Lo que pasó cuando se cortó la luz

Lo que pasó cuando se cortó la luz

@paula_invierno ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

La lluvia golpeaba contra los vidrios del departamento como quien llama con urgencia, y el cielo de Buenos Aires se había vuelto oscuro y pesado, de esos que anticipan tormentas de junio. En el piso 12 de un edificio de Recoleta, donde el ruido de la ciudad se disolvía tras las paredes gruesas, Paula se recostó en el sofá, abrazando una taza de té humeante que ya empezaba a enfriarse. La luz del escritorio proyectaba un círculo amarillento sobre el libro abierto en su regazo —*El amor en los tiempos del cólera*, con las esquinas dobladas y las páginas olorosas a papel viejo—, pero no había leído ni una línea en los últimos veinte minutos.

Su mirada, cansada pero despierta, se perdió en el horizonte de luces lejanas que se reflejaban en los charcos de la calle. Pensó en el hombre del departamento 12B, ese vecino que nunca saludó, pero cuya presencia sentía como un peso sutil en la atmósfera. Lo había visto varias veces: alto, de hombros anchos, pelo canoso en las sienes, ojos oscuros que parecían contener una historia que nadie le había preguntado. Se llamaba Federico, lo supo por la buzzer cuando le dejaron un paquete equivocado una tarde. Él lo recogió sin decir casi nada, apenas una inclinación de cabeza, y Paula sintió un cosquilleo en la nuca que no supo explicarse.

Esa noche, mientras el viento hacía temblar los cristales, el timbre sonó.

Ella lo escuchó antes que el eco se desvaneciera: dos toques secos, firmes, casi respetuosos. Se levantó con lentitud, dejando la taza en la mesa, y caminó hacia la puerta con el corazón acelerado por algo que no era miedo.

—¿Sí? —preguntó, entreabriendo apenas—.

Federico estaba ahí, mojado, con el abrigo colgando de un hombro y el pelo pegado a la frente. Llevaba una botella de vino tinto en una mano y una sonrisa tímida, casi vergonzosa, en la boca.

—Perdón, Paula —dijo, usando su nombre como si ya lo conociera de años—. Se cortó la luz en todo el edificio. Mi estabilizador saltó y no sé si lo mismo te pasó a vos. Tenés luz?

Ella negó con la cabeza.

—No. Pero tengo velas.

—Me encantaría… si no te molesta.

No le mintió: lo invitó con una sonrisa que le tembló apenas.

Dentro, encendió tres velas sobre la mesa baja y el cuarto se llenó de una luz tenue, cálida, que dibujaba sombras danzantes en las paredes. Federico se quitó el abrigo y lo dejó en una silla, revelando una camiseta oscura que marcaba el contorno de sus brazos. Se sentó frente a ella, en el otro extremo del sofá, pero no separó los ojos de los suyos.

—¿Vino? —preguntó, destapando la botella con un abridor que sacó del bolsillo del pantalón.

—Mejor.

El líquido oscuro llenó dos copas pequeñas. El primer trago fue silencioso, pero lleno de significado: no era solo vino, era un puente.

—Vivo acá desde hace tres años —dijo Federico, casi en un susurro—. Nunca te saludé porque… no sabía cómo. Te veo siempre con ese libro, y pareces… lejos.

—Estoy siempre lejos —respondió Paula, mirando su copa—. Ojos que no ven, corazón que no siente, ¿no?

Él rio, bajo, con esa risa que le sacudió el pecho.

—Yo vine a vivir acá después de que me morí un poco. No fue un accidente. Fue una desilusión. Una que me dejó en silencio por años.

Ella asintió. Sabía bien lo que era eso.

La lluvia no cesaba. El silencio entre ellos no era incómodo, sino denso, cargado de algo que se iba abriendo paso con paciencia. Federico se acercó un poco más, hasta que sus rodillas casi se tocaban. Paula sintió el calor de su cuerpo antes de que él la tocara.

—¿Puedo? —preguntó, con la mano suspendida a un centímetro de su brazo.

Ella no respondió con palabras. Solo puso su mano sobre la suya, y la guío hasta su piel.

