Lo que pasó cuando mi ex vino a cobrar el favor

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Nunca pensé que abrir la puerta esa noche me cambiaría la vida. Llovía, como si el cielo supiera que algo iba a romperse. Eran las once, y el sonido del timbre me sacó del sofá, donde apenas lograba concentrarme en una película que no me importaba. Me levanté descalza, el piso frío, el corazón en el pecho por algo que no entendía. Cuando abrí, lo vi allí, con el cabello mojado pegado a la frente, la camisa blanca casi transparente por el agua, y esos ojos oscuros que nunca pude olvidar.

—Hola, Adriana —dijo, y su voz era grave, como si hubiera envejecido conmigo sin estar presente.

—Daniel —respondí, y no supe si sonreír o cerrarle la puerta en la cara.

Habían pasado tres años desde que terminamos. Tres años de no hablarnos, de no tocarnos, de fingir que nunca habíamos estado tan juntos que parecíamos una sola carne. Y ahora estaba allí, mojado, con el ceño fruncido, y un sobre en la mano.

—Te debo una disculpa —dijo—. Y un favor. Prometiste que si alguna vez lo necesitaba, estarías.

Recordé esa promesa, dicha en medio de una borrachera, entre risas y besos que no deberíamos habernos dado. Fue antes de que todo se fuera a la mierda. Antes de que me engañara con esa tipa de contabilidad. Antes de que yo llorara durante dos meses seguidos.

—Pasa —dije, y me aparté.

Entró, dejando huellas húmedas en el piso. Cerré la puerta y sentí el calor de su cuerpo en el mío, aunque no nos tocábamos. Se quitó la camisa, lento, como si supiera lo que me hacía. La colgó en el perchero, y quedó allí con el torso desnudo, marcado, con ese vello oscuro que bajaba por el abdomen y desaparecía bajo el pantalón.

—¿Te molesta si me seco un poco? —preguntó, y ya estaba desabrochándose el cinturón.

—Haz lo que quieras —dije, y me senté en el sofá, fingiendo calma.

Pero no la tenía. Sentía el pulso en los muslos, en los pezones, en la garganta. Lo vi quitarse los pantalones, quedarse en bóxers negros, y colgar todo en el perchero. Caminó descalzo hacia mí, sin prisa, y se agachó para dejar el sobre en la mesa.

—Aquí está. Lo que te debo. Pero antes… —me miró—. Antes necesito decirte que nunca dejé de pensarte.

—No digas eso —dije, pero ya se me quebraba la voz.

—Es verdad. Y no vine solo por el favor. Vine porque necesito tocarte. Solo una vez. Si me dejas.

No respondí. No pude. Y él, como si eso fuera un sí, se acercó. Se arrodilló frente a mí, tomó mis manos, las besó, una por una. Luego subió los dedos por mis brazos, hasta los hombros, hasta el cuello. Me desabrochó el vestido lentamente, con cuidado, como si temiera romper algo frágil. El tejido cayó a los lados, y mis pechos quedaron al aire, duros, con los pezones tiesos de frío y deseo.

—Siempre me volvieron loco —susurró, y se acercó.

Su boca se cerró sobre uno de mis pezones, caliente, húmeda, hambrienta. Jadeé. No pude evitarlo. Sus labios, su lengua, sus dientes suaves mordiendo el brote sensible. Sentí un latido profundo entre las piernas, un pulso que me mojó al instante. Me abrió las piernas con suavidad, y se acomodó entre ellas. Me quitó el vestido por completo, luego las bragas, y las arrojó lejos.

—Estás tan mojada —dijo, y pasó un dedo por mi raja, lento, probando.

—No empieces si no vas a terminar —dije, con voz ronca.

—Voy a terminar —dijo—. Pero primero, quiero probarte.

Y hundió la cara.

Grité. Fue inevitable. Su lengua era como un fuego húmedo, recorriendo mi sexo, separando los labios, lamiendo el clítoris con círculos lentos, profundos. Chupó, succionó, mordió suave. Sentí sus manos en mis caderas, sujetándome, como si temiera que huyera. Pero no podía. Estaba clavada al sofá, con las piernas abiertas, con el cuerpo arqueado, con el orgasmo creciendo como una tormenta.

—Daniel… —gemí—. Daniel, voy a venirme…

—Ven —dijo, sin dejar de lamer—. Ven para mí.

Y me vine. Fuerte. Con espasmos que me sacudieron el cuerpo, con un grito que no pude contener. Me dejó temblando, jadeante, y entonces se levantó. Se quitó los bóxers. Su pene salió libre, duro, grueso, con una gota de líquido en la punta. Me miró.

—¿Puedo?

Asentí. No dije nada. Solo abrí más las piernas.

Entró sin prisa, pero sin dudar. Sentí cómo me abría, cómo se hundía en mí, centímetro a centímetro, llenándome como nadie más lo había hecho. Grité de nuevo, de placer, de dolor, de recuerdo. Empezó a moverse lento, con embestidas profundas, largas. Sus caderas chocando contra las mías. Su boca en mi cuello, mordiendo, besando, susurrando mi nombre.

—Adriana… eres mía… aunque sea solo esta vez…

Yo lloraba. No por tristeza, sino por la intensidad. Por el deseo que nunca se había ido, solo enterrado. Le rodeé con las piernas, lo apreté, lo atraje más adentro. Sentía cada latido de su pene dentro de mí, cada roce del glande contra mi punto G.

—Más fuerte —dije—. Por favor, más fuerte.

Y obedeció. Empezó a penetrarme con fuerza, con rabia, con pasión. El sofá crujía, mis tetas rebotaban, el sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación. Gemía sin vergüenza, gritaba su nombre, le decía que me jodiera, que me follara como antes, que no parara.

—¡Sí! ¡Así! ¡No pares, Daniel, no pares!

Sentí que volvía a venirme, y él también. Aceleró, sus ojos clavados en los míos, su boca abierta, jadeando. Y entonces, con una última embestida profunda, se corrió dentro de mí. Sentí el calor, el chorro caliente llenándome el vientre, y eso me empujó al orgasmo otra vez, más fuerte que el anterior.

Nos quedamos así, unidos, sudorosos, respirando con dificultad. Luego salió de mí lentamente, y se sentó a mi lado. Me abrazó, me besó la frente.

—Gracias —dijo.

No respondí. No sabía qué decir. Sabía que no volvería a verlo, que esto era el final, no un comienzo. Pero no importaba. Por una noche, había sido mío. Por una noche, me había recordado quién era cuando estaba con él.

Se vistió en silencio, tomó el sobre, me dio un último beso en los labios.

—Adiós, Adriana.

Y se fue.

Yo me quedé allí, desnuda, con su semen corriendo por mis muslos, con el corazón roto y completo al mismo tiempo. Porque a veces, el amor no necesita un final feliz. A veces, solo necesita un momento. Y ese momento fue el nuestro.

También en: InfidelidadOral

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