Lo que pasó en el ascensor
Sí, vos lo podés creer: todo empezó con una falla en el ascensor. No era ni la primera vez, pero sí la que me dejó con el corazón en la boca y la entrepierna sudada de tanto esperar.
Era jueves, casi medianoche. Había vuelto tarde del trabajo, con los zapatos descalzos dentro de la bolsa de tela y la corbata deshecha al cuello. El edificio estaba callado, salvo el zumbido del aire acondicionado y el sonido de mis pasos en el peldaño de entrada. Subí hasta el cuarto piso, donde vivo, y apreté el botón. El ascensor tardó más de lo normal. Lo escuché bajar, frenar, volver a subir… y luego se detuvo entre el segundo y el tercer piso. La luz parpadeó una vez, dos, y se apagó.
Me quedé quieto, respirando fuerte. No tenía celular con carga. Apenas veía la silueta del botón de emergencia, un óvalo rojo casi invisible en la penumbra. Justo cuando iba a tocarlo, escuché un ruido detrás de mí: una respiración contenida, un movimiento suave. Volví la cabeza y vi la luz de la escalera iluminando la entrada del pasillo. Ella estaba ahí.
—¿Luisa? —dije, casi sin voz.
—Sí —respondió, y su tono no era de susto, sino de algo más denso, como si ya supiera que algo iba a pasar.
Luisa era vecina del quinto piso. Lo decía siempre con naturalidad, como si fuéramos amigos de toda la vida, pero la verdad es que nunca habíamos cruzado más que un “buenas noches” o un “¿todo bien?” en la entrada. Era morena, de piel clara con un brillo dorado en los hombros, y ojos oscuros que parecían absorber la luz cuando la mirabas fijo. Usaba un vestido de seda color vino, sin mangas, que le pegaba como segunda piel. No sabía cómo terminó en el ascensor conmigo, pero no me iba a quejar.
—¿Te pasó lo mismo? —pregunté, intentando sonar tranquilo, pero me tembló la voz.
—Sí. El motor se fue. Creo que se quedó sin energía.
—¿Y ahora qué hacemos?
Me acerqué un paso. Ella no se movió. De hecho, respiró más profundo, y ese gesto lo noté como una señal. No fue un gesto de miedo, fue una señal. Como si su cuerpo ya lo hubiera decidido antes que su mente.
—Ahora… —dijo, y por primera vez me miró directo a los ojos—, ahora estamos solos.
El silencio se volvió denso. El aire, que ya estaba cargado de calor, ahora olía a algo más: a perfume barato pero intenso, a sudor, a deseo contenido. Me acerqué otro paso. Ella no retrocedió. Me detuve a un palmo de su rostro. Vi que sus pestañas temblaban, que su labio inferior se mordía un poco antes de soltarlo. Su boca era ancha, de labios carnosos, con una curva natural que hacía pensar en sonrisas que nunca se mostraban del todo.
—Tenés el cuello sudado —dijo, y su voz era baja, ronca, como si ya estuviera disfrutando algo que aún no empezaba.
—Vos también —respondí, y le pasé la mano por el brazo, lentamente, desde el codo hasta la muñeca. Sentí su piel, suave pero tibia, como si el calor le saliera de adentro.
Ella no apartó la mano. Al contrario, la apretó un poco, como para asegurarse de que yo seguía ahí. Me miró otra vez y, esta vez, sonrió. No una sonrisa completa, sino apenas un movimiento de labios, un destello de dientes pequeños y blancos.
—¿Y si no salimos hasta que arreglen el cableado? —dijo.
—¿Te parece bien esperar hasta mañana?
—No me importa esperar —respondió, y me tomó la mano sin pedir permiso—. Pero no tengo ganas de esperar sentada.
Y entonces fue cuando lo hice. Le pasé la mano por la nuca, sentí su cabello rizado, corto, como una suave cerquilla húmeda de sudor. Le acerqué el cuerpo al mío, y sentí cómo su pecho se expandía con la respiración. Su vestido se levantó un poco con el roce, y vi el borde de su tanga de encaje, negro, con un detalle dorado en el centro. Me gustó que lo llevara. Me gustó que lo supiera.
—Sos hermosa —le dije, y no era una frase hecha. Era la verdad.
