Lo que pasó cuando mi vecino del piso de arriba vino a arreglar el gotero

Lo que pasó cuando mi vecino del piso de arriba vino a arreglar el gotero

@renata_sol ·23 de junio de 2026 · 🔥 4.5 (23) · 284 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que lo vi en persona —no por pantalla— fue en la escalera del edificio, con una linterna en una mano y una llave inglesa colgando del cuello como un collar de guerrero. Era mi vecino del piso de arriba: Andrés. Haitiano-colombiano, de esos que nacieron en Buenaventura pero crecieron con el ritmo del merengue y el kompa en la sangre. Alto, musculoso sin esfuerzo, piel oscura como miel oscura con sol, y esos ojos que parecían tener un fuego interno, siempre un poco medio cerrados, como si estuviera evaluando si valía la pena o no sonreírte.

Yo, Renata, 32 años, soltera desde hace un año (después de ese desastre con el de la agencia de seguros), vivía sola en el piso 3, y desde hacía semanas me quejaba del gotero que se colaba en la pared del cuarto. El propietario, un tipo que no sabía si era alemán o chileno (pero seguro no era de aquí), me dijo que enviaría a un técnico. No esperaba que fuera él.

Llegó un jueves por la tarde, con el sol pegando fuerte y el aire cargado de humedad. Llevaba un pantalón de trabajo un poco desabotonado en la cintura, mostrando una línea de vello oscuro que bajaba hacia donde no me atreví a fijarme… demasiado. Me saludó con una sonrisa lenta, como si ya supiera lo que iba a pasar.

—Buenas tardes, mi reina. ¿Usted es la dueña de la casa con el gotero que se cayó del cielo?

Me partió la risa. No pude evitarlo. Y claro, él vio que me partió la risa, y entonces sí sonrió de verdad: dientes blancos, labios carnosos, una sonrisa que decía *sé que me estás mirando y me gusta*.

—Sí, soy yo. El gotero está… bueno, más bien *el agua* está dejando mancha. Y huele un poco a moho.

—Mmm, moho —repitió, arrastrando la palabra como si fuera una premonición. Se acercó, se puso a inspeccionar la pared con las manos en las caderas, y ahí fue cuando noté cómo se le marcaba el pecho con cada respiración, cómo se le tensaban los bíceps al alzar la linterna. Su camiseta estaba pegadita, empapada de sudor en las axilas, y yo no supe si era por el calor o por el esfuerzo de subir con esa herramienta.

—¿Puedo tocar un poco la pared? —me preguntó, mirándome directo a los ojos.

—Claro —dije, y ni siquiera soné a mí misma. Me soné como alguien que ya había decidido que sí.

Se acercó más, y cuando puso la mano sobre la pared, justo al lado de la mía, me di cuenta de que estábamos prácticamente pegados. Su olor: jabón de afeitar con toque a vainilla y un toque de su piel, un aroma cálido, dulce, terroso. Me puse rígida, pero no por miedo. Por expectativa.

—¿Usted siente esto también? —me susurró, acercando su boca casi a mi oreja.

—¿Qué cosa? —pregunté, intentando sonar tranquila, pero me salió un hilo de voz.

—La tensión. El silencio que se carga como un cable pelado.

Y sí, la tensión era real. Como si el aire se hubiera vuelto espeso y pegajoso, y cada respiración mía se volvía más profunda, más lenta. Él me miró, y en sus ojos no había deseo descarado, sino una curiosidad profunda, como si me estuviera aprendiendo por primera vez.

—¿Puedo entrar un momento? —preguntó, señalando la puerta abierta del cuarto—. Tengo que ver si hay algo más que el gotero.

—Sí —dije otra vez, y esta vez me sonó a invitación.

Dentro, el cuarto estaba en penumbras. El sol entraba por la ventana entreabierta, y el aire olía a lavanda y a algo más… a mí. A mi perfume. A mi cama.

Se acercó al rincón de la mancha, se arrodilló con naturalidad, y al hacerlo, el pantalón se le estiró en la entrepierna, marcando bien la forma de su pene. No era un bulto exagerado, pero sí firme, presente, como un latido que no podía ocultar.

Yo me paré cerca, con los brazos cruzados, fingiendo indiferencia, pero por dentro me estaba quemando. Me di cuenta de que yo también estaba excitada. No por la mancha ni por el agua, sino por la presencia de él, por su silencio, por la forma en que me miraba sin tocar.