El primer contacto fue como una descarga lenta: sus dedos se entrelazaron, cálidos, temblorosos. Ella inclinó la cabeza hacia atrás, dejando que su cuello quedara expuesto, y Federico se inclinó a besarle la zona por debajo de la oreja. Un beso breve, húmedo, con el sabor a vino y lluvia.

—Hacía tanto que no me sentía así —murmuró él, deslizando la otra mano por su espalda baja—. Como si me hubiera olvidado de respirar.

—Yo también —confesó Paula, y cuando él le acarició la nuca con el pulgar, sintió un calor que le subió hasta la entrepierna.

Se besaron entonces, con una urgencia que no era brusca, sino necesaria. Su boca encontró la suya con suavidad, pero con una intensidad que no dejaba espacio al pensamiento. Ella sintió su lengua rozándole los dientes, entrando con cuidado, como quien abre una puerta que llevaba años cerrada. Federico la atrajo hacia él, hasta que su cuerpo quedó pegado al suyo, y Paula sintió el bulto firme en su pantalón contra su muslo.

—Quiero llevarte a la cama —le dijo contra los labios—. Pero solo si vos querés. Si no, me voy.

Ella le acarició el rostro, sintiendo la barba corta, el vello húmedo de la lluvia.

—Si me voy ahora, me arrepentiré toda la vida.

Federico se puso de pie, extendió la mano. Ella la tomó y lo siguió sin dudar.

En su habitación, las velas se encendieron por sí mismas en la mesita de luz. Él se detuvo a mirarla, de pie frente a ella, con los ojos brillantes. Paula se sacó la blusa con lentitud, dejando al descubierto el sujetador de encaje negro que él ya había imaginado miles de veces.

—Sos hermosa —dijo, y le desabrochó los botones del corsé con los dedos que le temblaban.

Cuando quedó sola con la ropa interior, Federico se arrodilló frente a ella. No fue un gesto de sumisión, sino de reverencia. Le besó las rodillas, luego el interior de los muslos, hasta que sus labios rozaron el borde de su concha, ya húmeda y caliente.

—Vos tenés que saber que nunca nadie me hizo esto así —susurró, deslizando los dedos por sus nalgas y tirando suavemente de su slip—. Como si la primera vez fuera la última.

Ella gimió cuando sintió su lengua dentro de ella, firme, segura, con un ritmo que no era rápido pero sí implacable. Federico la cogió como si no hubiera mañana: con la boca, con las manos, con el cuerpo entero. Le mordisqueó el clítoris, le lamió los labios menores hasta que ella se arqueó, gritando su nombre como una plegaria.

—No te detengas —le rogó, empujando sus caderas hacia adelante—. Cogéme, Federico, por favor.

Él se levantó, se desabrochó el pantalón, y Paula lo vio salir su polla dura, gruesa, con la punta brillante de su propio jugo. La tomó de la cintura, la tumbó suavemente sobre la cama, y se posicionó entre sus piernas.

—Decime si es demasiado —murmuró, rozando su entrada con la punta.

—Sí —respondió ella, separando los muslos—. Pero quiero que lo sea.

Federico entró en un solo movimiento. Ella gritó: no de dolor, sino de plenitud. Lo sintió hondo, ancho, vivo, como si cada centímetro estuviera hecho para ella. Él se detuvo, apretando los dientes, con las venas del cuello marcadas, y cuando empezó a moverse, lo hizo con una fuerza contenida, como si temiera romperla.

—Miráme —le pidió ella.

Y él lo hizo. Sus ojos se encontraron mientras el cuerpo de ella se estremecía bajo el suyo, mientras sus caderas chocaban con un ritmo antiguo, como si hubieran estado esperando este momento desde antes de nacer.

Paula lo sintió estremecerse antes que él, sintió cómo su polla se hinchaba más, cómo sus testículos se subían. Entonces él se inclinó, la besó en la boca, y se corrió dentro de ella, llenándola con un gemido ahogado que sonó como un sollozo de alivio.

Ella lo siguió segundos después, cuando él le tocó el clítoris con el pulgar y la empujó una última vez, profundamente. Su orgasmo fue largo, cálido, con un sabor a sal y vino, y cuando cayó hacia atrás, exhausta, Federico se desplomó sobre ella, su cabeza

También en: Primera vez

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Romántico