Lo que pasó cuando mi vieja se puso esa blusa nueva

Lo que pasó cuando mi vieja se puso esa blusa nueva

@el_profesor ·5 de junio de 2026 · ★ 4.0 (11) · 294 lecturas · 11 min de lectura

Yo nunca le había visto así. No es que Julia fuera una mujer que se escondiera tras ropa holgada o colores apagados —ella siempre tuvo ese jeitinho propio, ese jeito suyo que decía «sé lo que hago y lo que me gusta»—, pero esa mañana, con la luz del sol entrando por la ventana del comedor como si le hiciera una reverencia, con esa blusa nueva que no recordaba haber visto antes, sentí que algo se movió en mí, como una chispa que se encendió despacio, sin ruido, y se quedó allí, latiendo.

Era una blusa de seda blanca, casi transparente cuando la luz le daba de lado, con mangas alas y un corte en la espalda que dejaba entrever una línea de su spine, su columna, esa parte que a mí me ha parecido siempre tan hermosa, tan humana y tan íntima. Debajo, un sujetador de encaje negro, sencillo, pero que hacía cosas raras con su pecho, que no eran malas, no, por Dios, nada malas. Me costó tragar el primer sorbo de café.

—¿Te gusta? —me preguntó, como si ya lo supiera, como si me estuviera leyendo la mente con esa sonrisa que solo tiene cuando sabe que está poniéndome difícil.

—Te queda bien —le dije, y me di cuenta de que sonó como una respuesta de robot. Pero no era mentira. Le quedaba *bien*, sí, pero no era lo que yo quería decir.

Ella se acercó, puso una mano en mi hombro, la otra sobre la mesa, y se inclinó un poco, lo justo para que el borde de la blusa se levantara y dejara ver la curva de su cintura, la transición suave hacia su culote redondo y firme, ese que ha aguantado dos partos y todavía se mantiene como si no hubiera pasado nada. Me gustaba que se notara que había sido madre, que su cuerpo había hecho cosas reales, importantes, y no solo hadas de magia.

—¿Sólo *bien*? —me preguntó, con voz de pito lento, como cuando le pide algo que ya sabe que va a conseguir.

—Julia… —le dije, y no supe qué más añadir. Porque era verdad: me gustaba más que *bien*. Me gustaba hasta doler.

Ella se sentó enfrente de mí, cruzó las piernas con esa naturalidad que solo tienen las mujeres que se han acostumbrado a ser miradas, pero sin esfuerzo. No era coqueta, no. Era ella misma, y eso era más peligroso.

—¿Te acuerdas de la última vez que estuvimos solos, sin niños, sin ruido, sin nada?

Claro que me acordaba. Hacía tres meses. Y fue buena, sí, muy buena, pero no igual a cómo me sentía ahora, con el aire cargado, con esa tensión que no venía de afuera, sino de adentro, de cada vez que ella movía una mano, que se levantaba el cabello de la nuca, que se mordía el labio inferior mientras me miraba.

—Claro que me acordaba —le dije—. Fue en la casa de los padres de tu hermana, en Medellín, ¿verdad? Ese día llovió todo el tiempo, y nos quedamos en la habitación del fondo, con la puerta cerrada.

—Sí —asintió—. Y ese día te dije algo que no te había dicho nunca.

—¿Qué?

—Que me gusta cuando me miras como si me fueras a comer.

Y me miró. No con picardía, no. Con seriedad. Con esa mirada de mujer que ya ha decidido algo, pero no lo va a decir hasta que le salga de dentro.

—¿Y qué te dije a mí? —le pregunté, ya con la voz un poco ronca.

—Me dijiste que me querías ver así, con esa blusa, y que te iba a gustar más si yo te decía qué hacer.

Se levantó entonces, con lentitud, como si el tiempo se hubiera vuelto miel. Caminó hasta la puerta del comedor, la cerró, puso el seguro con un clic seco que resonó en el silencio de la casa. No era una casa vacía, no —los niños estaban con su tía en el parque, y volverían a las cinco—, pero por ahora, éramos dos personas solas en el mundo, y el mundo se había hecho pequeño, íntimo, peligroso.

Se acercó a mí, se puso de rodillas frente a la silla donde yo estaba, sin prisa, sin teatralidad, como si fuera lo más natural del mundo. Y lo era.