—¿Usted cree que es solo el gotero? —le pregunté.

—No —dijo, sin mirarme, con la mano sobre la pared—. Creo que es otra cosa.

Y entonces, por fin, me tocó. Con la yema de los dedos, rozó mi brazo, despacio, como si estuviera midiendo cuánto podía agarrar sin asustarme. Y cuando lo hizo, me tembló el cuerpo. Un temblor suave, de los que no se pueden disimular.

—¿Me dejas? —me preguntó, y en su voz había algo antiguo y nuevo a la vez, como un canto que se repite en los sueños.

—Sí —susurré.

Se puso de pie lentamente, y entonces me tomó la mano. No la apretó, no me arrastró. Solo me tomó, como si ya hubiera estado esperando esa mano desde que nací. Me llevó hacia la cama, y cuando sentí el borde del colchón bajo mis rodillas, no hui. Me senté. Él se arrodilló frente a mí, entre mis piernas, y me miró fijamente, como si me estuviera leyendo el alma.

—¿Usted tiene miedo? —me preguntó, pero no con duda, sino con respeto.

—No —respondí, y esta vez fue la verdad.

Me quitó las zapatillas, una por una, con una lentitud que me daba ganas de gritar. Luego me desabrochó el primer botón de la blusa, y luego otro, y otro, hasta que mis pechos quedaron libres, cubiertos solo por el encaje negro de mi sostén. Y cuando los vio, no soltó un grito ni hizo un movimiento brusco. Solo exhaló, como si hubiera estado conteniendo el aliento durante días.

—Dios, qué rico se ven —susurró, y me incliné hacia adelante sin pensar, ofreciéndole más.

Me tomó un pecho con la mano, lo frotó suavemente sobre el encaje, y luego bajó la cabeza. Con los labios, rozó mi pezón a través del tejido, y cuando me estremecí, desabrochó el cierre del sostén con un solo movimiento. Me lo quitó, y entonces lo vi mirar mis pechos con una mezcla de asombro y deseo que me hizo arquear la espalda.

—Tú eres una mujer de fuego —dijo—. Y yo soy agua… pero no la del gotero.

Y entonces me besó.

No fue un beso de prueba ni de curiosidad. Fue un beso de conquista suave, de quien sabe que ya ha ganado. Sus labios eran cálidos, húmedos, sabían a sal y a chocolate. Me acarició la nuca, me atrajo hacia él, y yo me puse de pie, sin romper el beso, hasta que quedamos pegados, pecho con pecho, entrepierna con entrepierna. Sentí su pene, firme y pesado contra mí, y yo me froté contra él, con una urgencia que no pude contener.

—Quiero verte —dijo, apartándose apenas—. Quiero verte sin ropa.

Me desprendí de la blusa, del pantalón, de todo. Quedé frente a él, desnuda, sin vergüenza, con el cuerpo que ahora sentía vivo por primera vez en años. Él se quitó la camiseta, y entonces pude ver su torso entero: piel lisa, músculos definidos, una línea de vello que bajaba hacia su ombligo y luego… hacia su pene, que ya estaba medio erGuido, grueso, un poco inclinado hacia arriba, con la punta húmeda.

—Qué rico —susurré.

—Tú eres la que es rica —dijo, y me tomó la mano, me puso su pene en la palma.

Era caliente, liso por abajo, con un leve vello en la base, y la cabeza más oscura, como una cereza madura. Lo froté con cuidado, y él soltó un gemido bajo, profundo, como un trueno lejano.

—No me toques así si no vas a continuar —me dijo, con una sonrisa traviesa.

—¿Y qué vas a hacer tú?

—Te voy a comer como si fuera el último plato de arroz con coco del mundo.

Y entonces me acostó lentamente, se colocó entre mis piernas, y con la nariz me rozó el clítoris a través del calzoncillo. Me estremecí, arqueé la espalda, y cuando me lo bajó con lentitud, me miró fijamente, como si me estuviera pidiendo permiso con los ojos.

—¿Sí? —preguntó.

—Sí —susurré—. Sí, por favor.

Me entró despacio,

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Atrevida y sin culpa. El sexo es para disfrutarlo y reírse un poco. Escribo lo que muchas piensan y pocas se animan a contar.

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