Lo que pasó en el ascensor
Te vi por primera vez en el ascensor, y vos ya sabés lo que pasó. No fue un mirada casual, no. Fuiste vos, con ese vestido negro que te pegaba como segunda piel, los tacones que hacían un ruido de clavos en el piso, y esos ojos que me devoraban sin decir una palabra. Yo, con mi camisa arrugada y el olor a café y sudor, me quedé paralizado. Vos apretaste el botón del piso 12. Yo, el 14. El ascensor se cerró. Y ahí, en ese cubo de metal y luz tenue, el aire se volvió más pesado que el silencio.
—Vos siempre subís tan tarde, ¿no? —dijiste, sin mirarme, pero con la voz que te conozco ahora: baja, lenta, como si cada palabra fuera un dedo que me recorría la espalda.
—Sí —respondí, y mi voz se quebró un poco. No era por el cansancio. Era por vos.
No moviste la cabeza. Pero tu mano, la derecha, se deslizó por tu muslo. Lento. Tan lento que casi no lo vi. Pero yo lo sentí. Como si me estuvieras tocando a mí, no a vos. Me entró un calor que me subió desde el culo hasta la garganta. No me atreví a respirar.
—Vos sabés que el ascensor no funciona bien —dijiste, y por fin me miraste. Tus ojos eran dos pozos de aceite caliente.
—¿Ah sí?
—Sí. A veces se queda trabado. Y no hay nadie en los pisos de en medio.
Me quedé callado. No dije nada. No tenía que decir nada. Vos ya lo sabías. Ya lo sabías que yo quería. Que lo quería desde que te vi caminar por el hall del edificio, con esa cadera que movía como si fuera un latido.
Y entonces, sin más, vos te acercaste. No corriste. No te apresuraste. Te moviste como quien se entrega a un vicio que ya conoce, pero que nunca se cansa de repetir. Tu aliento me rozó el cuello. Tus dedos, fríos al principio, se posaron en mi pecho. Me desabrochaste el primer botón. Lento. Muy lento. Como si cada uno fuera una promesa.
—Vos me mirás como si quisieras comerme —susurraste.
—Y vos me mirás como si ya me hubieras comido.
Una sonrisa se te escapó. Pequeña. Maliciosa. Me agarraste la corbata y me tiraste hacia vos. Mi boca encontró la tuya antes de que pudiera pensar. No fue un beso. Fue una toma. Una invasión. Tu lengua entró como si ya tuviera permiso para quedarse. Me mordiste el labio inferior, y yo te agarré la cintura, apretando, como si temiera que te esfumaras.
Tu falda estaba corta. Demasiado corta. Y yo, con la mano temblorosa, te la subí hasta la cadera. Tu concha estaba mojada. Ya lo estaba. Lo sabía. Lo sentí cuando mis dedos rozaron tu pelo húmedo. No pregunté. No necesitaba preguntar. Vos te abriste. Te abriste como una flor que sabe que la van a tocar.
—Vos me querés cogiendo, ¿no? —me preguntaste, entre besos, con la voz rota de deseo.
—Sí. Te quiero cogiendo. Te quiero garchando hasta que te quebrés.
Y entonces, sin más, te agachaste. No esperaste. No me pediste permiso. Vos simplemente bajaste, como si fuera lo más natural del mundo. Y tu boca me encontró. Mi pija, ya dura como una barra de hierro, entró en tu boca como en un templo. No fuiste suave. Fuiste hambrienta. Me chupaste como si tu vida dependiera de mi sabor. Tus manos me sujetaron las caderas, y yo, sin poder contenerme, empujé. No para lastimar. Para que te aferraras. Para que no te soltaras.
Me garchaste como si fuera la última vez. Como si el mundo se hubiera apagado y solo existieran tu boca, tu lengua, tu garganta, y yo, que no podía más que gemir, quejarme, pedirte más. Me chupaste hasta que sentí que me iba a explotar. Y cuando estuve a punto de venir, vos te levantaste. Me miraste con esa mirada de diosa que sabe que controla el fuego.
—No todavía —dijiste.
Y me pusiste de espaldas contra la pared. Tu mano me agarró el pelo, y me obligaste a mirarte. Me abriste las piernas con una rodilla, y me clavaste los tacones en el suelo. Tu concha, ya mojada, se posó sobre mi pija. No te metiste. Solo te apoyaste. Te moviste un poco, lentamente, rozándome, jugando, torturándome.
—Dime qué querés —me pediste.
—Quiero que me garches. Quiero que me cagues. Quiero que te sientes encima y me hagas perder la cabeza.
—Dale —dijiste, y te bajaste un poco. Tus labios se abrieron. Y te sentaste. Lentamente. Tan lentamente que sentí cada centímetro de tu concha envolviéndome, apretándome, sudando, chillando. Me cogiste como si fueras dueña de mi cuerpo. Como si yo no fuera más que un instrumento para tu placer.
Y entonces, vos empezaste a moverte. Subías. Bajabas. Gritabas. Yo te agarraba las caderas, y te empujaba para que te clavaras más. Cada bajada era un suspiro. Cada subida, una promesa. Tu culo, redondo y caliente, se balanceaba sobre mí como un tambor que tocaba mi alma.
—Sí, sí, así… —gimoteaba yo.
—Vos me tenés loca —dijiste, y te inclinaste, poniendo tus pechos en mi cara. Te los chupé. Mordí tus pezones. Te hice gemir más fuerte. Y vos, con una mano en mi pecho, y la otra en tu culo, te aceleraste. Más. Más. Más.
Y cuando sentí que me iba a venir, vos te detuviste. Me miraste. Me sonreíste. Y me dijiste:
—No te vengas. No hasta que yo lo decida.
Me volviste loco.
Pero vos no me dejaste esperar. Te levantaste un poco, y con tu dedo índice, me tocaste la punta de la pija. Me hiciste temblar. Y luego, con la otra mano, te metiste un dedo en la concha. Me miraste mientras te garchabas. Mientras te hacías líquida. Mientras te venías.
—Ah, sí… —susurraste, con los ojos cerrados.
Y entonces, cuando te vino, vos te soltaste. Te dejaste caer sobre mí. Tu cuerpo pesado, caliente, mojado, se desplomó encima. Y yo, sin pensarlo, te cogí con todo lo que tenía. Me vengué. Me vengué con cada embestida. Con cada empujón. Con cada grito que salió de mi garganta como un lamento.
Te garché hasta que te quedaste sin fuerzas. Hasta que tu cuerpo se relajó, hasta que tu respiración se hizo lenta. Hasta que tu concha se cerró sobre mi pija como si no quisiera soltarme.
El ascensor se movió. Nos despertamos. El piso 14. La puerta se abrió. Nadie vino. Nadie vio. Solo vos y yo, sudorosos, deshechos, con el olor de sexo en la piel.
Te miré. Te besé. Y te dije:
—Mañana, a la misma hora.
Vos sonreíste. Me besaste la frente. Y te fuiste.
Sin decir nada más.
Porque ya sabíamos. Ya sabíamos que mañana, en el ascensor, volveríamos a hacerlo.
¿Te ha gustado? Valóralo