Lo que pasó cuando se cortó la luz
7 minLo que pasó cuando se cortó la luz
La lluvia golpeaba con fuerza contra los vidrios del departamento de Lucía, ese edificio viejo de Once que olía a humedad y café recién hecho. Era viernes, casi medianoche, y ella, con los pies descalzos y una camiseta de algodón que le llegaba apenas más abajo de las muslos, se había quedado parada en la cocina, mirando el reloj del microondas que parpadeaba en rojo: 00:07. La luz se había ido hacía rato, y con ella, el murmullo constante de la ciudad que se arrastraba por las calles mojadas. Sólo quedaba la tenue luz de la luna, filtrada por las nubes rotas, que iluminaba como un farol diminuto la mesa de madera oscura.
—Mierda —susurró, apretando el celular entre las manos—. Otra vez.
Se acercó a la ventana, con el alma en los pies. Estaba sola, sin planes para la noche, sin ganas de moverse. La lluvia crepitaba contra el vidrio, y en su cabeza, algo más que el silencio se había instado: el recuerdo de los dedos de Santiago, de hace dos semanas, cuando él le había prestado un libro y sus manos se habían rozado un segundo de más.
Él vivía en el tercero, al otro lado del pasillo. Un hombre grande, callado, con barba de tres días y ojos que parecían guardarse demasiadas cosas. Se había dado cuenta de que ella lo miraba más de lo necesario cuando subía las escaleras, cuando lo veía abrir la puerta con una toalla alrededor del cuello, o cuando salía a fumar en el balcón, con la camiseta mojada de sudor al atardecer.
Lucía no sabía por qué, pero cada vez que sus miradas se cruzaban, algo en su vientre se tensaba, como si su cuerpo recordara algo que su mente aún no había nombrado.
—¿Lucía?
La voz, baja, casi un susurro, vino desde la puerta del fondo. Ella se giró de golpe, el corazón en la garganta.
Santiago estaba ahí, en el umbral, con la camiseta puesta al revés y el pelo goteando. Tenía una linterna en la mano, y en la otra, dos vasos de plástico con ginebra y hielo.
—La luz se fue en todo el sector —dijo, entrando sin pedir permiso—. Me acordé de vos, escuché el piano en tu departamento. ¿Estás bien?
Ella no respondió de inmediato. Lo miró, dejó que la luz de la linterna le marcara los contornos: las líneas de su mandíbula, el cuello, la curva de los hombros bajo la tela fina. Él tenía la piel oscura, marcada por el sol de verano, y en la frente, una cicatriz casi invisible que Lucía nunca había notado antes.
—No estaba bien —dijo ella, por fin—. Pero ahora sí.
Él sonrió, lento, como si le hubiera costado sacarlo. Se acercó, puso los vasos sobre la mesa y luego, sin pensar, le tocó la mano. El roce fue breve, pero suficiente para que ambos sintieran el calor subir.
—¿Te importa si enciendo la fogata? —preguntó, apuntando al rincón donde había una chimenea antigua, polvorienta, casi olvidada.
—No me importa nada —respondió ella, y se sentó en el sofá, con las piernas juntas, las manos en el regazo.
Él se arrodilló frente al fuego, frotó el fósforo contra la caja, y cuando las llamas empezaron a chisporrotear, se giró hacia ella. La luz temblorosa le dibujaba las cejas, los labios, los ojos que ahora estaban más oscuros, más profundos.
—Hacía años que no me quedaba sin luz —dijo, acercándose lentamente—. Es raro. Como si el mundo se detuviera.
—Sí —susurró Lucía, sin apartar la mirada—. Como si no hubiera más que esto: vos, yo, el fuego y la lluvia.
Él se sentó a su lado, a un palmo, sin tocarla. Pero la respiración le cambiaba, acelerada, y ella lo notó. Notó cómo su pecho subía y bajaba, cómo sus dedos se apretaban contra el borde del sofá.
—¿Te acordás de cuando me prestaste ese libro de Cortázar? —preguntó él, sin mirarla.
—Sí.
—El día que te lo devolví, me dijiste que me gustaba leer con frío.
—Y me dijiste que yo tenía los pies helados.