—Yo me voy a quitar la blusa —me dijo—. Y vos me vas a mirar, sin tocar. Solo con los ojos. Y si me mirás como me estás mirando ahora, te voy a dar permiso para hacer lo que te dé la gana.

No me moví. No respiraba.

Ella se puso de pie, se volvió un poco, y empezó a desabrocharse la blusa desde atrás, con movimientos pausados, como si cada botón fuera un paso en una danza que llevábamos años aprendiendo. La seda se deslizó por sus brazos, se quedó atascada un momento en los hombros, y ella se estremeció, sin razón aparente. O tal vez sí. Tal vez fue cuando yo dejé de respirar de verdad.

Se quitó la blusa y la dejó sobre la silla, detrás de ella. Sin sujetador, sin nada que ocultara lo que era natural. Sus pechos estaban ahí, redondos, firmes, con pezones que se pusieron duros apenas el aire los tocó. Me costó no estremecerme. Me costó no levantarme, no correr hacia ella, no agarrarla y no importar quién nos viera.

Pero no me moví.

Ella me miró, y esta vez su sonrisa sí fue de picardía, pero no de broma.

—¿Te gusta, rico? —me preguntó, usando ese mote que solo pone cuando estamos a solas, cuando no hay nadie más, cuando se siente segura conmigo.

—Me gusta mucho —le dije.

—¿Mucho?

—Mucho, sí. Me duele.

—¿Te duele qué?

—Que no te puedo tocar.

Ella se acercó entonces, se puso entre mis piernas, apoyó las manos en mis hombros, y se inclinó hasta que sus pechos rozaron mi pecho. No más. Solo rozar. Era como una promesa. Como si dijera: *Esto es lo que te voy a dar, si me lo pides bien*.

—¿Te acuerdas de cuando nos conocimos? —me preguntó, bajando la voz.

—Claro —dije—. En la fiesta de la universidad, en el jardín de la casa de tu hermana. Estabas con esa falda morada, con flores pequeñas, y te vi desde lejos, parada al lado del árbol de limoneros, fumando un cigarro como si no te importara nada.

—Era mentira —me dijo—. No fumaba. Lo hice solo para que me miraras.

—Me miraste bien.

—Sí. Te miré, y vi que tenías esa mirada. La misma que tienes ahora.

—¿Cuál?

—La de quien quiere hacerle cositas ricas a alguien, pero tiene miedo de que le digan que no.

—¿Y si te digo que sí?

—Entonces… —se inclinó más, hasta que sus labios rozaron mi oreja—, entonces te voy a dejar hacer lo que quieras. Pero primero, vas a mirar.

Se levantó, se dio vuelta, y se puso de espaldas a mí, con las manos sobre la mesa, la espalda arqueada, los glúteos levantados, apretados. Esa postura no la había visto desde hacía mucho. No, no era una postura sexual, era una postura de confianza. Ella me estaba dando su cuerpo, su piel, su risa, su historia, y me estaba diciendo: *Mírame. Soy tuya*.

Me levanté entonces, lentamente, y me puse detrás de ella. Con la mano derecha, le acaricié la cintura, bajando despacio, sintiendo cómo su piel se ponía de gallina, cómo su respiración se aceleraba sin que ella lo quisiera admitir. Con la izquierda, le tomé una mano y se la llevé a la entrepierna de mi pantalón.

—¿Sientes lo que me estás haciendo? —le pregunté.

—Sí —dijo—. Me estás haciendo cosas malas.

—No te preocupes. Ya te acostumbraste.

Y le bajé la mano hasta el centro de su vientre, hacia el borde de su calzoncillo, que ya estaba húmedo, que ya me estaba diciendo lo que ella no se atrevía a decir en voz alta.

—Vamos a la habitación —le dije.

—No —me corrigió—. Vamos al cuarto de invitados.

—¿Por qué?

—Porque hoy no quiero cama. Hoy quiero que me hagas en el suelo.

Me quedé callado un segundo. No por sorpresa, sino porque me emocionaba que ella lo dijera, que fuera ella la que pusiera las reglas.

—¿En el suelo?

—Sí. En el piso. Con las piernas abiertas. Y vos me vas a mamar hasta que me desmaye.

