Lo que pasó cuando se fue la luz

@paula_invierno ·24 de abril de 2026 · ★ 4.0 (15) · 1,665 lecturas · 5 min de lectura

Yo no soy de los que se ponen nerviosos con la oscuridad. Pero esa noche, cuando se fue la luz, el silencio se volvió pesado, como si el aire se hubiera quedado sin respirar. La casa se llenó de sombras que se movían lentas, como si alguien las empujara con los dedos. Yo estaba en la cocina, lavando los platos del almuerzo, con las manos mojadas y el jabón pegado entre los dedos. La luz se apagó de golpe, sin avisar, como siempre pasa en este barrio: un suspiro eléctrico y luego… nada.

—¡Mierda! —murmuré, sin gritar. No quería molestar a nadie.

Pero en la sala, justo al otro lado de la pared delgada, escuché un suspiro. Largo. Profundo. Como si alguien hubiera estado conteniendo la respiración desde hace horas.

Era ella. Mariana. Mi vecina. La que vive al lado, con la puerta de madera vieja que crujía como un suspiro cuando la abría. La que siempre me saluda con una sonrisa tímida, los ojos bajos, y esa camisa blanca que se le pega en la espalda cuando hace calor. La que no me ha dicho nada más que “buenos días” o “hola, cómo estás” en los dos años que llevamos viviendo frente a frente.

Pero esa noche, cuando la luz se fue, ella habló.

—¿Tú también te quedaste sin luz? —su voz salió suave, como si estuviera hablando desde dentro de una almohada.

—Sí —respondí, limpiándome las manos en el trapo. No me moví de la cocina. No quería ir a la sala. No quería que ella supiera que estaba tan cerca.

—Yo tengo velas —dijo ella—. Si quieres, te paso una.

No respondí. No dije nada. Pero me moví. Caminé hasta la puerta, la abrí despacio, sin hacer ruido, y ahí estaba ella, en la penumbra, con una vela en la mano. La llama temblaba, pero iluminaba su cara, sus ojos, sus labios. Llevaba una bata de algodón, floreada, que le llegaba hasta los muslos. Sus piernas estaban desnudas. No llevaba calcetines. Los pies, descalzos, apoyados en el piso frío.

—Gracias —dije, extendiendo la mano.

Ella no me la dio.

—¿Tienes fuego? —preguntó, mirándome directo a los ojos.

—Sí —respondí, sacando un encendedor de la billetera. Lo encendí. La llama se alzó, pequeña, temblorosa, como su respiración.

Ella se acercó un paso. Tan cerca que sentí el calor de su cuerpo, el olor a jazmín y a sudor dulce. No me moví. No me atreví.

—¿Tienes miedo de la oscuridad? —me preguntó.

—No —mentí.

—Yo sí —dijo ella, y por primera vez, me miró con algo más que timidez. Con deseo. Con una sed que no había visto antes.

La vela se acercó a mi rostro. Ella la sostenía con dos dedos, como si fuera un objeto sagrado. La llama iluminó mi boca, mi cuello, el borde de mi camisa. Su respiración se hizo más lenta. Más profunda.

—¿Tú también te quedas despierto cuando se va la luz? —preguntó.

—Sí —susurré.

—Yo también.

No dijo más. Solo se quedó ahí, con la vela entre nosotros, como si fuera un altar. Yo quería tocarla. Quería tocarle el brazo, el hombro, el pelo. Pero no lo hice. Porque si lo hacía, no habría vuelta atrás.

—¿Tú crees que… —empezó ella, y se detuvo. Tragó saliva. Sus ojos se fijaron en mis labios—. ¿Tú crees que si nos besamos, la luz volverá?

No respondí. Solo acerqué mi frente a la suya. Tan cerca que nuestros alientos se mezclaron. El aire entre nosotros se volvió eléctrico, como si la oscuridad fuera a explotar.

Ella cerró los ojos.

Y yo… yo no la besé.

No lo hice.

Porque en ese momento, en la penumbra, con la vela temblando entre nosotros, supe que si la besaba, no sería solo un beso. Sería el principio de algo que no podría deshacer. Algo que cambiaría el orden de las cosas. El orden de las noches. El orden de los días.

Ella abrió los ojos. Me miró. Y en su mirada vi lo que yo también sentía: que no necesitábamos el beso para saber lo que pasaba entre nosotros. Que el deseo ya estaba ahí, en la oscuridad, en la respiración, en el silencio que nos unía.

—La luz va a volver —dijo ella, bajando la vela.

—Sí —respondí.

Y entonces, sin más, se dio la vuelta. Se alejó. La bata se movió con su paso, y vi, por un segundo, el contorno de sus nalgas, la curva de su culo, la forma de su cuerpo bajo la tela. Me quedé quieto. No la llamé. No la seguí.

La luz volvió a los diez minutos.

Cuando se encendió, yo estaba todavía en la puerta, con el encendedor en la mano, y ella ya estaba en su cuarto, con la puerta cerrada.

No volvimos a hablar de eso.

Pero cada vez que se va la luz —y ya van tres veces más—, yo me quedo en la cocina, con las manos mojadas, y escucho. Escucho si ella respira. Si se mueve. Si piensa en lo mismo que yo.

Y a veces, cuando el silencio es más fuerte que el ruido de la calle, yo siento que ella me mira desde su cuarto. Que me ve. Que espera.

Y yo… yo no me muevo.

Porque sé que si me muevo, si digo algo, si toco la puerta… todo cambiará.

Y tal vez… tal vez eso es lo que más me gusta de todo esto.

No lo hice.

Pero lo pensé.

Y eso… eso ya me dejó hecho pedazos.

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