquí estás*. Daniel exhaló, y Rosa sintió el temblor en sus músculos: no de miedo, sino de contenido, como si estuviera conteniendo un grito, una risa, un impulso.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó él.
—Quiero que me digas… —ella acercó su boca a su oreja, y el aliento le calentó la piel—… cuánto te gustaría chuparme el dedo, antes de que te diga si puedes.
Él cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, su mirada era más oscura, más húmeda.
—Tanto que me duele —dijo.
Ella sonrió, lenta, y soltó su cintura. Bajó la bolsa al suelo del ascensor con un golpe seco, y se acercó más, hasta que sus pechos rozaban el pecho de él, aunque no lo tocó aún. Con la mano derecha, extendió los dedos y pasó el índice por el borde de su labio inferior, humedecido por su lengua antes de que él pudiera reaccionar.
—¿Sientes eso? —preguntó—. Eso es lo que siento yo cuando me tocas. Pero no me tocas. Me miras. Me esperas. Me *pides*.
—Porque quiero que sea tuyo —dijo él—. Todo.
—Entonces, ponte de rodillas.
El ascensor no se movió. El panel siguió marcando el 7. El silencio era absoluto, salvo el latido acelerado de Rosa, que ahora escuchaba con claridad, como si fuera un tambor que marcaba el ritmo de su deseo.
Él se arrodilló sin dudar. No con sumisión, sino con convicción. Sus rodillas tocaron el suelo frío del ascensor, pero él no se inmutó. Rosa se inclinó un poco, y con la punta de los dedos, le levantó la barbilla.
—Mira —dijo.
Él la miró. Ella no usaba bragas. El vestido de seda le dejaba entrever el contorno de su sexo, ya húmedo, ya *esperándolo*. Ella apretó su muslo contra el borde de su falda, como si necesitara más presión, más calor, más *algo*.
—¿Ves esto? —preguntó, y con el pulgar rozó su clítoris, apenas un toque—. Esto es lo que haces conmigo. Solo con mirarme.
Daniel respiró hondo. Luego, con lentitud, pasó la lengua por sus labios. Rosa se inclinó aún más, hasta que su pecho quedó al nivel de su cara. No se quitó el vestido. Solo lo separó un poco con las manos, dejando al descubierto una teta entera: redonda, firme, con el pezón tieso y oscuro.
—Toma —dijo, y lo puso frente a su boca.
Él no dudó. Abrió la boca, y con cuidado, la succionó. Rosa gimió, bajito, como si temiera que alguien la oyera —aunque sabía que no los oiría nadie en el ascensor—. El sabor era dulce, salado, *suyo*. Y cuando él movió la lengua, rozando el pezón con la punta, Rosa cerró los ojos y apretó los puños.
—Sí —susurró—. Así. Pero no te detengas. Porque si te detienes… te mando a tu casa a que te la chupes solo.
Él la miró, con la teta aún en su boca, y sonrió entre el calor y la humedad.
—¿Y si ya me la estoy chupando? —preguntó, y volvió a chupar, más fuerte.
Rosa sintió un calor que le subió por la espalda, que le quemó la piel, que le hizo arquear la espalda. Con la mano libre, apartó su falda, y deslizó los dedos por su vulva, ya húmeda, ya abierta. No se metió los dedos. Solo los rozó, lentamente, esperando.
—¿Te gusta? —preguntó él, cuando soltó su teta.
—Mucho —dijo ella—. Pero quiero más.
—¿Qué más?
—Quiero que me lo metas. Pero no aquí. No ahora. Quiero que me lo metas… cuando te diga *sí*.
Él asintió. Se puso de pie, sin prisa, y se acercó a ella, hasta que su verga, dura ya bajo el pantalón, rozó su muslo. Rosa sonrió.
—¿La sientes? —preguntó.
—La siento —respondió él—. Y quiero que me la guardes.
—Ya la guardaré —dijo ella—. Pero primero, nos vamos a ir de este elevador. Y cuando lleguemos a mi casa… entonces sí, vamos a jugar.
El panel parpadeó. El número 7 se movió. El ascensor empezó a bajar.
—¿Y si se detiene otra vez? —preguntó él.
—Entonces… —Rosa le acarició la cara, con la palma—… te mando a tu casa a que te la chupes solo.
Él rió, y esta vez, la risa fue suelta, sin contenido. Rosa le besó la frente. Luego, cuando el ascensor se detuvo en el 7, se separaron como si nunca se hubieran tocado. Pero ella sintió el peso de su verga en la mano, aún pegado a su muslo, y él sintió el sabor de su leche en la lengua.
—Hasta luego, vecina —dijo él, al salir.
—Hasta luego, vecino —respondió Rosa—. Mañana, a las ocho. Te traigo más panecillos.
Él le guiñó un ojo, y desapareció por el pasillo.
Rosa se apoyó contra la pared del ascensor, con la bolsa en la mano. Sabía que no eran solo panecillos. Sabía que no era solo una mirada, un beso en la frente, una verga dura en el pantalón. Sabía que algo había empezado, algo que no se detendría hasta que ella lo decidiera.
Y en su interior, mientras el ascensor volvía a subir, ella pensó: *alguien tiene que aprender a esperar*. Pero esta vez, no iba a ser ella.
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