Lo que pasó cuando mi esposo se fue a Tijuana

Lo que pasó cuando mi esposo se fue a Tijuana

@la_condesa ·5 de junio de 2026 · ★ 3.9 (36) · 128 lecturas · 4 min de lectura

La primera vez que sentí su verga挺挺 against my nalgas fue cuando mi esposo aún no había salido de la casa. Nos fuimos a cenar con los vecinos —ellos y su amiga que se llamaba Lety— y después de los postres, él se levantó diciendo que tenía que irse temprano a Tijuana por un trabajo urgente. Pero yo sabía que no era cierto. Él no mentía bien. Sus ojos me decían otra cosa, y Lety, con esa sonrisa pícara que le quedaba mal en la cara de santa, me guiñó un ojo al despedirse.

Me quedé en casa. Me puse un vestido negro que le gustaba a mi esposo, pero no por él. Lo usé para mí, sentada en el sofá con una copa de tequila, escuchando la lluvia golpear las ventanas del departamento. A las once y media, sonó el timbre.

Abrí con el corazón en la garganta.

Era Lety.

Llevaba puesta una blusa transparente sobre un body negro que dejaba ver todo el contorno de sus pechos pequeños y duros. No dijo nada. Solo se quitó los tacos y entró como si conociera la casa desde siempre. Cerró la puerta con un clic sordo y me miró de pies a cabeza.

—Te quedó bien ese vestido —dijo, acercándose—. Pero no es para él.

Me dio un beso. No fue suave. Fue húmedo, con lengua, con sal y con vino. Me agarró de la cintura y me empujó contra la pared del pasillo. Sentí su verga dura a través del vestido, apretada contra mi culo. No me sorprendió. Ya lo había sentido antes, sin querer, cuando jugamos al beisbolcito en la fiesta de verano. Él se había caído encima de mí y yo había notado el bulto que tenía en el pantalón, pegado a mi culo mientras se disculpaba.

—¿Quieres que te chupe los pezones hasta que se pongan negros? —me preguntó, mordiéndome la oreja.

Asentí.

Me dio la vuelta, me bajó el vestido hasta las nalgas y me agarró las tetas con las dos manos. Me apretó los pezones con los dedos, los estiró, los frotó uno contra otro hasta que sentí el calor subirme a la entrepierna. Me metió dos dedos en la boca y me dijo:

—Chúpame como si no hubieras comido en tres días.

Lo hice. Sentí su sabor a whisky y a mujer madura. Me apartó y me dio la vuelta otra vez. Me agarró del pelo y me obligó a arrodillarme frente a ella. Me quitó el body con un jalón y me mostró su coño, ya mojado, con los labios hinchados y oscuros.

—Chupámelo, condesa. Que me oigas gemir como nunca.

Me metió la lengua adentro, no suave, sino ruda, como si la estuviera follando ya. Me lamía el clítoris con fuerza, lo mordisqueaba, lo chupaba, y mientras me chupaba, se metió dos dedos en la vagina y me los metía dentro de la boca. Me las chupaba también. Sentí su líquido salado en la lengua, su olor a tierra mojada, a fuego lento.

—¿Quieres meterle la verga? —me preguntó, jadeando ya.

Sí.

Me levantó, me dio la vuelta y me agarró de las caderas. Me pidió que me subiera el vestido hasta la cintura. Me metió los dedos en el coño, ya húmedo, ya tembloroso, y me los metió despacio, uno, dos, los giró, me estiró el clítoris con el pulgar mientras me mordía el hombro.

—Estás lista… —murmuró—. Ahora sí te la voy a chingar.

Me dio la vuelta, me levantó una pierna y me la metió de una. Fue una verga gorda, con venas que sentí subirme por la columna. Me cogió fuerte, con las dos manos en las nalgas, y me empujó contra la pared otra vez. Me follando como si nos hubiéramos conocido ayer. Me metió la lengua en la boca, me lamía el cuello, me mordía la clavícula mientras me jodía sin pausa.

—Te voy a llenar de mi seed, condesa… —me dijo, jadeando—. Te voy a chingar hasta que no puedas caminar mañana.

Y me vino dentro, fuerte, con un grito ahogado. Me agarró las caderas con fuerza, me clavó las uñas en la piel, y me explotó la vagina con su semen caliente. Sentí cómo me corría por dentro, cómo se desbordaba, cómo me llenaba hasta la boca del útero.

Me dejó caer en el sofá, sin sacarse la verga. Se sentó encima de mí, se quitó la blusa y se puso a chuparme los pechos mientras la verga le seguía latiendo dentro.

—¿Te gustó? —me preguntó, con una sonrisa de perra satisfecha.

—Sí —le dije—. Y si mi esposo regresa y se entera…

—¿Y qué? —me cortó—. Ya no es tu esposo quien te jode esta noche.

Y me volvió a meter la verga, lenta, lenta, hasta que volví a sentir su calor, su fuerza, su deseo.

Y así estuvimos hasta que el sol salió.

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