No lo dudé. La tomé de la mano, la llevé al cuarto de invitados, cerré la puerta, y la dejé de pie, frente a la cama vacía, con la luz de la tarde entrando por la ventana pequeña.

Le desabrochó el pantalón, la bajó con lentitud, primero una pierna, luego la otra. Y cuando quedó sola, sin nada, con su culote redondo, su ombligo, su vientre plano, sus muslos fuertes, me arrodillé frente a ella.

No le toqué nada aún. Solo la miré, con los ojos bajos, como si estuviera aprendiendo. Ella se agarró de la cama, se mordió el labio, me miró, y me dijo:

—Andá.

Entonces le separé las piernas con las manos, le acerqué la cara, y le metí la lengua dentro, despacio, como si fuera a beberle un chorro de leche tibia. Ella gimió, un grito corto, apenas un susurro. Me lo dije en voz baja:

—Decime qué querés que te haga.

—Mamá —dijo—. Mamá, mamá, mamá.

Y le metí la lengua más adentro, la apreté entre mis labios, le mordí suave el clítoris, y la sentí temblar. Temblar de verdad, como si el mundo se le estuviera cayendo encima. Le tomé los glúteos con las manos, los apreté, y le lamí la entrepierna de abajo hacia arriba, como si le estuviera leyendo el cuerpo con los labios.

—Decime si querés que te meta los dedos —le pregunté.

—Sí —dijo—. Sí, por favor.

Y se arrodilló frente a mí, se puso de espaldas a la cama, y abrió las piernas como si fuera a rezar.

Le metí dos dedos, despacio, sintiendo cómo se contraía, cómo se ajustaba, cómo me pedía más. Le acaricié el punto blando, le di vueltas con el pulgar, y la sentí acercarse. Me miró, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, y me dijo:

—No quiero que me venga dentro.

—No te vendrá —le dije.

—Quiero que me lames hasta que me desmaye.

Y le metí tres dedos, y la lamí con más fuerza, con más ganas, como si me estuviera salvando. Ella se puso rígida, se arqueó, y gritó. No un grito alto, no. Un grito ahogado, como si le hubieran quitado el aire y lo estuviera devolviendo todo a la vez. Tembló como una hoja, y yo seguí, porque ella me lo había pedido.

Cuando se calmó, cuando su respiración volvió a ser normal, me levanté, la tomé de la mano, y la llevé a la cama. Me quitó la camisa, me bajó el pantalón, y me puso la mano en el pito, ya duro, ya listo.

—¿Querés que te lo meta? —le pregunté.

—No —dijo—. Quiero que me lo mames.

Me senté en la cama, la tomé de la cintura, y la puse sobre mí, con la entrepierna frente a mi cara. Le separé los labios con los dedos, le lamí el clítoris otra vez, y mientras lo hacía, me puso la mano en el pito y me empezó a masturbar.

—Decime qué querés —le dije.

—Quiero que me lo metas en la boca.

No dudé. Le tomé el pito con las manos, lo llevé a su boca, y ella lo metió todo, hasta la raíz, con los ojos cerrados, con la cara seria, como si estuviera comiendo algo que sabía que le iba a gustar.

Y yo la tomé de las caderas, la empujé hacia abajo, y la sentí tragar. Tragar como si fuera agua. Como si fuera lo único que le quedaba para sobrevivir.

Cuando se sacó, me miró, con los labios húmedos, con la cara roja, y me dijo:

—Ahora sí. Quiero que me lo metas en el culo.

No me lo pensé. Me levanté, la tomé de la cintura, la puse boca abajo sobre la cama, y le metí la punta del pito en su culote, sin lubricante, sin nada. Solo con la humedad que ella misma me había dejado.

—¿Estás segura? —le pregunté.

—Sí —dijo—. Sí, rico. Metélo.

Y se empujó hacia atrás, con las manos en la cama, con los glúteos apretados, y yo le entré, poco a poco, como si estuviera abriendo una puerta que llevaba años queriendo abrir.

—Estás rico —le dije.

—Sí —dijo—. Sí, rico.

Y empecé a moverme, despacio, con la mano en su culote, con la otra en su pecho, y la sentí temblar otra vez. Temblar como si el mundo se le estuviera cayendo encima. No

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