—Y te los calenté con mis manos.
Ella se giró hacia él, y esta vez fue ella quien lo tocó: le acarició la barba con los dedos, con una lentitud que era una promesa.
—¿Querés que te los vuelva a calentar?
Él no respondió. Simplemente la atrajo hacia sí, y cuando sus labios se encontraron, fue como si el tiempo se rompiera. Su boca era cálida, húmeda, con sabor a ginebra y a algo más antiguo, más dulce. Lucía se dejó llevar, con los ojos cerrados, sintiendo cómo sus manos subían por su espalda, deslizándose bajo la camiseta, acariciando su cintura, su piel.
—¿Estás segura? —preguntó Santiago, entre besos, con la voz rota.
—Sí —susurró ella—. Estoy segura de quererte así. Acá. Con vos.
Él la levantó suavemente, como si fuera de cristal, y la llevó hasta el suelo de madera, frente a la chimenea. Lucía se quitó la camiseta con lentitud, dejando al descubierto el sostén de encaje negro, el pecho hinchado por la expectativa. Él la miró como si nunca hubiera visto la luz antes, y luego bajó la cabeza, con la boca abierta, y lamió uno de sus pezones.
Lucía gimió, alto, sin poder contenerse. Sus manos se hundieron en su pelo, tensas, mientras su cuerpo se arqueaba hacia adelante, buscando más.
—Decime qué querés —dijo él, mientras desabrochaba su pantalón.
—Quiero que me garchés. Quiero que me la metás hasta el fondo.
Él se rió, bajo, como un gruñido, y se levantó un instante para quitarse la camiseta y el pantalón. Quedó de pie, desnudo, con el pene tieso y brillante, la punta húmeda, la piel tensa sobre el corona. Ella lo miró sin vergüenza, con los muslos abiertos, sintiendo ya el vacío en su concha.
—Vení —dijo, tendiendo la mano.
Él se acomodó entre sus piernas, con las rodillas hundidas en el suelo, y con la punta del pene rozó su entrada, ya caliente, ya húmeda. Lucía lo empujó hacia adentro con una cadera, y él entró un poco, lento, hasta el fondo, con un gemido que era más un suspiro.
—Estás tan apretada —dijo él, con la frente apoyada en su hombro.
—Sí —gimió ella—. Cogeme, Santiago. Cogeme como si no hubiera mañana.
Él empezó a moverse, lento al principio, con golpes cortos, pero cada vez más profundos. Ella lo rodeaba con las piernas, con los tobillos, y lo atraía hacia sí, con urgencia. Sus pechos golpeaban contra su pecho, sudorosos, y su boca encontraba la suya otra vez, con un beso que era furia, era deseo, era entrega.
—Me estás volviendo loco —murmuró él, jadeante.
—Yo también —respondió ella, y le mordió el cuello, con suavidad.
Él se inclinó hacia atrás, con las manos en sus caderas, y empezó a sacudirla con fuerza, con un ritmo que la hacía gritar su nombre, una y otra vez. Sus dedos le arañaron los muslos, y sus uñas dejaron marcas rojas sobre la piel pálida. Lucía sentía cómo se acercaba al borde, cómo su cuerpo se tensaba como un arco, y cuando él le apretó los pezones con los pulgares, ella explotó.
Su vagina se contrajo, apretando el pene de él como si quisiera retenerlo, y ella gritó, con los ojos cerrados, la boca abierta, el cuerpo arqueado.
—Sí, sí —repitió—, sí, sí, sí.
Él la siguió segundos después, con un gemido gutural, con las muelas apretadas, y su semen la inundó desde adentro, caliente, denso, como si le estuviera sembrando algo.
Se quedaron así, juntos, con el cuerpo empapado en sudor, con la respiración entrecortada, con la luz del fuego acariciándoles la piel.
—No pensaba que… —empezó él.
—Yo tampoco —dijo ella, y le besó la frente.
Fuera, la lluvia seguía cayendo. Pero dentro, había calma. Había fuego. Había cuerpo. Había nombre.
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Escribo el deseo como quien escribe un poema: con metáforas, sombras y una elegancia que no le quita nada al fuego.