Ella cerró los ojos un segundo, y luego los abrió, fijos en mí. Me besó.
No fue un beso de prueba, ni de curiosidad. Fue un beso profundo, con lengua, con hambre. Me abrió los labios con suavidad, pero con firmeza, y me metió la lengua como si ya nos hubiéramos entrenado para esto. Sentí su sabor: dulce, con un toque amargo de vino, y algo más, algo que no pude nombrar pero que me hizo temblar las rodillas. Me agarré de su cintura, la apreté contra mí, sentí cómo su pubis se rozaba contra mi erección, ya dura y pulsante dentro del pantalón.
—Cagáme —dijo, y esas dos palabras salieron como una orden, como una confesión, como una promesa.
No fue vulgar. Fue natural. Fue rioplatense, directa, sin rodeos. Me gustó. Me gustó que lo dijera así, sin miedo, sin fingir pudor.
Le desabroché el vestido. Fue rápido, con los dedos temblorosos, y el tejido se abrió desde el cuello hasta la cintura, dejando al descubierto sus pechos pequeños, redondos, con pezones firmes y oscuros. Se los cubrí con las manos, los apreté suavemente, y luego bajé la cabeza para lamer uno, mientras con la otra mano le acariciaba la nalgas. Ella soltó un gemido ahogado, un sonido que no sabía si era de placer o de sorpresa. Me abrazó más fuerte, me clavó las uñas en la espalda.
—Culo —susurré, y le palmeé la izquierda, luego la derecha, sintiendo cómo se apretaba contra mis dedos.
—Acá —dijo, y me tomó la mano, la llevó entre sus piernas—. Ya está mojada.
Y era verdad. Mis dedos encontraron su concha, ya húmeda, ya abierta, ya esperándome. Le separé los labios con suavidad, sentí su calor, su textura, y luego metí un dedo. Ella gimió más fuerte, inclinó la cabeza hacia atrás, y sus ojos se cerraron otra vez.
—Más —dijo—. Cinco dedos.
Lo hice. Le abrí la concha del todo, le metí los cinco, y sentí cómo se cerraba alrededor de mi mano, cómo me apretaba como si no quisiera soltarme. Le moví los dedos, la masajeé, y mientras lo hacía, le besé el cuello, el pecho, el estómago, y luego volví a sus labios. Me besaba mientras me movía, y su respiración se volvió entrecortada, rápida, como si estuviera a punto de explotar.
—Voy a vení —dijo, y su voz era distinta, rota.
—Cuidá —le susurré—. Vení encima de mí.
Y ella lo hizo. Se apoyó en el panel del ascensor, se puso de puntillas, y con la mano libre me desabrochó el pantalón. Me sacó la verga, dura, ya goteando, y la frotó contra su concha, una, dos, tres veces, hasta que me pidió que la cogiera. Le dije que sí, que la cogía ahora, que se abriera.
Se abrió. Me dejó entrar. Y cuando la punta rozó su fondo, sentí que el mundo se detenía. La cogí despacio, al principio, casi sin mover las caderas, solo empujando, sintiendo cómo su cuerpo se acostumbraba a mi tamaño. Ella me miraba, con los ojos vidriosos, y me sonreía entre jadeos. Luego, cuando sentí que estaba lista, empecé a moverme, con ritmo, con fuerza, con ganas.
Cogíamos en la oscuridad, en un ascensor atascado, con el sonido de nuestra respiración y de nuestros cuerpos chocando. Ella me agarraba de los hombros, se reclinaba, se abría más, y me pedía que le pegara fuerte, que la garchara hasta que no pudiera más.
—Sí, sí, así —decía—. Soy tuya, santiago. Sos mi dueño.
Y yo la cogía, con todo lo que tenía, con la tensión de haber esperado tanto, con el placer de finalmente tenerla. Cuando ella vino, su cuerpo se tensó, se arqueó, y su gemido fue como un grito ahogado, una risa rota, un sollozo contento. Yo la seguí cogiendo hasta que sentí que me venía adentro, que la inundaba con todo lo que tenía, que la hacía mía.
No dije nada. Solo la abracé, la besé, y la dejé recostada sobre mí, sudada, agotada, pero sonriendo.
El ascensor se iluminó de golpe. La luz se prendió. Pero
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